Lecciones de ética profesional (V. El desafío del ateísmo)

V. El desafío del ateísmo en nuestro tiempo

madonna profanada“Conocí [en Polonia] a un joven conde, cuyo inmenso y costoso palacio de campo, hecho según antiguo modelo (pues él tenía otras ideas), había sido quemado y hecho ruinas, por la retirada del ejército rojo, después de la batalla de Varsovia. Contemplando aquella montaña de mármoles destruidos y tapices incinerados, uno de nuestro grupo dijo: «Debe de ser terrible para usted ver su casa solariega destruida como está». Pero el conde, que era muy joven en todos sus gestos, se encogió de hombros y se echó a reír con algo de tristeza: «Oh, no les censuro por eso –dijo–. He sido soldado yo también y en la misma campaña; y conozco las tentaciones. Sé lo que un hombre siente, cayéndose de fatiga y helado de frío, y se pregunta qué importancia pueden tener los sillones o las cortinas ajenas, si, al menos, puede tener él fuego aquella noche. En un lado o en otro éramos todos soldados; es una vida dura y horrible. No guardo ningún rencor por lo que han hecho aquí. Sólo hay una cosa que no perdono. Se la voy a enseñar a ustedes». Y nos condujo a una avenida bordeada de álamos; en la punta había una estatua de la Virgen con la cabeza y las manos mutiladas. Pero las manos habían estado en alto, y, cosa extraña, la mutilación misma parecía subrayar esa actitud de intercesión pidiendo misericordia por esa raza humana, tan huérfana de ella”.

(G. K. Chesterton, Autobiografía, cap. XV).

 

La gran batalla

La gran batalla de nuestro tiempo es por Dios. Ustedes van a recibir en sus universidades y facultades o una formación abierta a Dios o una formación atea. La formación atea se presenta en muchas maneras, algunas de ellas cargadas de palabrerío sobre Dios, pero en el fondo ateas (porque una falsa concepción de Dios es una forma de ateísmo; como una noción falsa del hombre equivale a una negación del hombre real).

Tal vez les resulte extraño que toque este punto dentro de un curso de ética profesional; y sin embargo, creo que debe ser un tema obligado, porque “si Dios no existe, todo está permitido”, como dice uno de los personajes de una novela de Dostoievski. El ateísmo es el padre de las principales corrupciones del mundo profesional. Si no hay Dios, no hay vida ultraterrena; si no hay un más allá, todo lo que tenemos es el presente. Y este es el principio filosófico de todos los desesperados. Nuestras universidades son, en gran medida, escuelas del ateísmo moderno. Ustedes no están exentos de este riesgo. Y la vida profesional  enfrenta la gran tentación del ateísmo; ustedes, pues, no están libres de esa lucha.

Todos los estudiantes y profesionales, por tanto, deben encarar el problema de Dios (que no es problema de Dios, sino nuestro pero sobre Dios) y solucionarlo. No es tarea de este capítulo el tocar la solución de este problema, ni demostrar la existencia de Dios. Lo han hecho grandes autores, y pueden encontrar un sencillo resumen en el libro “Las verdades robadas”. Vamos a limitarnos a enunciar el problema y el modo de enfrentarlo.

 

Actualidad del ateísmo

El ateísmo es el gran fenómeno de nuestro tiempo. El gran mal o la gran enfermedad de nuestro tiempo. Los estudiosos de las civilizaciones señalan que estamos en un momento de la historia en que una civilización (la nuestra en este caso) toca fondo. Cuando esto sucede (y ya ha sucedido muchas veces, como por ejemplo, vemos en la historia de Roma con la caída del Imperio) se dan varias características que se repiten en cada crisis (y no por casualidad sino que son los gérmenes que determinan la caída de la civilización), entre los que podemos notar: la destrucción de la familia por parte del mismo poder político, la corrupción a altísimos niveles, el desprecio por la verdad, el escepticismo y un extendido ateísmo.

El ateísmo ha avanzado a paso de gigante en el último siglo. El concilio Vaticano II ya reconocía apenas cruzada la mitad del siglo XX: “Muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión… La negación de Dios o de la religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo” (Gaudium et spes, 7).

