UN NUEVO LIBRO SOBRE LOS ESCRÚPULOS Y LA PSICOLOGIA

Libro JordanPresentación del libro de:

Jordán Abud

Aproximación a los escrúpulos. Un estudio del trastorno obsesivo-compulsivo en la vida moral (Ed. Buen Combate, 2014)

 

 

Presentamos el último libro de nuestro amigo, el Doctor en Psicología Jordán Abud, dedicado a una temática, la de los escrúpulos, que cabalga sobre dos planos –el psicológico y el moral– a menudo confundidos no solo por los mismos que padecen el problema sino incluso por muchos especialistas; de ahí que todo estudio clarificador, y este indudablemente lo es, siempre sea bienvenido, a condición de que realmente alumbre y no enturbie más el panorama. Con gozo podemos congratularnos con el Autor de que haya logrado lo primero, evitando plenamente lo último.

El P. Luis González Guerrico, en la Introducción señala con justeza que este “estudio vale por sí mismo (…), pero además satisface una verdadera necesidad que se nos presenta con frecuencia a los sacerdotes en el ejercicio de nuestro apostolado. Al ofrecer a los cristianos la gracia del sacramento de la penitencia, o al desempeñar el oficio de acompañar a las almas a través de la dirección espiritual, los escrúpulos aparecen con mucha frecuencia como causa de graves sufrimientos, al mismo tiempo que se constituyen en un obstáculo para la unión con Dios por la enorme carga de angustia y de culpa por experiencias gravemente negativas que irrumpen en su imaginación”. Estamos completamente de acuerdo. Los escrúpulos son una de las grandes cruces de muchas personas, y de quienes quieren ayudarles: confesores, directores espirituales, terapeutas y amigos.

Este libro de Jordán aporta importantes elementos para abordar este problema desde las grandes luces de la antropología realista. Como nos explica él mismo, se ha propuesto un triple objetivo. Ante todo, “rescatar lo que se nos aparece como verdadero en la psicología moderna y en las investigaciones del Trastorno Obsesivo Compulsivo… de los últimos años”. A continuación: “mostrar la vigencia de los «clásicos» aún en el ámbito psicopatológico y terapéutico”. Finalmente, “acercar nuestro corazón al corazón sufriente del escrupuloso”. Considero que el Autor, quien dice contentarse con alcanzar al menos uno de los tres, lleva a buen puerto todos ellos.

Quiero remarcar la fina sensibilidad del Autor ante el sufrimiento del todo particular del enfermo escrupuloso, del que quizá son más conscientes los confesores y directores espirituales, y no tanto los profesionales de la psicología o de la psiquiatría, salvo excepciones entre las que precisamente alineamos al Autor del libro presentado. Pero si los primeros comprenden más el dolor, no tienen tantos elementos para aliviarlo cuando este echa raíces en una naturaleza enferma, y si los segundos cuentas con algunos instrumentos para llevar atenuar la congoja, pueden quedar frenados por la incomprensión de las dimensiones espirituales que se esconden en este tipo de patologías que podemos caracterizar por su ambigüedad de fronteras.

De ahí el mérito de este trabajo. Escribe al respecto nuestro amigo Jordán: “Todo sufrimiento humano merece la conmiseración del prójimo, pero la incomprensión y el silencio de quien carga sobre sí una cruz que por sus particularidades es invisible a los ojos del mundo (e incluso «extraña»), agrega sin dudas mayor tenor al pesar sufrido. El sufrimiento que ocasiona esta patología amerita de nuestra parte la exigencia del consuelo cristiano como obra de misericordia, sin que aquello vaya en desmedro de una rigurosa captación clínica del cuadro y de claras líneas que sirvan de acompañamiento. Sufrimiento particular el de los escrupulosos, que justifica la utilización comparativa –alegórica y exagerada, sin dudas– del infierno con el interior de ellos. Exagerada ciertamente la comparación, porque no hay tristeza y pena que pueda compararse a la condenación eterna y al destierro definitivo de la Casa Paterna. Pero curiosamente, guiados en parte por observaciones teológicas que nos han sido enseñadas, hay características del infierno que parecerían estar prefiguradas en los fenómenos cognitivos, afectivos y morales del escrupuloso, tales como una silenciosa y corrosiva experiencia de soledad, un remordimiento crónico y destructivo, una lógica implacable que termina por no ser humana, una duda de todo -aún de lo cotidiano y evidente-, una creciente desesperación que llena de angustia”. Larga cita que creo ameritada. Y que se cierra adecuadamente con esta reflexión esperanzadora: “Sin embargo, el escrúpulo no es, en su primera consideración, una cruz inapelable. Es una enfermedad de la cual se debe intentar salir. Es cierto, tal vez no sea una experiencia académica sino vivencial y afectiva la que encauce su proceso curativo”.

