La dignidad del hombre (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

RodinLa dignidad del hombre se coloca según qué se piense del hombre. “Muchas son las opiniones que el hombre ha dado y da sobre sí mismo. Diversas e incluso contrarias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación, de donde se sigue la duda y la ansiedad”[1]. De las cumbres al abismo. Si preguntamos a los que son considerados como grandes pensadores, recibiremos respuestas desconcertantes. Para Schopenhauer el hombre es el animal capaz de prometer y engañar. Para Hobbes es el lobo del hombre. Para Leibniz es un pequeño Dios. Para Pascal, una caña pensante. Para Rousseau es un animal corrompido. Para Sartre, una pasión inútil. Para Heidegger es un ser para la muerte. Para Freud, un perverso polimorfo. Para Protágoras es la medida de todas las cosas. Para Marx, solo un engranaje de la maquinaria del mundo. Para Klages es el animal que dibuja y pinta. Para Caba, el único ser que usa lentes. Para Marco Aurelio es un alma que arrastra consigo un cadáver. Para Desmond Morris es un mono vestido. Para Séneca es animal limpio y elegante. Para Spengler es un animal de rapiña inventivo. Para muchos de nuestros contemporáneos quizá sólo un absurdo, o grito sin respuesta, o una brisa o… nada. Probablemente el hombre sea, para ellos, una pregunta sin respuesta.

1. El hombre como misterio

San Agustín lo entiende, en cambio, como “un gran misterio”, pero un misterio que se dilucida a la luz de Dios como el capullo de la flor, cerrado durante la noche, se abre al sentir sobre sus pétalos el calor y la luz del sol. Todo hombre es “persona”; es decir, una sustancia particular, puesta, por su misma esencia, en la cumbre de la creación. Es la única sustancia creada de naturaleza racional, capaz, por tanto, de conocer y amar; conocer la verdad y amar el bien; todo el Bien y toda la Verdad.

Esta es la huella que Dios ha dejado en el hombre al crearlo. Decir huella es quedarse corto: el hombre es con toda propiedad “imagen” de Dios. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, dice Dios (Gn 1,26). “La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado ‘a imagen de Dios’, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo de sus pies (Ps 8, 5‑7)”[2].

La grandeza del hombre consiste, precisamente, en ser imagen de Dios y “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador”[3]. Por eso estaba más acertado Kierkegaard cuando decía que el hombre es un animal con sed de Dios.

No pensemos, sin embargo, que estamos ante una imagen estática, fija, inmóvil, como la fría y rígida representación que un trozo de mármol tiene respecto de su modelo. La imagen espiritual es dinámica, está en movimiento, tiene plasticidad. Esto quiere decir que puede crecer o disminuir; reflejar con más intensidad o bien opacarse, incluso, en cierto modo, perderse.

Es más, podemos indicar los diversos momentos por los que pasa la imagen cuando crece; son los grados de perfección de la imagen; se reducen esencialmente a tres[4].

a) Primero tenemos el reflejo o imagen de Dios que recibimos en la creación. La llamaremos, por eso, “imagen de creación”. Consiste pura y llanamente en nuestra misma inteligencia y voluntad. Todo ser dotado de inteligencia y voluntad, las pueda usar o no (como el niño en el seno materno, o el hombre despojado de sus sentidos al borde de la muerte), por el solo hecho de ser tal, imita a Dios que es Conocimiento Puro, Inteligencia Infinita, Voluntad en Acto, Amor Increado y Absoluto.

b) Esta imagen puede ser levantada a un grado mayor de perfección; es decir, elevada para que refleje a Dios de un modo más adecuado, más cercano. Es lo que hace el alma por medio de la gracia y de las virtudes que Dios infunde en el alma. La llamaremos “imagen de redención”, porque esta perfección nos es otorgada por la misericordia del Redentor. Al recibir estos dones, el ser humano ya no refleja a Dios de un modo lejano sino muy próximo; porque ahora no sólo conoce y ama sino que puede conocer y amar al mismo Dios y como el mismo Dios se conoce y se ama. Es lo que nos da la gracia y las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

c) Finalmente, esta misma imagen ya elevada puede ser transfigurada y llevada al grado más alto posible para una creatura; es lo que ocurre en la gloria de la bienaventuranza, es decir, el cielo. Allí las almas alcanzan, por la visión de Dios, un reflejo perfectísimo. “Seremos semejantes a Dios porque lo veremos tal como Él es”, dice San Juan (1 Jn 3,2). El hierro puesto dentro de la fragua se torna incandescente como el fuego. Igualmente el hombre frente a Dios y siendo iluminado por la Verdad Infinita y por el Amor Infinito, es transformado. No hay mayor altura para una creatura; es el ápice de su dignidad. Los Santos Padres lo llamaban “theopoiesis”, hacerse como Dios.