En algunos ambientes no se habla tanto de ateísmo sino de secularismo. Está hablándose del mismo fenómeno: “en su esencia, el secularismo separa y opone al hombre con respecto a Dios; concibe la construcción de la historia como responsabilidad exclusiva del hombre, considerado en su mera inmanencia. Se trata de «una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo, sin que sea necesario recurrir a Dios: Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo, para reconocer el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso por renegar de Él. Nuevas formas de ateísmo –un ateísmo antropocéntrico, no ya abstracto y metafísico sino práctico y militante– parece desprenderse de él. En unión con este secularismo ateo se nos propone todos los días, bajo las formas más distintas, una civilización de consumo, el hedonismo erigido en valor supremo, una voluntad de poder y de dominio, de discriminaciones de todo género: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de este humanismo»” (Pablo VI Evangelii nuntiandi, 55).

 

Un fenómeno de muchas caras

El Concilio Vaticano II afirmaba que “este ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo”. Y analizaba esta realidad presentando sus múltiples formas (Gaudium et spes, 19 ; lo que está entre corchetes es mío]:

“La palabra ‘ateísmo’ designa realidades muy diversas.

Unos niegan a Dios expresamente [Ateísmo propiamente dicho].

Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios [Nominalismo].

Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión [Agnosticismo].

Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta [Cientificismo].

Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios [Antropocentrismo idolátrico].

Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio [Ateísmo por falso concepto de Dios].

Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso [Indiferentismo].

Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios [Ateísmo de origen maniqueo].

La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios” [Ateísmo hedonista].

Como vemos, el ateísmo es un fenómeno complejo y variado que toma muchas formas. De las principales quiero recordar cuatro con las que pueden ustedes enfrentarse en sus estudios y carrera:

(a) El ateísmo marxista. Desde 1841 Karl Marx hizo profesión expresa de ateísmo. “¡Yo odio a todos los dioses!” (cf. Marx, Engels, marxisme, Paris, E.S.I. 1935, p. 250). Para Marx, como para Feuerbach en quien se inspira, Dios no existe sino que es una proyección que hace el mismo hombre; el hombre se evade de sí mismo, inventando a Dios; el hombre proyecta sus cualidades sobre ese dios que se imagina según sus necesidades, quedándose él mismo vacío –lo que él llama “alienación” religiosa–; por eso, para devolver al hombre su dignidad hay que destruir la idea de Dios y enseñarle al hombre que “Homo homini Deus” (el hombre es dios para el hombre). De ahí que el humanismo marxista sea una lucha contra Dios, contra ese Dios que ellos acusan de haber robado y vaciado al hombre. Lenín decía: “Debemos combatir la religión. Este es el abc de todo el materialismo y, por tanto, del marxismo” (Sur le rapport du parti ouvrier à la religion, Pss. vol 17, p. 418).

(b) El ateísmo racionalista y cientificista. Es el de los que creen y sostienen que la razón se opone a la existencia de Dios. Es más propiamente un agnosticismo pues se hace fuerte en que con la razón no se puede llegar a la existencia de Dios, que la cuestión de Dios es algo exclusivo de la fe y que la ciencia –entendida como ciencia puramente experimental– no se entiende con las cuestiones trascendentes. Es, en realidad, un ateísmo anti-racional, pues la razón misma es la que postula la existencia de un ser supremo y de las realidades suprasensibles.

(c) El ateísmo existencialista. Es el ateísmo de los que profesan la filosofía del hombre absurdo, o del absurdo humano; de los que entienden la idea del hombre como libertad infinita y absoluta, y en tal sentido toda idea de Dios (de un Dios que sea un Absoluto y por tanto sea, por su sola existencia, un límite para el hombre –por su Ley, por su Poder, por su Fin) destruye al hombre. “Si Dios existe, decía Jean Paul Sartre, el hombre es una nada; si el hombre existe Dios no existe” (El diablo y el Buen Dios). Si entiende al hombre como Libertad absoluta, es decir, como Dios, esto es cierto: no pueden coexistir dos Absolutos, dos infinitos, dos Dioses. “Queremos decir solamente, decía el mismo autor, que Dios no existe y que es necesario sacar de esto las más extremas consecuencias” (El existencialismo es un humanismo).

