Notas de psicología católica (IV) El cuerpo y los instintos

IV. EL CUERPO Y LOS INSTINTOS

Volvemos a tratar ahora del cuerpo, aunque ya lo hicimos en el punto II, pero ahora desde otra perspectiva.

1. El cuerpo es la dimensión material de la persona

Es indudable que el cuerpo es la parte material del ser humano, pero, como ya hemos dicho, no se tratan de dos sustancias separadas sino que hay entre ambas dimensiones una unión substancial. Por este motivo, el cuerpo humano no puede ser reducido a un complejo de tejidos, órganos y funciones, ni puede ser valorado con la misma medida que el cuerpo de los animales, ya que es parte constitutiva de una persona que, a través de él se expresa y se manifiesta.

En virtud de la asunción eminente, todo en el hombre es humano. Podemos expresarlo a modo de tesis usando la enseñanza de A. Pithod: “Todo en el hombre corresponde a la hominidad (esencia humana), y es esencialmente diferente de lo que se da en los entes de otra especie, a pesar de las similitudes aparentes”[1]. Esto se muestra:

1º    Por su singularidad biológica: la biología humana es propia suya, con elementos inconfundibles, pero especialmente por sus potencialidades admirables. Hay indudables semejanzas morfológicas, psicomotrices y sensoriales con los animales superiores (homínidos); pero el ser humano tiene peculiaridades específicas. Por ejemplo, es un ser erecto desde su aparición cósmica (los griegos acuñaron el término “aná-tra-ops” —ánthropos”—, el que mira hacia lo alto). Además, sus órganos reflejan maravillosamente la presencia de la inteligencia. Aristóteles decía que la inteligencia humana está presente en las manos (órgano de perfección con las que puede realizar todo lo que se propone). Se ve en la destreza psicomotriz de la bailarina o del deportista: no sólo tenemos la ductilidad de sus miembros (un felino puede ser superior) sino que trasparentan el genio de su cerebro: no es sólo habilidad, sino simbolismo, lenguaje, poder mental.

2º    Se manifiesta en el rostro humano; los animales no tiene rostro sino cara. El rostro = órgano expresivo superior de nuestros estados espirituales y afectivos (alegría, preocupación, tristeza, condolencia, satisfacción, malicia, etc.). El animal, en cambio, no tiene esta capacidad de expresión.

3º    El cerebro humano manifiesta una diferencia esencial con el animal en su capacidad de vida emocional que es infinitamente superior a la del animal. La emoción humana se conecta con las facultades espirituales tendiendo a espiritualizarse (asunción eminente). La afectividad humana es, por eso, más rica y esencialmente diferente de la del animal.

4º    La percepción sensible también es diferente de la percepción animal: el hombre ve inteligentemente, es decir, siguiendo un proceso de organización significativa de los datos sensibles. El mundo animal (que capta el animal) es distinto del mundo que percibe el ser humano. Esto se ve más que nada en aquellas cosas que no se relacionan de modo directo con las emociones (o sea, lo que no representa un carácter nocivo o benéfico, sino que es indiferente); tal vez el animal tiene una reacción “significativa” ante la huella de un animal enemigo, o ante el olor del alimento, etc., pero no capta nada en un atardecer, en un paisaje, etc.; el hombre sí.

5º    El lenguaje: los animales tienen un sistema de comunicaciones que alcanza para que exprese sus emociones (gritos y otros sonidos). También puede servirse de esta capacidad comofunción de señal, en la que un animal actúa como emisor de un “mensaje” de alerta o peligro para el resto de su bandada o manada. Pero hay dos niveles de lenguaje que los animales no alcanzan: la función descriptiva (“esto es verdadero o es falso”) y la función argumentativa. Y una prueba acabada es el fracaso del intento de enseñar a hablar a los simios. El simio desarrolla sus habilidades psicomotrices con mayor rapidez que el infante humano. Un mono de dos años es superior en habilidades psicomotrices a un niño de la misma edad. Pero esto no se ve en el lenguaje: el niño desde los primeros meses se prepara activamente en su aparato fonatorio, imita los sonidos que oye, goza con esta actividad y salta al plano del lenguaje en muy poco tiempo.

