LECCIONES DE ÉTICA PROFESIONAL (VIII. LA LIBERTAD Y LA PROFESIÓN)

VIII. LA LIBERTAD Y LA PROFESIÓN

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

quijote“Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho, le dijo: –La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”

(Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Capítulo LVIII)

 

A nadie se lo obliga a ser malo ni a ser bueno. No podemos eludir la responsabilidad sobre nuestros actos. En este mundo hemos sido puestos con un don precioso, único, exclusivo de los seres racionales: nuestra libertad. Con ella nos cavamos una tumba o con ella escalamos las cumbres. El hombre es ciertamente un misterio. Hace muchos siglos, un pensador extraordinario, llamado Gregorio Nazianceno lo describía diciendo: “rey de las cosas terrenas, pero súbdito de las celestiales; terreno y celeste, caduco e inmortal, visible e inteligente, en medio de la grandeza y de la humildad; al mismo tiempo carne y espíritu. Espíritu por la gracia; carne por la soberbia… Un viviente guiado por una parte, y por otra abandonado a sí mismo, y, lo que constituye el misterio más profundo, partícipe, con la inclinación del alma hacia Dios, de la dimensión divina” (San Gregorio Nazianceno, El nacimiento de Cristo, 9-11).

 

El desafío de la libertad

La libertad es un don, pero es también un desafío. No es fácil manejarla bien o para el bien. ¿Qué es la libertad? No es lo que muchos piensan. La libertad no es la capacidad de elegir; tiene muchas veces la capacidad de elegir y se expresa con mucha frecuencia en la capacidad de elegir; pero no se reduce a esto solo. De lo contrario la perderíamos cuando no tuviéramos más de una opción en la vida (y a veces sucede esto).

La libertad es la capacidad que tiene la creatura racional de dirigirse por sí misma a su fin. Incluye la capacidad de elegir entre los medios hacia ese fin, y según algunos también la capacidad de decidirse respecto del fin (lo cual nos metería en una larga discusión).

La libertad se da en la unión o conjugación (o sea, poner en juego al mismo tiempo) la inteligencia y la voluntad. Por eso también la han definido como una “voluntad razonada” o una “razón voluntaria”. Implica la capacidad de auto-determinarse, la energía de moverse a sí mismo hacia un fin conocido racionalmente. Esto es lo que nos distingue de los seres que no son libres: las cosas inanimadas, como una flecha o una piedra, van donde las dirige el que las empuja o arroja; la planta se mueve buscando el sol movida por sus potencias vegetativas; el animal busca comida o aparearse guiado por sus instintos. Todos estos hacen algo, pero no saben lo que hacen; no lo han decidido; la naturaleza los mueve, los orienta, los determina. El hornero no decide hacer un nido de barro como los que vemos en los árboles en lugar de una madriguera, ni elige entre varios modelos, nadie le enseña ni va a una escuela de arquitectura; lo mismo se diga de las hormigas, las abejas, etc. Hay en ellos fuerzas pre-determinadas. También nosotros los hombres tenemos inclinaciones como ellos, y estas inclinaciones son bien determinadas, pero se limitan a indicarnos sus objetos finalizantes (o sea aquello a lo que apuntan), pero nosotros tenemos la capacidad de conocer esos fines, de elegir los medios para alcanzarlos, y de poner nosotros mismos esos actos que nos hacen obtener los fines cuando queremos y porque queremos. En esto está la libertad.

Es decir, está en esto lo fundamental de la libertad. Habría que añadir una verdad clave: la libertad no consiste sólo en la capacidad de moverse uno mismo hacia el fin que perfecciona nuestra naturaleza sino en moverse conservando siempre el orden hacia ese fin.

Algunos piensan que la libertad consiste en la capacidad de obrar y de actuar lo que queramos, lo que más nos plazca, de elegir entre las infinitas posibilidades del obrar que se nos presentan en la vida. Pero esto es una falsificación de la libertad. Cuidado con las exageraciones pues estas terminan por destruir la naturaleza de lo que queremos exagerar. Un pescador puede decir que pescó un pez de quince centímetros, o mentir y mandarse la parte diciendo que tenía medio metro, o cinco metros, o diez; pero si dice que tenía doscientos metros acaba de destruir la misma idea de pez, pues no hay ninguno de ese tamaño; nunca podrá mentir más allá de una ballena.

