Lecciones de ética profesional (VI. Profesión y conciencia)

VI. La profesión y la conciencia

 

 

tomar-conciencia1“(…) El ser supremo (…) cuando se decide a hacerse Creador, infunde esta ley, que es, pues, Él mismo, en la inteligencia de sus criaturas racionales. La Ley divina, por esto, es la norma de la verdad moral, el distintivo de lo justo y de lo injusto, una autoridad soberana, indestructible, absoluta que se encuentra de continuo a la vista de los hombres y de los ángeles (…) Esta ley, en cuanto llega a ser conocida y llega a formar parte del espíritu de los individuos particulares, toma el nombre de conciencia; y, aunque sufra refracciones en el camino que hace a través de los espíritus de diferentes individuos, sin embargo, no por esto es atacada hasta el punto de extraviar su carácter de ley divina; y aun debilitada, refractada, tiene la prerrogativa de poder imponer obediencia. (…) De donde se infiere que no es nunca lícita actuar contra la conciencia; como dice el cuarto concilio lateranense: ‘lo que se hace contra la conciencia, se edifica para la condenación’ (…) Lo sé muy bien; esta manera de concebir la conciencia difiere inmensamente del concepto que ordinariamente se tiene de ella, tanto en la ciencia y literatura como en la opinión pública de hoy en día. Esta manera de concebir la conciencia se basa en la doctrina de que la conciencia es la voz de Dios, mientras hoy está de moda considerarla de un modo u otro como una simple creación del hombre (…) En nuestro tiempo se ha entablado una guerra encarnizada, diría casi una conspiración contra los derechos de la conciencia, tal como la estamos describiendo. Por derechos de la conciencia entienden el derecho de pensar, de hablar, de escribir, de actuar, como les plazca sin preocuparse nada de Dios. La conciencia tiene derechos porque tiene deberes; pero hoy y para una parte bastante numerosa de nuestro público, es precisamente el derecho y la libertad de conciencia los que dispensa de la conciencia”.

(J.H. Newman, Carta al duque de Norfolk, cap., V).

 

La lucha por la conciencia

La gran batalla entre el ateísmo y la fe en Dios se realiza en el campo de la conciencia. El enemigo está tan encarnizado que ha perdido todo rubor y descaradamente pisotea todo: la patria, las instituciones, la verdad, la familia, la escuela, el templo. Sólo hay un reducto que no puede tomar por la fuerza: la conciencia. Allí sólo entra como dueño absoluto Dios. Fuera de Él, todos los demás se ven obligados a persuadir, pedir permiso, amenazar, amedrentar… pero necesitan que las conciencias se les entreguen; no las pueden tomar, al menos de forma directa.

Por eso, esta gran batalla del tiempo que vivimos es la final, o la casi final. Y la pelea cada uno de nosotros, palmo a palmo, en su interioridad. Nos podemos ayudar y podemos luchar juntos. Pero esto no nos excusa de pelear individualmente. En algún momento de nuestra vida la pelea llega a nuestra propia casa, a nuestro más íntimo reducto, a nuestra propia conciencia, a nuestro propio corazón. El que no quiere pelear, desde el momento en que decide no hacerlo, ha sido por eso mismo derrotado. En esta guerra no hay países neutrales ni ciudadanos neutrales. Porque se cumple aquí aquella descripción que hace san Ignacio del mal caudillo –el demonio– respecto de sus secuaces: “los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por el todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular” sin respetar.

Nos pueden quitar todo: el trabajo, la carrera, los estudios, la familia, nuestros bienes y ahorros, nuestra tranquilidad, incluso nuestra vida. Pero no nos pueden quitar nuestra conciencia; ésta la entregamos nosotros, claudicando, o la mantenemos peleando por ella. Como los héroes, los santos y en particular los mártires.

Los medios de la batalla

¿Cómo se lleva a cabo esta lucha por adueñarse de nuestra conciencia, es decir –pues esto es “ganar la conciencia”–, por lograr que llamemos mal al bien y bien al mal, sabiendo que no es verdad lo que decimos?