Una importantísima consecuencia de orden práctico la podemos formular con las palabras de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

“Una primera conclusión se puede extraer de tales principios: cualquier intervención sobre el cuerpo humano no alcanza únicamente los tejidos, órganos y funciones; afecta también, y a diversos niveles, a la persona misma; encierra por tanto un significado y una responsabilidad morales, de modo quizá implícito pero real. Juan Pablo II recordaba con fuerza a la Asociación Médica Mundial: «Cada persona humana, en su irrepetible singularidad, no está constituida solamente por el espíritu, sino también por el cuerpo, y por eso en el cuerpo y a través del cuerpo se alcanza a la persona misma en su realidad concreta. Respetar la dignidad del hombre comporta, por consiguiente, salvaguardar esa identidad del hombrecorpore et anima unus, como afirma el Concilio Vaticano II (Const. Gaudium et Spes, 14,1). Desde esta visión antropológica se deben encontrar los criterios fundamentales de decisión, cuando se trata de procedimientos no estrictamente terapéuticos, como son, por ejemplo, los que miran a la mejora de la condición biológica humana»”[2].

No se puede, por tanto, pensar que se actúa solo sobre el cuerpo humano sin que al mismo tiempo esta acción sea a favor o en contra de la persona toda.

2. El instinto animal y el instinto humano [3]

En lo biológico se dan operaciones innatas e inconscientes, los instintos o tendencias instintivas, que precisamente porque son útiles para la vida del individuo y de la especie, son provistas por la misma naturaleza.

El instinto es una operación innata (no adquirida con el correr de los años o de la experiencia), inconsciente (no se realiza conscientemente) y útil para la vida del individuo y de la especie. Es un mecanismo de reacción que sea ajusta a las necesidades del organismo del animal.

En el animal irracional esos instintos tienen una medida determinada en cada especie y se cumplen estrictamente; el animal, en lo que su instinto le dicta, actúa con una eficacia sorprendente, pero no tiene la capacidad de salirse del marco de su instinto salvo en un espectro muy limitado. “La vida animal es, en todos los casos un sistema cerrado; tiene una medida determinada en cada especie y se cumple estrictamente, en su horizonte natural, a menos que obstáculos insuperables le impidan adaptarse al medio… La serie de movimientos de un acto instintivo es cumplida con una simplicidad que contrasta con la complejidad material del tema desarrollado. Es evidente una armonía predeterminada entre el animal y su medio circundante… El instinto no es irracional, en el sentido de un comportamiento sin orden, sin finalidad. Todo lo contrario, la inteligencia humana sigue con facilidad el desarrollo del movimiento instintivo: operación inteligible que termina en un resultado igualmente inteligible, es decir, útil a la vida del individuo y de la especie. La irracionalidad finca en que el animal no asume de antemano conciencia de los fines, ni de los medios proporcionados a su ejecución; obra de modo espontáneo, ajustándose inmediatamente a la situación y se da cuenta de la obra, cuando está terminada. Ejecuta sin reflexión, sin conocimiento previo de la razón de su comportamiento… El animal… cumple sus acciones pasivamente… Esta iniciativa suele impresionar como inteligencia del propio animal porque el cuadro total de la operación es un orden, una estructura de sentido, una forma perfecta: testimonio visible de una Inteligencia previsora que no reside en el animal misma, pero que se nombra (= manifiesta) en sus claros movimientos” (Genta).

En el hombre, en cambio, el instinto es ininteligible por sí mismo. En el ser humano, los instintos (de supervivencia, de perpetuación de la especie, etc.) no tienen la perfección del instinto animal porque los instintos humanos exigen ser completados con el ejercicio de la libertad. Precisamente lo que completa esta carencia instintiva (el hombre viene al mundo en un estado de impotencia superior al de los irracionales) es la educación que se supone debe recibir de quienes lo traen al mundo. Por eso se puede decir que trae al mundo una especie de instinto de veneración (Genta) hacia el adulto que lo lleva a mirarlo con admiración, a contemplarlo e imitarlo.