 

Libertad y fin

La libertad, por tanto, es la capacidad que tiene nuestra persona de usar de sus potencias espirituales, inteligencia y voluntad, poniendo también a su servicio, en la medida que pueda las potencias sensibles (los afectos o pasiones) para dirigirse y alcanzar los fines que perfeccionan nuestra naturaleza. No consiste propiamente en elegir entre el bien y el mal, porque el mal no perfecciona nuestra naturaleza. Materialmente puede elegirse el mal, mientras veamos en él algún aspecto de bien (como un sediento en el desierto es capaz de tomar agua podrida al menos –esta es la razón de bien– porque le calma la sed), pero esto constituye un defecto –y un peligro– de nuestra libertad; no es la libertad en su expresión normal y, por supuesto, no lo es en su expresión suprema. Un avión puede caerse, pero no vemos esto como una capacidad más de tal o cual tipo de aviones; al menos no lo encontraremos en las propagandas de turismo. También podemos electrocutarnos con nuestra licuadora, pero esto no viene especificado entre las funciones que nos ofrece el fabricante. ¿Por qué, entonces, algunos se sorprenden al escuchar que el hacer el mal –el pecar– no es una función propia de la libertad si ésta funciona como corresponde, aunque ésta pueda pecar por ser imperfecta?

 

Libertad amenazada

¿Cuáles son los problemas que se pueden presentar al buen uso de la libertad? Estos pueden provenir de varias fuentes.

Primero de la misma inteligencia, pues hemos dicho que la libertad es la voluntad deliberada (iluminada por la inteligencia). Si la inteligencia ilumina mal, mal podemos usar nuestra libertad. Si en medio de la noche los faros de nuestro auto iluminan poco o nada, es probable que equivoquemos el camino y terminemos en un barranco. La inteligencia puede iluminar mal por ignorancia, es decir, por no saber las verdades que son necesarias y que debería saber todo hombre para manejarse en la vida. Estas son las verdades propias de la ley natural (resumida en los diez mandamientos) y en un profesional, las verdades propias para ejercer como corresponde su profesión. Algunos ignoran por negligencia (pereza al momento de adquirir sus conocimientos) y otros voluntariamente (lo que es el peor de los casos) como quienes prefieren no averiguar mucho cómo son las cosas para obrar con más tranquilidad. Estos últimos no corren peligro de caer en un pozo; ya están en él.

En segundo lugar la libertad puede estar complicada en su buen uso por la misma voluntad (que es la sede principal de la libertad). Esto ocurre cuando se han adquirido hábitos y costumbres pecaminosas. Voy a hablar sobre este tema de modo especial en otra charla; aquí baste con decir que los malos hábitos (los vicios) mantienen inclinada la voluntad a obrar mal. Se aplica con mucha razón lo que dice Nuestro Señor: el que obra pecado es esclavo del pecado. Ciertamente, los vicios esclavizan; nos tienen como encadenados a un modo de obrar malo.

En tercer lugar la libertad puede estar dificultada en su obrar por las pasiones o afectos desordenados. Estos pueden ser de muchas clases. Los que más influyen son dos: el miedo y la concupiscencia o malos deseos. El miedo ata a la persona, la paraliza, le impide actuar. El médico que tiene miedo de contagiarse difícilmente se expondrá a ayudar a pacientes infecciosos; el que tiene miedo del fracaso o de perder un puesto, difícilmente se jugará para decir la verdad o para defender un inocente. La concupiscencia o deseo desordenado es una fuerte inclinación hacia un bien material o sensible; puede ser el placer sexual, la comida, la bebida, la droga, el dinero o el poder. Todo se perturba en la mente cuando uno vive desesperado por la comezón o picazón de estas cosas. Todos los propósitos caen por tierra para el atado por la concupiscencia. Escuché una vez una canción folklórica de litoral que cantaba la suerte de un ave de canto muy triste –no recuerdo cuál era–, y la leyenda decía que había sido un muchacho que tenía la debilidad por los bailes; una noche teniendo su madre grave, salió para buscarle un remedio, pero pasó por un baile y no puedo resistir, entró y se puso a bailar. A media noche vinieron a decirle que su madre agonizaba, pero él no pudo dejar de bailar. Al terminar el baile su madre había muerto, y Dios lo castigó convirtiéndolo en ese pájaro que canta en los bosques con un canto de tristeza. ¡A cuántos no les pasa algo muy parecido!