Hay tres vías para lograrlo, de las cuales la más sutil y perniciosa es la primera (en la que me detendré principalmente): consiste en cambiar el concepto de la conciencia; como decía Newman en el texto citado: cambian lo que significa “derechos de la conciencia” cambiando la idea de la conciencia. Algunos nos enseñan que la conciencia es la que crea el bien y el mal, la que decide qué está bien y qué está mal.

Para entender la gravedad de esta falsificación debemos ver qué es realmente la conciencia. La conciencia “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et spes, 16). No es, ésta, solo una hermosa definición, sino la verdadera.

Lo que nosotros llamamos “conciencia” no es otra cosa que ciertos juicios de nuestra inteligencia. Nuestra inteligencia, y en esto nos diferenciamos específicamente del resto de los animales, conoce qué son las cosas, por qué son, para qué son, y –en algunos casos– por qué deben ser así y no de otro modo. Cuando esas “cosas” que conoce el hombre son nuestros propios actos y la razón nos dice lo que estamos haciendo, o lo que hemos hecho o lo que estamos proyectando hacer, y nos habla de su bondad o de su malicia, tal acto de la inteligencia es lo que llamamos la “conciencia”: conciencia “psicológica” (la que nos dice “qué” hacemos o hemos hecho: estoy escribiendo, he paseado, me dispongo a ir a rezar o a trabajar) y la conciencia “moral” (la que nos advierte sobre la bondad o malicia de aquello que hacemos, hemos hecho o estamos por hacer).

¿Cómo ocurre esto? Todos nosotros llevamos interiormente impresa una ley que nos indica el bien y el mal, aquello que nos perfecciona, y aquello que nos hiere moralmente; y el conocimiento de esta ley es natural. El hombre se da cuenta, de un modo que podemos llamar “espontáneo”, que ciertas cosas están bien y ciertas cosas están mal (no hace falta que nos enseñen que el amor a nuestros padres es algo bueno, ni que traicionar la patria es algo abominable; a nadie le enseñaron que tiene que defender a su madre o a sus hijos… y si se lo enseñaron cuando lo hace no lo hace porque se lo hayan enseñado, sino porque espontáneamente reconoce que eso es lo que debe hacer en esa circunstancia). “Llevamos dentro de nosotros mismos nuestra verdad, porque nuestra esencia (nuestra naturaleza) es nuestra verdad”, ha dicho Juan Pablo II (L’Osservatore Romano, 15 de octubre de 1993, p. 22.. San Pablo, hablando de los paganos dice: “cuando los paganos, que no tienen ley [es decir ley Revelada], cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, son para sí mismos ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón…” (Rm 2,14).

Haciendo referencia a este texto de San Pablo, explicaba Juan Pablo II: “La misma ley, que Dios reveló por medio de Moisés y que Cristo confirmó en el evangelio (cf. Mt 5,17-19), ha sido inscrita por el Creador en la naturaleza humana. Esto es lo que leemos en la carta de san Pablo a los Romanos: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rm 2,14). De esta forma, por tanto, los principios morales que Dios manifestó al pueblo elegido por medio de Moisés son los mismos que él ha inscrito en la naturaleza del ser humano. Por esta razón, todo hombre, siguiendo lo que desde el principio forma parte de su naturaleza, sabe que debe honrar a su padre y a su madre y respetar la vida; es consciente de que no debe cometer adulterio, ni robar, ni dar falso testimonio; en una palabra, sabe que no tiene que hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a él” (L’Osservatore Romano, 17 de junio de 1994, p. 2, nº 3).

Es por eso que cada vez que nosotros obramos, nos damos cuenta de que lo que hacemos es conforme y está en armonía con ese conocimiento que tenemos escrito en el corazón, sobre el bien y el mal. O simplemente no está conforme con él. Llamamos conciencia a la inteligencia en su función de descubrir esa “ley que él (el hombre) no se da a sí mismo, pero a al cual debe obedecer… Ley inscrita por Dios en su corazón…” (Gaudium et spes, 16). Esto es lo que quiere expresar Pablo VI cuando dice: “la conciencia no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es el intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí misma” (Pablo VI, Alocución, 12 de febrero de 1969).

