Letras de Sangre. Homenaje a Lin Zhao (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

En esta entrada quiero homenajear a una mujer excepcional, Peng Lingzhao, nombre que ella cambió luego por el de Lin Zhao (1932-1968). A continuación ofrezco mi recensión del libro recientemente publicado en español: Lian Xi, Cartas de sangre: La historia jamás contada de Lin Zhao, mártir en la China de Mao (Ediciones Encuentro, Madrid, 2020, 378 págs.).

 

El texto que transcribo debajo puede también escucharse en el siguiente audio:

 

Durante casi toda la opresión maoísta, gran parte de la intelectualidad china dejó de pensar, de escribir, de hablar, de leer; amén de comer, porque la gran hambruna que supuso el “Gran Salto Adelante” (1958-1961) dejó un saldo de treinta millones de muertos. Si nos circunscribimos al agobio y la persecución doctrinal, hay que reconocer que, durante la dominación comunista liderada por Mao, solo se pensaba cuando, como y solo lo que Mao quería; únicamente se leía lo que él escribía o lo que mandaba escribir; y se hablaba lo que él quería escuchar y se callaba lo que no quería oír. La mordaza, las anteojeras, la parálisis mental, la mudez… tenían un nombre: miedo. Miedo, terror, pánico, pesadilla, angustia. Se castigaba con la delación, el escarnio público, el confinamiento, los trabajos forzados, el hambre, la violencia, la persecución, el ostracismo, la tortura y la muerte. Y las consecuencias no afectaban solo a quienes estaban implicados directamente sino a sus familias enteras.

Pero hubo excepciones: los que no cedieron al miedo.

¡Y qué excepciones! ¡Qué voces! ¡Qué plumas! ¡Qué coraje! ¡Qué fe! ¡Qué anhelos! ¡Qué amor a la Patria, a la libertad, a la dignidad humana y en muchos casos a Dios, autor de todos los anteriores bienes!

Este libro habla de uno de aquellos héroes que el comunismo ateo torturó hasta lo indecible y finalmente asesinó, pero jamás logró doblegar espiritualmente. De una mujer: Lin Zhao. Cuando fue ejecutada en las afueras de la cárcel de Tilanqiao, en Shanghái, el 29 de abril de 1968, tenía solo 36 años y llevaba ocho años de torturas que, al leerlas, uno creería que están describiendo las vejaciones de una horda de demonios y no los tratos de hombres sobre hombres.

En un tiempo en que el miedo paralizaba los corazones más bravos y los empujaba a traicionar sus convicciones pasando a entonar loas al tirano, en un vano intento de salvar el pellejo, Lin Zhao escribía a su madre desde la prisión: “Defiendo a cara descubierta la libertad frente al comunismo y frente a la tiranía”.

Lin Zhao era cristiana, bautizada metodista durante sus estudios en la Laura Haygood Memorial School, escuela fundada por la Iglesia Metodista Episcopal del Sur en su pueblo, Suzhou. Un cristianismo protestante pero que mira con devoción cosas tan católicas como la figura de María Santísima (ella misma destacó “la profundidad de emociones que despertó en mí una imagen de Nuestra Señora”) y hablar con respeto de la Iglesia católica.