También puede ser impedida la libertad por las enfermedades psicológicas; pero estos, no son más que impedimentos lejanos de la libertad, en el sentido de que poco podemos hacer por ellos desde la ética. En la medida en que más serias sean las patologías que una persona sufre, menor será su capacidad de usar su razón y por tanto menor será su libertad y la responsabilidad sobre sus actos. No son los locos ni los enfermos los que ponen en peligro nuestra sociedad; al contrario, estos son los que nos dan la oportunidad de ser caritativos y misericordiosos; estos nos recuerdan que somos polvo y que nuestra alma, siendo tan grande y noble en el más enfermo de los locos como en el más grande de los santos, está atada por las miserias de este cuerpo; ellos, nos enseñan que no somos Dios y que debemos aprovechar de usar bien lo que tenemos porque un día se marchitará en nosotros y nos encadenará como los encadena hoy a ellos. No son ellos los que nos llevan a la ruina sino los que son sanos en su cuerpo pero están enfermos de maldad en sus almas.

En cambio, la libertad sólo puede ser limitada por la violencia (es decir, de cualquier fuerza que venga de afuera de nuestra voluntad y vaya en contra de ella) sólo en lo más secundario: la acción externa. Por violencia pueden impedirnos movernos, pueden atarnos, pueden encerrarnos y hasta pueden abusar de nuestro cuerpo. Todo esto es serio y muy importante, pero respecto de la libertad no es lo más importante. Pueden meternos en un calabozo por ser cristianos, como ha ocurrido tantas veces en la historia, pero no pueden arrancarnos la apostasía de nuestra fe. Pueden abusar físicamente de una joven, pero no pueden hacer que ella les dé el consentimiento para pecar contra su castidad. La libertad, en estos terribles casos, se muestra en toda su grandeza: hay un núcleo inviolable en nuestro corazón y nadie puede entrar allí salvo Dios. Respecto de este centro totalmente mío, bien vale aquello de “el honor no se roba, se regala”.

 

El gran don de la libertad

Volvamos a nuestro texto de Cervantes. Decía el Quijote a Sancho: “con ella (la libertad) no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”. Y es que en la libertad, es decir, en la capacidad de caminar nosotros mismos hacia nuestro fin, que es Dios, está la imagen que Dios ha puesto en nosotros. Pero como no tenemos uso infalible de nuestra libertad, también con ella podemos precipitarnos en el infierno. El abuso de la libertad es la mayor ofensa que hacemos a Dios; pues manchamos su imagen en nosotros. Los que han usado su libertad para el pecado, son como los que han construido imágenes de ídolos mudos a partir de las piedras sagradas de una iglesia.

“Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”, decía también el Quijote.

Como dice nuestro poeta Alfredo Bufano en uno de sus poemas más tristes y hermosos, la Elegía de un soldado muerto por la libertad:

Duro es morir en los juveniles años.

Pero yo soy feliz porque lo hice por mi Patria,

Y por algo más bello todavía:

La libertad de todos los hombres de la tierra.

Jugarse totalmente por la libertad significa jugarse por usar la libertad para hacer el bien y no ponerla nunca al servicio del mal. Quiere decir que debemos ser responsables. Capaces de responder por nuestros actos ante nuestra propia conciencia, ante la sociedad y ante Dios.