Ocurre aquí algo análogo al fenómeno biológico de la decodificación de nuestro código genético: tenemos en nuestras células no sólo todo el patrimonio genético, con las características generales y particulares (hasta las más ínfimas) que desarrollaremos a lo largo de nuestra vida, sino también la función capaz de leer y descifrar ese código; esto a nivel biológico lo hace la misma naturaleza. En el plano espiritual y moral ocurre algo semejante: tenemos en nuestra naturaleza impresa, codificada, la ley por la cual como seres racionales alcanzamos la perfección, y también tenemos la luz de la razón por la cual podemos leer, descifrar esa ley, y actualizarla en nuestro obrar. Esto, en el nivel espiritual, no se realiza de modo “necesario” sino que debemos realizarlo con nuestro libre albedrío; en esto consiste la dignidad de la persona humana.

Los oficios de la conciencia

La conciencia, cumple, de este modo, un triple oficio interior:

1º Es testigo de lo que estamos haciendo o hemos hecho, de la bondad o malicia de lo que obramos. En este sentido dice san Pablo: “Mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo” (Rm 9,1).

2º Es juez: ella nos aprueba cuando lo que obramos es bueno, y nos condena (lo que llamamos “remordimientos” de conciencia) cuando hemos obrado o estamos obrando el mal. A esto hace referencia San Pablo al escribir en Rm 2,15: “como quienes muestran tener la realidad de esta ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios de condenación o alabanza”; y 2Co 1,12: “El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia”.

3º Es pedagogo (como decía Orígenes): descubriéndonos e indicándonos el camino del buen obrar. De este modo puede decir el Apóstol en Rm 14,5: “Aténgase cada cual a su conciencia”.

Una luz que viene de otra Luz

Esta luz que hay en nuestra inteligencia, por la cual juzgamos de nuestras acciones, la ha puesto el mismo Dios, al crearnos: no es otra cosa que la capacidad que tenemos de conocer, y de conocer el bien y el mal en las cosas. Y esa luz es una participación de su Luz y de su Verdad eterna. Por eso es que podemos decir con propiedad que es la voz de Dios. Así, San Buenaventura decía de ella: “La conciencia es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar” (San Buenaventura, In II Librum Sent., d. 39, a.1, q.3). Juan Pablo II lo explica diciendo:

La conciencia se presenta como el testigo, que acusa al hombre cuando viola la ley inscrita en su corazón, o lo justifica cuando es fiel a ella. Por consiguiente, según la enseñanza del Apóstol, existe una ley ligada íntimamente a la naturaleza del hombre, como ser inteligente y libre, y esta ley resuena en su conciencia: para el hombre, vivir según su conciencia quiere decir vivir según la ley de su naturaleza y, viceversa, vivir según esa ley significa vivir según la conciencia; desde luego, según la conciencia verdadera y recta, es decir, según la conciencia que lee correctamente el contenido de la ley inscrita por el Creador en la naturaleza humana” (L’Osservatore Romano, 17 de junio de 1994, p. 2, nº 4).

La conciencia y la verdad

De todo esto se deduce una verdad fundamental de la antropología, la psicología y la moral: la conciencia no crea la verdad; la descubre. Así como descubro la realidad física, y cuando en medio del campo me topo con un toro corro, porque el toro es real y no le puedo imponer mis criterios, ni le puedo explicar que en mi cabeza he inventado la teoría de que los toros son mansos, del mismo modo existe también la verdad moral, es decir, la que enseña que algunas cosas son buenas en sí y otras son malas en sí, me guste o no me guste, y así como tengo que correr para que el toro no me agarre, debo refrenarme para no pecar o debo mortificarme y hacer cosas que no tengo ganas de hacer si es que son obligatorias.

Una conciencia que puede tropezar

Además, de esto mismo se deduce una segunda verdad: la conciencia no es infalible sino falible. La dignidad de la conciencia proviene de que ella nos hace de puente, de intermediario, con esa verdad que, según hemos dicho, se encuentra escrita en lo profundo de nuestra naturaleza y corazón; naturaleza creada por las manos de Dios. Pero la conciencia puede fallar en ese conocimiento. “Ella, dice Juan Pablo II, no es un juez infalible” (Veritatis splendor, nº 62). Es un acto de nuestra inteligencia, creada, finita, falible, herida, influenciable.