Nuestro Autor parte de tres claves antropológicas que permiten “una mejor captación de la realidad de los escrúpulos”. La primera es “la unidad del dinamismo humano”, es decir, la convicción de la “vinculación íntima y dinámica entre la vía cognoscitiva y la apetitiva, y ambas con la acción o la conducta (…); el dinamismo humano (pensamiento, afectos, conducta) componen una unidad operativa”. Y señala la importancia de esta verdad “para captar el tema de los escrúpulos”, porque “cuando las ideas son caóticas, distorsivas, falaces, ese desorden se hace interior y se extiende -en virtud de la unidad humana- a las decisiones, al obrar y a la afectividad”. Y esto se da “desde luego, en el plano moral, pero también en el aspecto estrictamente gnoseológico o psicológico”. “Una cierta «estructura mental», determinados hábitos de pensamiento, inclinan para un lado o para otro a los afectos, empujan a determinadas decisiones”. La segunda clave es la “redundancia entre la vida sensible y la espiritual”. Y la tercera es partir de la “noción clásica de los hábitos”: “no debería inquietarnos aceptar que los escrúpulos son la expresión en el plano moral del trastorno obsesivo compulsivo. Porque subyace aquí la riquísima noción de hábito, en este caso, la de hábito mental o perceptivo”. Esto permite captar la existencia de un “«estilo de pensamiento» o un modo propio del perfil obsesivo, en nuestro caso, del escrupuloso”.

El Autor dedica también, y es parte importante de su enfoque, un fundado estudio clínico al Trastorno Obsesivo-Compulsivo, que le permite, luego, diagnosticar e iluminar el problema de los escrúpulos. Destaco en particular el valor del capítulo consagrado a los sentidos internos, que ofrece una buena presentación de la cogitativa y de su función valorativa y judicativa en el obrar humano, así como de la posibilidad de lograr algún modo de educación de la misma, clave en la terapia de las distorsiones afectivas.

Acentúo también los valiosos aportes en cuanto al perfil cognitivo del escrupuloso y a su fisonomía interior (los escrúpulos y la relación con la responsabilidad y la culpa; el problema de la duda patológica y de las falsas certezas; los rituales patológicos de los obsesivos-compulsivos, etc.).

Uno hubiera esperado, después de todos estos desarrollos, una segunda parte dedicada a propuestas terapéuticas; sin embargo, nuestro Autor deliberadamente evita entrar en ese terreno. Sus razones son atendibles. Las expone diciendo: “Primero, porque no es el objeto de nuestro estudio elaborar un manual didáctico para uso del interesado. Segundo, porque existe el riesgo de que el apesadumbrado escrupuloso busque en escritos de este tipo una especie de receta «rápida y de fácil cocción», aumentando así parte de la «estructura mental mágica» que tanto lo tortura. Tercero, porque hay muy buenos manuales con lineamientos terapéuticos, y si no los hubiera tal vez sirva para que recrudezca la convicción de que elaborar críticamente lineamientos terapéuticos realistas, asumiendo y evaluando los aportes recientes, es aún y cada vez más una tarea pendiente”.

A cambio de esto deja sugeridas algunas líneas generales de acción. Por sobre todo, frente al pensar obsesivo del escrupuloso propone como actitud curativa “una profunda experiencia amorosa”, porque el enfermo de escrúpulos “está ante una disyuntiva: o sigue pensando (en el mal sentido de la palabra) o empieza a vivir (en el buen sentido de la palabra)”. Vivir es, para el Autor, vivir el espíritu del amor a la realidad, que es, en definitiva, la aceptación humilde de lo dado por Dios, de la existencia, de la libertad para el bien que se abre a la vida eterna por medio de las virtudes vividas en la presente.

Jordán Abud, al final de sus páginas, encomienda los frutos de esta obra a la más dolorida de las Creaturas, y por consecuencia, la más capaz de Consuelo: la Virgen de los Dolores. También nosotros ponemos en sus manos los esfuerzos del Autor para que se transformen en alivio de muchos que padecen este mal y de aporte para quienes trabajan con ellos.

 P. Miguel Ángel Fuentes, ive

4 comentarios:

  1. Padre Miguel, y como consigo este libro acá en Panamá? somos Darío y Lupe desde Panamá

  2. Hola Padre Miguel, buenos dias. Como puedo conseguir el libro aca en el Ecuador? Slds,

    Bendiciones

Deja un comentario