(d) El ateísmo axiológico o moral. Es el de los que sostienen como Nietzsche, que la fe en Dios (él pensaba en el Dios cristiano) debilita al hombre, lo rebaja, lo amansa y lo destruye. Esta concepción de Dios, para este autor, hace creer al hombre en un más allá, valora la humildad y la paciencia, le enseña a aceptar la cruz y la muerte. Para Nietzsche esta es la muerte del hombre, y por eso proclama la guerra a Dios y la muerte de ese Dios que debilita al hombre. El predica en cambio un hombre que sea ley para sí mismo, un hombre que se imponga a los demás, un hombre que se apoye en su propia voluntad; y lo llama el superhombre.

 

Características

Características comunes a todos estos ateísmos son la desesperación, la blasfemia y la arrogancia. Decía Chesterton que todas las herejías que en su tiempo habían atacado la felicidad humana eran variantes de la presunción o de la desesperación. Podemos decir que son variantes del ateísmo.

Sin embargo, la distinción más vulgar y no menos importante es la que distingue el ateísmo en teórico y práctico. Hay quienes niegan a Dios en su doctrina, en su enseñanza: “Dios no existe”. Lo enseñan, lo escriben, lo predican. Esto es llamado ateísmo teórico, porque se niega a Dios con teorías. Hoy hay páginas de internet que se declaran ateas y hacen “apostolado ateo”, tratando de volver ateos a quienes entran en estos sitios. Pero hay otro ateísmo, que es el de los que en el plano teórico dicen que Dios existe, pero en su vida ordinaria viven como si Dios no existiera. Este ateísmo es, en el fondo, tan ateísmo como el otro, pero tiene, por un lado, el atenuante de que no ha corrompido totalmente la inteligencia, y, por otro, el agravante de que mantiene engañados a los que lo profesan haciéndoles creer que no son ateos siendo que lo son. A la corta o a la larga, este ateísmo práctico lleva al teórico.

De hecho, al ateísmo teórico generalmente se llega por medio del ateísmo práctico.

 

La llegada al ateísmo

¿Cuáles son las razones por las que los ateos llegan a la negación de Dios? De los muchos motivos querría resaltar los siguientes que podemos llegar a encontrar en nuestro camino. Algunos son intelectuales y otros volitivos (en este punto me inspiro –y tomo muchas expresiones textuales– en: M. Schmaus, Teología Dogmática, I. La Trinidad de Dios, Rialp Madrid 1963, pp. 260 ss.).

(a) En la esfera intelectual, puede concebirse la posibilidad de una negación transitoria de la existencia de Dios si tenemos en cuenta que la realidad de Dios tiene como una doble cara en este mundo. Por un lado Dios se revela a través de la naturaleza (en el bien, la belleza, la sabiduría, el orden; todas las cosas creadas nos llevan a Dios, como dice San Pablo en la Carta a los Romanos cap. 1, o el Libro de la Sabiduría, cap. 13); pero al mismo tiempo también en el mundo Dios se “esconde” en el misterio del dolor, del sufrimiento del inocente, de la muerte. La difícil síntesis de estas dos caras, resulta para algunas personas el camino a una falsa solución: la de la negación de Dios. Existe el peligro de no ver a Dios cuando no se examinan a fondo las causas últimas del misterio del mal o cuando se pierde nuestra mirada en las creaturas sino elevarnos de ellas al creador. En el plano intelectual especialmente llevan al ateísmo todas las filosofías materialistas e inmanentistas que niegan la trascendencia y el ser de las cosas como participación.

(b) Pero los principales motivos del ateísmo –hay que reconocerlo– se dan en la esfera de la voluntad y de la afectividad, y son tres.

1º El predominio de los sentidos y del sensualismo. Quien sin reservas se entrega a las exigencias del materialismo y del sensualismo, ya aparezcan bajo formas refinadas o bajo formas groseras, termina por no ver ninguna clase de valores espirituales, por no hablar de lo que está allende el hombre. Una forma de este materialismo demoledor de la creencia en Dios es la actitud de la burguesía fatua, que sólo se interesa por la utilidad de las acciones y no por el valor interno de esas acciones, negando toda clase de derechos o de realidad a cuanto no suministra una utilidad inmediata. Al ateísmo se llega por una falsa concepción de la libertad (lo que tocaré en otro momento). Lo dice también el Concilio Vaticano II: “Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina” (Gaudium et spes, 20).