Esto sucede porque los juicios de nuestra conciencia son muy comprometedores en cuanto no se trata de afirmaciones abstractas o puramente especulativas (como cuando decimos “el sol sale por el Este”, “dos más dos es igual a cuatro”), sino afirmaciones que terminan comprometiendo nuestro modo de obrar (son “juicios prácticos”). Por ejemplo, el descubrir la diferencia entre un triángulo equilátero y un triángulo isósceles no altera de ninguna manera el modo de vivir que yo tenía cuando ignoraba esa verdad; en cambio, aprender que una conducta determinada que habitualmente practico en mi vida privada, en mis negocios, en mi vida conyugal, etc., contradice la ley natural y es intrínsecamente mala, no me puede dejar indiferente o igual a antes de saberlo; por el contrario, me exige tomar una decisión crucial en mi vida, que puede llegar a ser un giro de ciento ochenta grados. Y de igual modo, reconocer que, de modo ineludible e inaplazable, me corresponde realizar tal deber me impone la obligación de cumplirlo a pesar de los sacrificios que suponga. Por eso, mis juicios de conciencia, que de estos se trata en los dos ejemplos antedichos, siempre están amenazados de ser interferidos por mis defectos, hábitos, comodidades, o gustos, que van a pugnar para que no reconozca interiormente lo que no tengo deseos de realizar o abandonar.

De ahí que la conciencia mantenga su dignidad de juez y guía e imponga al hombre la exigencia de ser seguida (“hay que seguir la propia conciencia”) siempre y cuando le muestre la verdad o, en caso de que se equivocara, sólo en la medida en que yerre involuntaria e inculpablemente; nunca cuando se equivoque voluntariamente o cuando desconozca la verdad por desamor hacia ella o pereza para buscarla.

Es por eso que la Sagrada Escritura nos insiste constantemente en que busquemos la verdad y juzguemos de acuerdo a la verdad: “Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1Tm 1,5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo» (cf. Rm 9,1), debe ser «pura» (2Tm 1,3), no debe «con astucia falsear la verdad» (cf. 2Co 4,2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto»” (Veritatis Splendor, nº 62).

Cuando uno está falseando la verdad o la desconoce por negligencia, o por poco amor a la verdad o a la virtud, o por negarse a hacer el esfuerzo de educar la conciencia o aclararla con quien sabe más, no podría excusarse de pecado diciendo simplemente: “sigo mi conciencia”:

 “La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede «cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega». En estos casos, la persona es culpable del mal que comete” (Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1790-1791. La cita es de Gaudium et spes, nº 16).

            Por eso decía hace varios años el Papa Juan Pablo II:

 “No es suficiente decir al hombre: «sigue siempre tu conciencia». Es necesario añadir inmediatamente y siempre: «pregúntate si tu conciencia dice la verdad o algo falso, y busca incansablemente conocer la verdad». Si no se hiciera esta necesaria precisión, el hombre arriesgaría encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez del lugar santo donde Dios le revela su verdadero bien” (Catequesis del 17 de agosto de 1983, nº 3).

La conciencia no decide sino que descubre

Sostener que nuestra conciencia es la que decide lo que está bien y lo que está mal (y esto está muy extendido, incluso en el lenguaje vulgar: a mí me parece, yo pienso de otra manera, yo tengo otra idea sobre esto, etc. y todo esto sin referencia alguna a la realidad o a la verdad) es algo muy peligroso. En el fondo, se está afirmando que la conciencia es infalible (la conciencia de uno, se entiende, porque estas personas piensan o sostiene que los demás se equivocan siempre que piensen u opinen distinto de ellos mismos). Esto ya lo había dicho Rousseau en su libro Emilio. Allí escribía este personaje: “Conciencia, conciencia, instinto divino, inmortal y celeste voz; guía segura de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal, que hace al hombre semejante a Dios”. Esto no se puede decir de la conciencia; ella nos ilumina, como hemos dicho, pero siempre y cuando busque humildemente adecuarse a la ley de Dios. Hoy muchos están plenamente de acuerdo con estas palabras. Sería bueno que también mediten estas otras del mismo autor: “Que la trompeta del juicio final suene cuando quiera… Junta alrededor mío la incontable turba de mis semejantes, ¡que ellos escuchen mis confesiones!… Que cada uno descubra a su vez su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad, y luego, que aunque sea uno te diga, si tiene el coraje: «¡yo he sido mejor que este hombre!»”. Así escribía al comienzo de sus Confesiones, dirigiéndose sin reparo alguno al Creador. Decía de él el enciclopedista Dionisio Diderot que tenía mucha suerte, porque hiciera lo que hiciera, su conciencia siempre se pronunciaba a su favor, al punto tal de considerarse sin tacha alguna; pero no nos olvidemos que este Rousseau que se consideraba poco menos que santo e infalible quitó a su concubina sus cuatro hijos pequeños, para no hacerse cargo de ellos, y los metió en el Hogar de los “Niños Abandonados”, lo cual en aquella época equivalía a poco menos que a condenarlos a la miseria y al abuso; cuando la noticia se supo y sus admiradores se escandalizaron, él dijo que se había “equivocado”, es decir, que se distrajo y no se dio cuenta.