¿Qué nos hace pasar del grado inferior al superior? Dicho de otro modo, ¿qué es lo que hace perfeccionarse a la imagen divina en el hombre y, consecuentemente, aumentar la dignidad humana? El desarrollo de las virtudes, particularmente las teologales, la fe, la esperanza y la caridad. Las virtudes son energías, tendencias dinámicas, que arrastran la inercia del hombre hacia lo alto; lo hacen salir de sí, perfeccionarse, crecer, dignificarse.

2. La pérdida de la dignidad

El hecho de ser dinámica quiere decir que está en movimiento. Lo que está en movimiento puede ir adelante o atrás, puede avanzar o retroceder. También la imagen divina en el hombre y, como consecuencia, su dignidad. Hay algo que el hombre nunca podrá perder totalmente y es su capacidad de entender la verdad y de amar el bien. Pero puede bloquear ese movimiento, distorsionarlo. Es lo que ocurre con el pecado. Al pecar el hombre imprime a su espíritu un movimiento “hacia abajo”; por eso el pecado no perfecciona sino que degrada al hombre. Su espíritu se ata al pecado, y el objeto del pecado lo esclaviza. Dice el Profeta Oseas: Se hicieron abominables como lo que amaron (Os 9,10). Y Jesucristo: El que obra el pecado se hace esclavo del pecado (Jn 8,34). El pecado desgasta al hombre y lo esclaviza quitándole la libertad para el bien auténtico y verdadero que es, precisamente, la fuente de toda su dignidad.

El pecado siempre implica un detrimento, un perjuicio en la persona que lo ejecuta: “el pecado no hiere (non nocet) sino a la persona que lo comete”, escribe Tomás de Aquino[5]. Este decaer de lo que es[6], este detrimento o venir a menos, involucra un detrimento del orden racional, y conlleva la pérdida de la dignidad humana: “el hombre –dice Santo Tomás– al pecar cae (rece­dit) del orden racional y por lo tanto decae (decidit) de la dignidad humana, en cuanto el hombre que es naturalmente libre e independiente, se precipita en la esclavitud de los anima­les…”[7]. Tanto la libertad cuanto la dig­nidad humana tienen su fundamento y raíz en la racionalidad. De algún modo (no sólo metafórico) el pecado es una caída de esta prerrogativa del hombre. Es más, el verbo utilizado por el Aquinate, recedere, es el mismo utilizado para significar el acto de deponer las armas (recedere ab armis), o “tirar la toalla”, como dirían los entendidos del boxeo; el pecador siempre es un vencido, un derrotado.

Este caer del orden racional significa dos cosas. Ante todo, que la inteligencia y la voluntad falsifican la realidad dirigiéndose hacia una escala de valores que no respeta la dignidad del hombre ni su vocación eterna. En cierto modo, introducen un desequilibrio o locura, como lo llama la Sagrada Escritura (cf. 1 Sam 25,25), o también irracionalidad e ilogicidad como usa Santo Tomás[8]. El segundo lugar, significa que el hombre desciende al orden de la animalidad[9]. Santo Tomás lo afirma en el sentido de la pérdida de la libertad. Es decir, el pecado esclaviza al hombre. El pecador es esclavo de su pecado: esclavo de la concupiscencia que lo empuja hacia él; esclavo del estado de pecado del que no puede salir si no es rescatado por Aquél a quien abandonó al pecar; esclavo de la última consecuencia del pecado que es la muerte.

Y volviendo a la explicación del hombre como imagen de Dios, tenemos que decir que, si en ello está la más alta prerrogativa del hombre, entonces la mayor degradación de si dignidad se da en el pecado voluntario de ateísmo; porque allí el hombre corta todo vínculo con su Causa Eficiente y Ejemplar, que es Dios, se aísla y se cierra de Él. El hombre ateo no quiere ser imagen de Dios, en quien no cree. Y ¿qué pasa a ser entonces? Se convierte en un “fantasma de la nada” vagabundo entre dos nadas: la nada casual y caótica de su origen y la nada antropófaga que terminará por deglutirlo en la muerte. Esta es la descripción de la desesperación, que es el otro nombre que tiene el “ateísmo”. Lamentablemente, “es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo”[10].