Si una persona se busca a sí misma, si practica el egoísmo y el desprecio por la vida ajena, si uno edifica su porvenir sobre la sangre de los demás, si uno sólo vive pensando en los goces y placeres, si uno sólo aspira al poder y al enriquecimiento (sea lícito o ilícito), si uno rehúye todo sufrimiento y todo esfuerzo en la vida, si uno no se conmueve ante las lágrimas del que sufre, entonces es un ateo o vive como viviría si fuera ateo. Incluso si va a la iglesia. Porque hay ateos que van a la iglesia por inercia. Así fueron educados y allí van con sus cuerpos, pero sin sus almas, sin sus corazones. Ateos no son todos los que no van a Misa, ni son creyentes todos los que van. Dios mira el corazón de cada uno; nosotros solo vemos lo exterior. Todos nosotros debemos pensar si no corremos riesgo de “ateizarnos” o si no hemos ya sucumbido al peligro.

2º. La inercia o indolencia del corazón. Es un enemigo de la fe en Dios más imperceptible, pero también más peligroso. Consiste en una falta de entusiasmo animoso; a los que adolecen de esta indolencia no les causan alegría alguna las cosas divinas. Los antiguos llamaron a este vicio: acidia; pereza espiritual. El indolente no desea aventurarse a emprender cosas grandes; la indolencia es una especie de miedo y vértigo que se apodera del espíritu cuando éste se ve colocado ante la majestad de Dios, con el cual ha de entrar en relaciones. El indolente quiere desentenderse de las obligaciones de magnanimidad que puede imponer al hombre la existencia de Dios. Al sentirse incapaz de subir hasta la altura de la majestad y la grandeza, huye de Dios. En el terreno del espíritu se comporta totalmente de acuerdo con el siguiente refrán: prefiero lo pequeño con tal que sea mío. Desea que se le deje en paz, que no se le inquiete. Kierkegaard llama a esta actitud “desesperación de los débiles”.

Una derivación de esta fuga es la inquietud errabunda del espíritu manifestada muchas veces bajo la forma de charlatanería, curiosidad insaciable, desenfreno impío, tendencia a “abandonar el castillo del espíritu para perderse en el ajetreo del mundo”, desasosiego interno, vagabundeo y falta de decisión. En muchos casos esto no es más que una fuga ante la faz de Dios; la provocada por la mala conciencia. El hombre malo considera a Dios como peligro y amenaza; por eso se esfuerza por quitárselo de encima, sirviéndose para ello de la charlatanería. Pretende engañarse a sí mismo en lo referente a la existencia de Dios.

Respecto a esto es sumamente instructivo lo que Nietzsche escribía en cierta ocasión: “Tuvo que morir, miraba con ojos que veían el fondo y lo recóndito del hombre, toda su oculta vergüenza y fealdad. El Dios que lo veía todo, que veía también al hombre; ese Dios tenía que morir. El hombre no puede tolerar que exista un tal testigo” (Nietzsche, Also sprach Zarathustra, Obras completas, volumen II,382 y sigs.; citado por Schmaus).

En nuestro tiempo la indolencia del corazón, que encierra un peligro vital para la convicción de Dios, se presenta bajo formas que apenas si se habían dado hasta ahora: completa indiferencia y abulia. Son el resultado del desinterés del corazón humano, cuyas fuerzas se encargan de agotar la dureza y el ajetreo de la vida diaria. Este corazón atrofiado por el desasosiego y la inquietud, por el bamboleo y penuria de la vida cotidiana, ha ido borrando los problemas concernientes a los valores espirituales y más aun los que se refieren de una manera directa a la existencia de Dios. El hombre, esclavizado por la técnica, ha perdido su verdadero semblante espiritual y corporal, se ha sometido completamente a la opinión pública, dejándose conducir por ella. Exagerando se puede decir: un hombre así es incapaz de entrar en relación inmediata con Dios.