Prontamente fue captada por la doctrina revolucionaria que se presentó inicialmente a sus ojos adolescentes como un movimiento de liberación del pueblo oprimido por otra tiranía (durante sus procesos escribiría: “era una de los seguidores ciegos e inocentes que incitasteis y engañasteis!). En aquellos años de su ingenua adolescencia, su entrega al Partido fue total y apasionada, llegando a ser una fervorosa comisario del pueblo. Veía el Comunismo como una lucha por la libertad, como el Partido predicaba a los incautos. Frente a esto sus convicciones cristianas pasaron a segundo plano y hasta se amortiguaron, sin desaparecer jamás totalmente del horizonte de su corazón. Pero con los primeros brotes de la madurez intelectual, jovencísima todavía, la primera ilusión dio paso a la conciencia de la perversidad intrínseca del Comunismo y del líder indiscutible del movimiento en China: Mao. Y ella, una pequeña pero inflexible poetisa, recuperó sus valores cristianos y presentó —a menudo en total soledad— cara a la mentira con todo el ardor y el coraje de su espíritu indómito. Sola contra el monstruo de mil cabezas que aplastaba vidas y destruía conciencias por millones. “El desafío que Lin Zhao lanzaba al régimen de Mao —dice el Autor— no tenía parangón en toda China. Las decenas de millones de personas que perecieron como resultado directo del gobierno del Partido Comunista Chino murieron como víctimas y sus voces jamás fueron escuchadas. No se registró oposición destacada alguna a la ideología comunista durante el mandato de Mao. Lin Zhao perduró en la resistencia gracias a sus ideales democráticos y porque su fe cristiana la facultaba para preservar su autonomía moral y su juicio político, algo de lo que el resto de ciudadanos habían sido privados por el Estado comunista. Su fe contrapesaba la religión maoísta y la sostenía en su disidencia”. En nota aclara la singularidad de Lin Zhao al recordar que “los casos de disidencia que se conocen… no rompen con la corrección ideológica: se trataba de «pensamientos heterodoxos» dentro de los límites de la ideología revolucionaria y afirmaban constantemente las doctrinas comunistas incluso si criticaban al mismo tiempo a algunos oficiales o algunas políticas del Partido Comunista Chino”.

Lin Zhao defendía la democracia y exaltaba los valores y los personajes que parecían simbolizarla en la China de aquel tiempo. Escribe, así, elogios de la Revolución Francesa, de John Kennedy, de las Naciones Unidas y de algunos países occidentales. Pero no hay que cargar demasiado las tintas sobre estos personajes y movimientos, algunos de los cuales tienen poco de ejemplares. Lo que importa es lo que representaban en su mente: la defensa de la libertad y el respeto por la dignidad de la persona humana, creatura de Dios Padre (el Padre Celestial, que invoca una y otra vez en sus escritos). No juzguemos desde nuestros conceptos occidentales y a tanta distancia de espacio, tiempo y circunstancias.

El título del libro la llama “mártir en la China de Mao”. Ella estaba dispuesta al martirio como cristiana. Lo escribe en su diario: “¡Oh, Padre, si es tu voluntad que muera como mártir, obedeceré de buen grado!” No nos toca a nosotros juzgar del valor martirial de la gesta de la joven poetisa. Muchas de sus actitudes no podemos justipreciarlas al no poder entrar en sus difíciles estados de ánimo bajo el peso de las torturas psicológicas a las que fue sometida ininterrumpidamente. ¿Podemos, acaso, juzgar adecuadamente, sus varios intentos de suicidio cuando sus nervios eran llevados al paroxismo? Quizá ella intuía estas dificultades cuando escribía pidiendo comprensión a las iglesias cristianas a la hora de juzgar a tantos que en la desesperación a las que el Régimen llevaba a las almas, se quitaron la vida: “¡Sangre! ¡Sangre! Como cristiana, ¡ruego a todas las iglesias y a la Santa Sede de Roma que juzgue justamente la multitud de suicidios de la China continental…! ¡No consideréis todos los suicidios de las víctimas del régimen comunista como una vileza espiritual! ¡Este regalo de Dios que es la vida debería haber sido precioso! ¡Y por lo tanto es un pecado disponer de ella a la ligera…! Pero es precisamente para proteger la belleza, la dignidad, la libertad y la pureza de la vida que multitud de víctimas de China han desertado de sus preciosas vidas en una firme propuesta contra la corrupción y el atropello de la existencia… Imagino que el Padre Celestial no considerará necesariamente pecado sus suicidios, ¡sino que perdonará sus afligidas almas en su lugar con compasión! Entonces, iglesias justas y santas, ¡ofrezcan un servicio en su memoria o una santa misa por el reposo de estas almas, por aquellos que murieron bajo el tiránico régimen de la China continental!” Ciertamente no eran suicidios de nihilistas sino angustiosos gritos de desmoralizados que intentaban escapar así del ensañamiento del infierno convertido en tortura, y evitar traicionar la verdad y el bien en los momentos de debilidad. No olvidemos jamás las palabras de Job: “¿Acaso no sabes que lo que dice [y hace] un desesperado no es más que viento [a los ojos de Dios]?” (Job 6,26).