Lamentablemente en nuestros tiempos Rousseau sigue teniendo muchos defensores; incluso entre los moralistas “católicos”. Sólo para citar un ejemplo, B. Schüller ha escrito que “la conciencia no puede engañarse sobre el bien y el mal; lo que ella ordena es siempre infaliblemente bien moral” (B. Schüller, La fondazione dei giudizi morali. Tipi di argomentazione etica nella teologia morale cattolica, Assisi 1975, p. 72). Con este principio Schüller exime de toda culpa y cargo (y casi canoniza) a todo ladrón, asesino, abusador y genocida.

La seducción y el miedo de la conciencia

Decíamos más arriba que hay tres vías por las cuales se intenta manipular la conciencia. La primera la mencionamos largamente: cambiar la idea de conciencia. Además de esa hay dos más.

El segundo medio para conquistar la conciencia es la seducción: comprarla, hacer obrar contra la propia conciencia con promesas, coimas y regalos. Así se destruyen las conciencias de los que se venden. Hemos conocido en los últimos años, casos de católicos –dirigentes incluso– de renombre y buena formación que teniendo debilidad por la fama, el poder y la riqueza, se han vendido por dinero para encabezar campañas corruptoras de la moral; pero mucho antes que ellos Judas vendió su conciencia por treinta monedas; él sabía que era “sangre inocente” lo que vendía, como confesó en su desesperación. Otros, en cambio, han resistido en su conciencia la seducción del poder y del oro y han preferido el martirio. Basta leer en la Escritura las promesas de Antíoco rey a los jóvenes mártires del libro de los Macabeos… y la respuesta heroica de éstos.

El tercer medio es el miedo, la amenaza. Quien no se pliega al sistema, pierde todo, o nunca avanza: se amenaza con echarlo, con no dejarlo progresar legítimamente, con aplastarlo, o ahogarlo socialmente. No debemos tener miedo; Jesús lo predijo: os arrojarán de las sinagogas.

Fidelidad y objeción de conciencia

La fidelidad a nuestra conciencia –y a Dios, en última instancia, cuya voz resuena en ella– nos llevará muchas veces a presentar lo que se denomina “objeción de conciencia”, es decir, a ejercer el derecho de no ser obligado a participar en una acción que nuestra conciencia nos manifiesta como intrínsecamente inmoral (ya sea leve o gravemente inmoral). Esto es particularmente importante (y debemos luchar por que se respete este derecho) cuando se trata de acciones contra la vida humana. Lo señala de modo muy claro el Papa Juan Pablo II en la Evangelium vitae:

 “Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas «no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños» (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: «Las parteras temían a Dios» (ivi). Es precisamente de la obediencia a Dios –a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía– de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que «aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos» (Ap 13, 10)” (Evangelium vitae, 73; cf. 89; Donum vitae, III fin).

Educar la conciencia

Debemos, por tanto, preocuparnos por educar nuestra conciencia.

Esto nos lleva al último punto: debemos formar y educar nuestra conciencia. Debemos educar la conciencia para que nuestros juicios sean siempre veraces:

 “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas. La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra paz en el corazón” (Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1783-1784).