3. Jesucristo y la dignidad del hombre

Hay un texto muy hermoso del Concilio Vaticano II que el Papa Juan Pablo II cita muy a menudo:  “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado… Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”[11]. ¿Por qué? Porque Cristo, sigue diciendo el Concilio, es el “hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual”[12]. Cristo es el Hombre Nuevo por excelencia (o kainos ánthropos: Ef 2,15).

Esto quiere decir que el hombre no puede comprenderse, no puede saber lo que él es, ni la sublimidad de su vocación, sino mirando a Cristo. Volvemos a preguntar: ¿por qué? Porque Jesucristo es verdadero hombre, verdaderamente semejante a nosotros, pero, al mismo tiempo, no ha conocido el pecado, porque Él “sine peccato conceptus, natus et mortuus”, como dijo el Concilio de Florencia: sin pecado fue concebido, nació y murió[13]. Y el pecado, como ya hemos dicho, no es de ninguna manera un enriquecimiento del hombre. Todo lo contrario: lo desprecia, lo disminuye, lo degrada, lo priva de la plenitud que le es propia. Sólo Jesucristo puede manifestar al hombre qué es el Hombre, el Hombre verdadero, el Hombre sin degradar.

En este sentido Jesucristo es el “restaurador” de Adán. Adán tras el pecado, y con él cada uno de los hombres que descendemos de este primer padre, somos hombres “fugitivos”, es decir, descentrados. El pecado destruyó la armonía que había en el Adán del Paraíso; a partir de ese momento, todo huye de él y dentro de él; es un hombre “desbocado”, quebrado interiormente; tiene el alma hecha pedazos, ha perdido su unidad. El hombre caído vive en continuo movimiento, en perpetua ansiedad. En definitiva, todas sus dimensiones, sus tendencias naturales, están dislocadas. Su mente busca la verdad, pero tropieza con el límite de su ignorancia o se pierde en los laberintos del error; su voluntad desea el bien, pero se deja engañar por el espejismo de los bienes aparentes e ilusorios; sus sentidos quieren goce, su alma justicia; su orgullo venganza, su apetito irascible violencia, su inteligencia contemplación. Es un ser resquebrajado. Todo él es búsqueda, pero no sabe lo que busca; y normalmente busca mal.

Jesucristo, al ser clavado en la Cruz, detiene toda expansión falsa. Dice con gran belleza un poeta argentino[14]l: “Él detuvo la expansión horizontal hacia la derecha por la fijación de su mano derecha; Él detuvo la expansión horizontal hacia la izquierda por la fijación de su mano izquierda; Él detuvo la expansión vertical hacia lo bajo por la fijación de sus pies. ¿Y qué ha dejado libre? La cabeza… A un hombre bien crucificado le queda un solo movimiento posible: el de su cabeza en la vertical de la exaltación”.

La cruz es un símbolo de lo que Jesucristo ha hecho con el hombre: le ha devuelto la unidad, ha cortado sus desbordes y lo hace aspirar a lo alto, hacia Dios, hacia la trascendencia. Le devuelve la dignidad.

Por esto el Nuevo Testamento da a Jesucristo un título nuevo, especial, al llamarlo con un término nuevo y especial, que no aparece antes en la Sagrada Escritura: archegós. Éste aparece por primera vez en el Sermón de Pentecostés, en boca de San Pedro, cuando dice : Habéis hecho morir al archegos [jefe o autor] de la Vida (Act 3,15); y lo repite más adelante: lo ha exaltado Dios con su diestra como archegos [Jefe] y Salvador (5,31); después es recogido en la Carta a los Hebreos dos veces: El archegós [autor] de la salvación (Hb 2,10), Jesús, el archegós [iniciador y consumador] de la fe (Hb 12,2). Todas las traducciones se quedan cortas para expresar lo que quisieron decir los Autores Inspirados[15]. La expresión archegós, significa “el originario”, “el fundador de una raza o de una ciudad”, y también, “jefe”. Pero es mucho más. El uso clásico y helenístico lo aplicaba a dioses y héroes: para los clásicos griegos el archegós es aquel que es el principio de una nueva generación; nosotros sólo lo entendemos con toda su densidad si lo traducimos dicendo “el nuevo Adán”, o “el principio de la nueva creación”.