 

El buen uso de la libertad

Usar bien la libertad consiste en cumplir todos los mandamientos de Dios. Estos son las leyes de la libertad. La ley moral (natural y divina) es educadora de la libertad. Los mandamientos no son leyes para limitar la libertad sino para canalizar la poderosa energía que nos da la libertad. El cauce de los ríos no coarta la libertad de las aguas sino que las guía y les hace convertirse en poderosos ríos. Si las inmensas aguas que vienen por nuestros ríos no viajaran por esos profundos cauces no serían más que capa de agua muerta y estancada en una pradera. Es cierto que el cauce de un río lleva las aguas por un recorrido prefijado; pero eso no lo hace menos río ni menos noble. Ese es el recorrido por el que él muestra su bravura. Los mandamientos de Dios, es decir, los preceptos de la ley natural revelados también por Dios, no son simples límites de lo que no podemos hacer; ellos nos muestran los cauces de todo lo que podemos hacer y nadie puede dudar que nos muestran horizontes que se expanden más allá de nuestra vista. Los mandamientos no son simples prohibiciones que nos vedan mentir al prójimo, herirlo, robar sus bienes o mirarlo como objeto de lujuria. Los mandamientos nos hablan del amor a Dios, empresa en que están comprometidos los miles de millones de ángeles y no podrán agotar en toda la eternidad; nos hablan de buscar la verdad, escribir sobre ella, defenderla, publicarla, y eso es tarea de cien vidas; nos hablan de defender y promover la vida, multiplicar el amor humano, el noviazgo y la familia, nos hablan de trabajar por la justicia, la castidad, la fe, de educar en la paz y de la alegría de servir a Dios. ¿Por qué los hombres sólo miran lo que no se puede hacer y son ciegos a todo lo que pueden hacer? Las personas que miran los mandamientos de Dios sólo como lista de prohibiciones me parecen a un hombre que en medio de un verano agobiante compra un ventilador y en lugar de enchufarlo se sienta a mirarlo pensando: “esto no me sirve ni para ordeñar mis vacas, ni para hacer fuego, ni para cocinar, ni para viajar, ni para navegar en un lago; no me permite pescar, ni puedo escuchar música con él; no puedo usarlo ni para pintar, ni para cultivar mi campo, ni para cubrirme de la lluvia y del granizo”; a la postre pensará que hizo un pésimo negocio y vivirá amargado pensando en haber sido estafado… y agobiado para el calor, porque sólo se ha preguntado qué no puede hacer con él, pero nunca se preguntó qué podría hacer con él.

La física tiene sus leyes y la química tiene las suyas. Quien no conoce estas leyes no puede lograr ninguna de las cosas que puede hacer quien las maneja. No se puede lograr energía de cualquier manera, ni manejarla, controlarla o aprovecharla de cualquier manera. Quien no conoce sus leyes puede incluso meterse en una trampa mortal. También el espíritu tiene sus leyes. No podemos llevar el corazón por cualquier sendero, ni crece la vida espiritual de cualquier manera. Muchos de los que han querido burlar las leyes morales de la vida han visto cómo la misma naturaleza se venga muchas veces, incluso llevando a la locura a sus transgresores. (¿Cuántos deprimidos, insatisfechos y suicidas no han llegado a este estado queriendo vivir una vida sin ley? No todos, pero muchos).

La moral cuando nos enseña sus leyes no está entorpeciendo nuestra libertad sino enseñándonos las leyes de vida de la libertad. Sus leyes de crecimiento y perfección son las leyes morales.

Baste con lo dicho. No voy a exponer aquí los principios fundamentales de la moral, porque esto no es más que una introducción al problema. En los libros de moral los encontrarán y podrán estudiarlos para ser buenos profesionales. Es suficiente para nuestro propósito con que tomen conciencia de la importancia que tiene el uso verdadero y auténtico de nuestra libertad.

Por nuestros actos somos engendradores de nosotros mismos y responsables de lo que forjamos en nuestro interior. Decía admirablemente San Gregorio de Nissa: “Somos en cierto modo padres de nosotros mismos cuando, por la buena disposición de nuestro espíritu y por nuestro libre albedrío, nos formamos a nosotros mismos, nos engendramos, nos damos a luz” (San Gregorio de Nissa, Homilía 6 sobre el Eclesiastés, PG 44,702).

Un comentario:

  1. que bien realmente tenia mis dudas

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