3º El orgullo y el odio. Estas dos actitudes son las que más directamente se oponen a abandonarse en las manos de Dios. El orgulloso se encierra en sí mismo, y fuera de sí mismo no reconoce ninguna clase de valor. Es más, como él afirma, al bastarse a sí mismo no necesita de esos valores. Cree que Dios, cuyos mandatos debe reconocer el hombre, es un peligro que amenaza la libertad y grandeza humanas. Recaba para sí una especie de grandeza divina. En este sentido afirma Bakunin que Dios, aun en el caso de que existiese, debería ser destruido. Nietzsche, en idéntico sentido, decía: “¿Cómo podría yo tolerar no ser Dios en caso de que hubiese dioses? Por consiguiente, los dioses no existen”. La misma vida de Nietzsche pone de manifiesto cómo la actitud orgullosa puede llegar a adquirir una influencia fatal sobre el hombre: terminó loco. Nietzsche continúa: “Yo saqué la conclusión, y ahora es ella la que me arrastra”. Muchas formas de la Filosofía existencial, no obstante hablar de trascendencia, niegan la existencia del Dios vivo porque Dios limita la libertad e independencia del hombre.

El odio, la otra actitud hostil a Dios, es la respuesta que el corazón humano, egoísta y enfrascado en el mal, da a la santidad y superioridad de Dios. Como Dios es en todo radicalmente distinto al hombre, se presenta ante éste imponiendo exigencias y obligaciones y constituye un motivo de profundo desasosiego para el hombre que vive en un estado de autonomía exagerado, que cree bastarse a sí mismo, que se aísla herméticamente y niega cuanto no sea él mismo. Así surge un sentimiento de malestar que puede llegar a convertirse en repugnancia y aun hasta en odio absoluto. El odio es una reacción original contra la santidad personal de Dios, un acto de rebeldía contra Él, algo egocéntrico y placentero. El grado supremo de su desarrollo lo constituye esa forma de vida a la que llamamos infierno. El odio consumado por el hombre en su peregrinación es precursor de esa rebelión consumada y satánica, propia del infierno. El hombre, obcecado por el odio, queda incapacitado para percibir dentro de la Historia los valores divinos. El odio a Dios es más intenso que cualquier otra forma que pueda darse al odio, ya que va dirigido contra un valor que es infinitamente superior a todo otro valor. Dios es para el hombre el más importante valor personal, a la par que es el valor más próximo; por ello para rechazar a Dios, el hombre ha de hacer esfuerzos mucho mayores que los que haría para rechazar cualquier otro tipo de valor. Cuanto acabamos de decir conserva su validez en lo que concierne a la época histórica nacida en Cristo. Porque Dios, por decirlo así, hostiga al hombre en Cristo y el hombre, que ahora quiere desentenderse de este Dios que se revela y aproxima a nosotros en Cristo, tiene que esforzarse mucho más que el incrédulo de los tiempos anteriores al Cristianismo.

 

El ateísmo ¿liberador?

La sima del pozo es la concepción –terrible y aterrante– del ateísmo liberador. Al dar su opinión sobre los atentados del 11 de setiembre de 2001 en New York, el Premio Nobel portugués, José Saramago afirmó: “al espíritu humano no le faltan enemigos, pero la creencia en Dios, en cualquier Dios, es uno de los más corrosivos”. Y también: “Las religiones todas, sin excepción nunca servirán para reconciliar a los hombres. Al contrario, han sido y serán causa de inenarrables sufrimientos, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales. Son uno de los más tenebrosos capítulos de la historia humana” (cf. Vitorio Messori, Y algunos preguntan, ¿es mejor el ateísmo?, La Razón 17/10/2001).

Es indudable que hay falsas religiones que han incitado a la muerte, a la destrucción, al suicidio y al homicidio. Pero esas son religiones satánicas; no es la esencia de la religión. No es Dios sino aquél que Jesús llamó “mentiroso y homicida desde el principio” quien destruye al hombre. El ateísmo no es liberador sino la más terrible y sangrienta de las opresiones como lo ha demostrado cuando ha podido.