            Para educarla debemos hacer dos cosas:

1º Ante todo, debemos ilustrar e iluminar nuestra conciencia sobre el bien y sobre la verdad. Y esto se hace mediante la Fe, la Palabra de Dios y la enseñanza clara de la Iglesia. Dicho de otro modo, debemos ser fieles a la verdad. Vale para todo cristiano lo que el Juan Pablo II mandaba a los Obispos de Francia: “Los Pastores deben formar las conciencias llamando bueno a lo que es bueno y malo a lo que es malo” (L’Osservatore Romano, 15/III/87, p.9, nº 5).

Uno puede estar seguro de que está obrando con una conciencia recta, con honestidad de conciencia, cuando ha puesto todos los medios para que ésta sea recta. Esto vale particularmente para los temas delicados de nuestra vida moral y espiritual, y especialmente aquellos sobre los que tenemos dudas.

Aquí se ve, finalmente, el motivo por el cual no puede haber divergencia entre la Enseñanza de la Iglesia y la conciencia del cristiano. Porque el Magisterio no es una opinión más sino una de las fuentes donde debemos iluminar la conciencia. Juan Pablo II ha dicho: “…el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia” (Discurso al II Congreso de Teología Moral, L’Osservatore Romano, 22/I/89, p. 9). Y también:

 “La autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad «con respecto a» la verdad, sino siempre y solo «en» la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto primario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4,14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Veritatis Splendor, nº 64).

            2º En segundo lugar (aunque no de importancia secundaria) debemos vivir virtuosamente, buscar la virtud y educar en la virtud. Sólo la virtud puede garantizarnos que nuestra conciencia no quiera “justificar” nuestros comportamientos defectuosos o nuestros pecados, “racionalizar” nuestros comportamientos (sabemos lo que está mal, pero “…todo el mundo lo hace”; “más adelante podemos cambiar”; etc.). “En efecto, dice la Veritatis Splendor, para poder «distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,2) sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad» entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad” (Veritatis Splendor, nº 64. La Encíclica envía a Santo Tomás de Aquino, II-II, q. 45). La virtud es fundamental para que las pasiones y los vicios no alteren la objetividad de nuestros juicios, así como el que se quemó la lengua no puede juzgar con exactitud sobre los sabores sino tan solo quien tiene la lengua sana, así en el plano moral no puede juzgar bien el vicioso sino el virtuoso: el borracho o el lujurioso pierden la sensibilidad ante sus respectivos pecados (y esto no los exclusa, porque a tal embotamiento moral han llegado culpablemente), y sólo el casto y el sobrio disciernen claramente.

Y es por eso que hasta al más pintado las pasiones le hacen tirar por la borda la rectitud de sus juicios, cuando no media la virtud.

 

*    *    *

            Si ustedes no están dispuestos a jugarse por la conciencia, por la lealtad a Dios a cualquier costo, puedo predecirles que probablemente lleguen muy lejos en este mundo, que tendrán dinero y escalarán grandes puestos; tal vez la pasen muy bien materialmente y no les falte nada; harán cruceros, tendrán amigos y juerguearán sin que nadie les ponga freno. Tal vez lleguen a jueces, generales, rectores, ministros o presidentes. Pero si algún día se encuentran con Jesucristo (y algún día se encontrarán con Él) sentirán mucha vergüenza. Y si antes de ese Día se encuentran con alguno de los que fueron sus amigos que por no venderse a la mentira, por no transar con la ambigüedad o por no traicionar ni a su conciencia ni a Dios, haya terminado en la cárcel, sea un don Nadie y un desconocido, no tenga donde caerse muerto y todos le cierren las puertas en sus narices, le sobren, por el hambre, agujeros en el cinturón, y ande con lentes empañados de lágrimas, yo les aseguro que junto al dolor también verán luz en sus ojos y una humilde tranquilidad en su frente, mientras que ustedes, con los bolsillos llenos de dinero, se sentirán malditos y se morderán los labios de envidia. Y si todavía les queda una llamita viva en el alma se darán cuenta, entonces, quién ha sido loco y quién cuerdo. Y ese día entenderán lo que quiso decir Jesucristo en las bienaventuranzas. Si han caído ya muy bajo, arrojarán ese pensamiento como se despejan las pesadillas al despertarse sofocados en la noche. Si no han caído tan bajo tal vez comprendan que ese pensamiento que se les cruzó puede salvarles el alma.

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