Estos instintos se dividen en primarios (de nutrición, de reproducción y de dominio) y secundarios (son los propios de cada edad de la vida: infancia, adolescencia, juventud, etc.).

Freud enseñó el monoinstintivismo, es decir, la reducción del mundo afectivo a un instinto único que para él era el instinto sexual.

3. La base temperamental

Los instintos humanos son universales, es decir, se dan en todos los seres humanos, pero el modo en que se presentan en cada individuo dependerá de su propia constitución biológica y, en particular del modo de su funcionamiento glandular. He aquí un cuadro del modo en que F. Bednarski presenta el tema [4]:

Dice el mismo: “Hoy el temperamento es considerado como una disposición constante, condicionada por la secreción de las glándulas endócrinas y por la constitución neurótica, que determina el modo de reaccionar a los impulsos veloz o lentamente, fuerte o débilmente, por breve o por largo tiempo. El temperamento depende en particular de la secreción pituitaria (de la hipófisis), de la tiroides y de las suprarrenales –en cuanto tal secreción determina la preponderancia del impulso a la lucha o a los placeres”. Y a continuación sugiere el esquema siguiente:

Sigue luego diciendo: “En este esquema en lugar de los cuatro humores propuestos por Hipócrates, se toman en consideración la hiperfunción o la hipofunción de las tres glándulas complementarias endócrinas. Algunos autores usan como criterio de la división de los temperamentos (o de la tipología) la morfología (distinguiendo tres tipos: leptosómico, atlético y ciclotímico) o el aparato autónomo de la vida vegetativa: simpático y ciclotímico… Pero la mayor parte de los hombres son tipos «mixtos» sin posibilidad de ser referidos a tipos puros, porque la personalidad de cada hombre es una resultante muy compleja de actitudes más o menos independientes, no fundamentalmente antagónicas y exclusivas. Por ejemplo, no todos los adolescentes sanguíneos son muy emotivos, impulsivos, rápidos, inteligentes, descontentos; y no todos los flemáticos son asiduamente aplicados al trabajo, prudentes, tolerantes, etc.”

Algunos califican el temperamento a partir de cinco atributos que lo componen y que en cada individuo se dan de modo diverso: (a) el nivel de actividad o ritmo o vigor; (b) la facilidad e intensidad con que se molesta frente a eventos negativos; (c) la facilidad con que se calma tras haber estado molesto; (d) el miedo o preocupación ante estímulos intensos o muy desusados; (e) la sociabilidad o receptividad a los estímulos sociales.
La afectividad de cada persona depende mucho de sus temperamentos, es decir, de estos modos de reaccionar ante lo que produce placer o dolor, o ante lo que implica dificultad.
4. El carácter
Pero el temperamento no determina a la persona sino que la orienta en una dirección o en otra. Ella puede modificar sus tendencias instintivas y su base temperamental mediante la adquisición de hábitos, creando así un marco de conducta. El conjunto de esos hábitos operativos desarrollados por la persona se denomina carácter.

El trabajo psicoterapéutico consistirá en gran medida en la ayuda prestada a un paciente para que este pueda desarrollar, bajo la guía segura del terapeuta, un conjunto de hábitos positivos que permitan al paciente, un uso equilibrado de sus cualidades. Volveremos sobre este tema más adelante, al hablar de la formación de la voluntad.

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NOTAS

[1] Pithod, A., El alma y su cuerpo, Buenos Aires (1994), 44.

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitae, Introducción, 3.

[3] Genta, Curso de Psicología, Buenos Aires (1969), 91-96.

[4] Bednarski, F.A., L’educazione dell’affettività alla luce della psicología di S. Tommaso d’Aquino, Milano (1986), 22-23.

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