Así, desde que Constantino declaró el Cristianismo libre en el Imperio, pasaron catorce siglos antes de que un Estado entero –Francia– se propusiera como objetivo la desaparición misma de la fe en Jesús como Cristo, con la Revolución francesa. Como ha demostrado el gran historiador Jean Dumont en su libro Les prodiges du sacrilège, la campaña de descristianización conducida con el Terror de la Revolución Francesa no fue un episodio más entre otros muchos, sino la revelación de su intención profunda y primaria. Precisamente, la de dar el finiquito sobre todo al catolicismo, pero también a cualquier religión «revelada» (junto al culto católico se prohibieron, bajo pena de muerte, también el protestante y el judío) para pasar a un culto totalmente humano, en nombre de la Razón. Un historiador americano, Donald Greer, hizo las cuentas de dicho intento: en solo dos años, entre 1792 y 1793, las víctimas de la Revolución fueron muchas veces superiores a las de todas las inquisiciones durante cinco siglos. Los guillotinados con sentencia regular fueron casi 20.000, y otros tantos los liquidados sin proceso, linchados, o liquidados por las penurias de las cárceles. Se desilusionaría quien quisiera justificar ese frenesí sangriento, atribuyéndolo a una comprensible cólera popular reprimida por mucho tiempo. Entre aquellas 40.000 víctimas, nada menos que el 84 % pertenecía al Tercer Estado: pequeños burgueses, obreros, y campesinos. El historiador Reynald Sécher nos da estas trágicas cifras de la campaña de destrucción de la cristiana Vandée: sobre un territorio de nada más que 10.000 kilómetros cuadrados, 120.000 masacrados (el 35 % de la población), 30.000 casas de 50.000, derruidas sistemáticamente, las fuentes envenenadas y toda la vegetación arrancada para quitar a los supervivientes toda posibilidad de recuperación. Y también en este caso, no nos conformemos apelando a los horrores desgraciadamente habituales en toda guerra: la orden explícita de los jacobinos de París (ateos, ni siquiera deístas como algunos pretenden) no era sólo vencer en batalla, sino proceder, en frío, al genocidio, masacrando en primer lugar a las mujeres fértiles, para que no engendraran «más malditos creyentes en las supersticiones religiosas». Con la piel de aquellas mujeres, muy suave, se confeccionaron guantes para los oficiales, mientras que la de los hombres se destinó a fabricar botas. Los cadáveres desollados fueron hervidos para obtener grasa para las armas y jabón para el ejército. Y en ausencia de cámaras de gas, todas las noches, durante meses los sacerdotes, con sus parroquianos sobrevivientes, eran encerrados en grandes cajones y hundidos en medio del Loira.

Cuando el ateísmo llegó al poder en Rusia, en 1917, en los años que duró este efímero imperio el régimen comunista masacró a 66.000.000 de personas, según Alexander Solzhenistszin (Alerta a Occidente, Barcelona, 1978, pp. 159-160), o 100.000.000 de muertos según Boris Souvarine (Le Stalinism, 1972, pp. 16-17), o peor aún 280.000.000 según El libro negro del comunismo (cf. S. Courtois, N. Wertg, J.L. Panné, A. Packzowski, K. Bartosek, J.L. Margolin, El libro negro del comunismo, Crímenes, Terror y represión, Planeta, Barcelona 1998, p. 31).

El ateísmo no libera al hombre.

Hay también otra forma de “ateísmo liberador” más larvado pero no menos pernicioso: el que reduce la religión a instrumento de contención de los hombres, pero le quita su misión mediadora entre Dios y los hombres. Lo propone, entre otros, Mario Vargas Llosa en un lamentable escrito en el que exige a la Iglesia que se “acomode” a las costumbres inmorales de nuestro tiempo porque “es necesario que Ella –la Iglesia–subsista”; lo que no es necesario para él es que sea “verdadera” o “auténtica”; así dice: “la religión es importante para encauzar la ansiedad y el desasosiego que produce a los seres humanos su condición mortal, su incertidumbre y su miedo frente al más allá, y para embridar aquellos instintos que, dejados en libertad, provocarían hecatombes y podrían retrocedernos a las formas más primitivas de barbarie” (La Nación, 23-01-2005, El debate ético por el Sida. Si no cede, la Iglesia podría verse marginada; la discusión giraba en torno a la declaración de la Iglesia de la intrínseca inmoralidad del “preservativo”). Para Vargas Llosa de la acomodación de la Iglesia a la mentalidad del mundo depende la supervivencia de la Iglesia (“¿acaso la supervivencia de la Iglesia católica no vale un condón?”, concluye el escritor). Ni siquiera es original; algunos se le adelantaron dos mil años diciendo al Fundador de la Iglesia: “bájate de la cruz y creeremos en ti”; Él ya le respondió a Vargas; y Vargas sabría la respuesta si se toma el trabajo de leer el Evangelio.