Con toda razón Juan Pablo II ha dicho: “en Cristo el hombre se hace más hombre”[16]. Y en otra oportunidad: “La Encarnación del Hijo de Dios, al mismo tiempo, tiene significado para todo ser humano independientemente del tiempo y el lugar. Hay un lazo irrompible entre el hombre creado a imagen de Dios (Gn 1,27) y Cristo que tomó sobre sí nuestra condición humana, apareciendo en su porte como hombre (Fil 2,7). Desde toda la eternidad fue la causa ejemplar de todas las cosas, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,3). En la Encarnación, Jesucristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (Col 1,15), se convirtió en la fuente de una nueva creación: A todos los que le recibieron, los que creyeron en su nombre, les dio poder para llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,12). Como escribió San Pablo: Si alguno está en Cristo, es una nueva creación: lo viejo ha pasado, lo nuevo ha venido (2 Cor 5,7). Conocer el ejemplar es tener un más perfecto conocimiento de los que fueron hechos a su imagen. Por eso Juan enseña que Cristo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1,9). Cristo revela lo que hay en cada uno de nosotros…”[17].

San Ireneo de Lyon lo dice en un texto impresionantemente rico:  “Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús”[18].

4. La restitución de la imagen

Por Jesucristo recupera el hombre la dignidad perdida. Pero, ¿a través de qué medio Jesucristo lo reintegra en su antigua dignidad? Por la penitencia, decían los antiguos Padres de la Iglesia y lo repitieron luego los grandes teólogos; la penitencia sacramental (la confesión) y la penitencia ascética (el sufrimiento, el arrepentimiento y el cambio de vida). ¿Por qué? Porque la penitencia restituye al hombre, junto con la gracia, todas las virtudes[19] y no sólo eso sino que puede volverlo en cierto modo a su primitivo honor o dignidad. Así dice Santo Tomás: “El hombre pierde por el pecado… una doble dignidad respecto de Dios. Una principal, que es aquella por la que es contado entre los hijos de Dios por la gracia. Y esta dignidad la recobra por la penitencia. Lo cual es significado en la parábola del hijo pródigo, cuando el padre hizo dar al hijo, después de su penitencia, la ropa mejor, un anillo y el calzado (Lc 15,22). Pero pierde también otra dignidad secundaria, que es la inocencia… Y esta dignidad el penitente no puede recobrarla. Aunque a veces recobra algo mayor. Porque dice San Gregorio Magno que ‘los que consideran haberse apartado de Dios, tratan de recompensar los daños anteriores con los lucros siguientes… Pues también el general ama más en el combate al soldado que habiendo huido vuelve otra vez y combate con coraje al enemigo, que al soldado que nunca huyó pero jamás combatió con valor’”[20].

A todos se nos pueden dirigir aquellas palabras de San León Magno: “Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios”[21].

Por la misericordia de Dios el hombre siempre puede levantarse y aspirar a grandezas que antes ni siquiera sospechaba. Esta es, en definitiva la crónica de cada convertido.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

Notas

[1] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 12.

[2] Gaudium et spes, 12.

[3] Gaudium et spes, 19.

[4] Santo Tomás, Suma Teológica, I, 93, 4.

[5] III,19,4 ad 1.

[6] Santo Tomás dice en un Comentario a Boecio: “Es constitutivo de la creatura que el separarse de Dios sea un decaer de lo que ella es” (In Boethio De Trinitate, L.2, q.5, ad 7).

[7] II-II,64,2 ad 3.

[8] Cf. II-II,153,2; 168,4.

[9] Cf. II-II,64,2 ad 3.

[10] Gaudium et spes, 19.

[11] Gaudium et spes, 22.

[12] Ibid.

[13] DS 1347.

[14] Leopoldo Marechal, El Banquete de Severo Arcángelo.

[15] Cf. C. Spicq, Vida cristiana y peregrinación según el Nuevo Testamento, B.A.C., Madrid 1977, pp. 187-188.

[16] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 22 de marzo de 1981, p. 11.

[17] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 22 de octubre de 1989, p. 6.

[18] San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 1.

[19] Cf. III, 89, 1.

[20] Ibid., a.3.

[21] San León Magno, Sermones, 21,2-3; PL 54, 192A.

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