No nos engañemos: no quiere salvar a la Iglesia, sino que quiere una Iglesia que no sea mediadora entre Dios y los hombres; eso es una Iglesia sin Dios; atea.

 

Para no terminar como un sin-dios

¿Qué debemos hacer para no caer en esto o para que no nos empujen a este vacío espantoso del ateísmo?

Primero debemos abrir los ojos ante los signos de Dios.

No debemos eludir los interrogantes hondos y permanentes de la vida. Hay cosas que nos interpelan a todos: cuál es el origen de todas las cosas, cuál es el sentido de mi existencia, cuál es mi fin, qué hay después de la muerte, por qué existe el dolor y el mal. Muchos piensan que estas preguntas ponen en peligro su fe. La ponen en peligro si no intentan responderlas bien, si no quieren leer y estudiar a los grandes pensadores, si no se animan a pensar, a estudiar y a rezar los grandes temas. Pero para quien quiere atreverse a pensar, estos temas pueden ser difíciles, pero no llevan a la negación de Dios. Los grandes sabios los han enfrentado y han sido grandes creyentes. Muchos de los grandes ateos han sido también grandes ignorantes, o al menos han mantenido voluntariamente grandes lagunas en su mente; hay problemas, como el de Dios o el alma, que no han querido enfrentar.

Sepamos también exigir pruebas claras y definitivas de todo aquello que intente perturbar la fe. Hay personas que aceptan cualquier cosa que se les diga contra la fe, la religión, la Iglesia o Dios. Pero luego se tragan cualquier hipótesis, quedan con la boca abierta cuando le dicen “esto o aquello se explica por la evolución” sin saber que le venden un buzón y que nadie explicó todavía satisfactoriamente la evolución. ¡Cuántos han perdido la fe porque un mal profesor les ha dicho “que la ciencia ha probado que no hay Dios”! ¡Exijan que se los prueben a ustedes! Y pregunten, exijan, pidan demostraciones. No paguen con el alma ni con la mente a quien no les ha mostrado lo que les quieren vender. Hay muchos que juegan con nuestra estupidez. Algunos no tienen mala intención; pues quizá también a ellos, antes que a nosotros, les robaron su fe y su inocencia a causa de su estupidez.

Si no quieren caer en el ateísmo estén atentos al hombre; a todo hombre: al prójimo y a nosotros mismos. Hay en nosotros un valor gigantesco, un sentido de lo infinito, un deseo de lo eterno, que nos muestra que no somos solo polvo. Los perros aúllan a la luna y los pájaros agradecen la luz del día. Pero nosotros queremos ir más allá de los astros y vivir eternamente. Si estamos atentos al hombre, a todo hombre, incluso al más miserable, veremos un reflejo de Dios.

Estén atentos a la Revelación cristiana. Conozcan su religión. Es asombrosa la falta de cultura religiosa de la inmensa mayoría de nuestros políticos, de nuestros escritores, de nuestros médicos, psicólogos, abogados y jueces… ¿Cómo no van a perder lo que ni siquiera conocen? ¿Cómo no les van a robar lo que no guardan? ¿Cómo no nos van a ensuciar lo que no cuidamos? Estudien, profundicen, recen.

Estén atentos a los grandes hombres de la historia. Lean a los grandes, fórmense una cultura. No les tengan miedo a los grandes escritores del pasado, a su sabiduría. Ellos tienen respuestas para problemas que son eternos.

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       Busquen a Dios con toda el alma. Pascal –aquel gran pensador francés– escribió con justeza: “No hay más que dos clases de personas a las que se pueda llamar razonables: o aquellos que sirven a Dios con todo su corazón porque lo conocen, o aquellos que buscan a Dios con todo su corazón, porque no lo conocen” (Pensées, n. 11).

 

 P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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