El título del libro —Cartas de sangre— alude al medio del que Lin Zhao se sirvió para expresar su disentimiento. Un informe escrito por sus carceleros dice que “durante su estancia en prisión, se perforaba la piel en innumerables ocasiones y usaba su inmunda sangre para escribir cientos de miles de palabras que componía en cartas, notas y diarios extremadamente reaccionarios y extremadamente maliciosos, en los que profería furibundos y abusivos ataques y calumniaba a nuestro Partido y a nuestro líder”. Esas cartas las remitía al aparato propagandístico del Partido, a Naciones Unidas, a las autoridades carcelarias y a su madre. Las llamaba sus “escritos de libertad”. Nunca fueron consignadas a sus destinatarios, pero tampoco se las destruyó. Muchas se entregaron a su familia años después, cuando la Corte Popular Suprema de Shanghái, en 1981, revocó póstumamente la sentencia de muerte de Lin Zhao y la declaró inocente. Y quedan como un maravilloso testimonio de la fuerza de voluntad y en muchos casos de la fe cristiana de su autora.

“Lin Zhao escribió alrededor de medio millón de caracteres [chinos] en la cárcel, repartidos entre ensayos, poemas, cartas y hasta una obra de teatro. Escribía tanto con tinta como con sangre, valiéndose de esta cuando se le negaban los suministros de útiles de escritura y, en muchas ocasiones, hasta cuando disponía de ellos. Se extraía la sangre con un punzón improvisado —un tallo de bambú, una horquilla del pelo o el mango de plástico del cepillo de dientes, tras afilarlo con el suelo de hormigón—. Una cuchara de plástico le hacía de «tintero», en el que mojaba una «pluma» que solía fabricar con una astilla de bambú o un tallo. Como soporte, usaba papel cuando podía hacerse con él y camisas y retales de sábanas cuando no. Llegó un momento en el que se había hecho tantas incisiones en los dedos de la mano izquierda que ya no le brotaba sangre. Se le entumecían al presionarlos. Esto le contaba a su madre en una carta datada el catorce de noviembre de 1967: «Ya casi se ha acabado la pequeña poza de sangre que me extraje para escribir. Parece que mi sangre está mucho menos densa últimamente y tarda mucho en coagular. Puede que se deba, en parte, a que está empezando a hacer más frío. ¡Ay, mamá! ¡Así es mi vida! ¡Mi vida es también mi lucha! ¡Es mi batalla!»”.

A pesar de las tremendas torturas por las que pasó y de su convicción de que el Régimen iba a tener que matarla para hacerla enmudecer, porque no iba a callarse por propia voluntad, trató de no guardar odio ni rencor, y combatió esos sentimientos cuando a veces se agolpaban en su pecho. “Como cristiana entregada a la libertad y que porta la cruz como estandarte en la batalla, creo que matar comunistas no es la mejor vía para enfrentarse al comunismo y eliminarlo”. En otro escrito decía: “como selecta soldado de Cristo, tengo que seguir la voluntad del Padre celestial”.

No luchaba solo por su libertad personal. Eso no tenía sentido para ella. Le había impresionado la feliz expresión que John Kennedy pronunció ante el muro de Berlín en 1963: “cuando un hombre está esclavizado, nadie puede considerarse libre”; es decir, “la libertad es indivisible”. No luchaba por ella sola, por eso sabía que incluso si moría, su lucha tenía sentido. Ella mantendría su libertad interior incluso sin la externa, y a la postre su sacrificio traería la libertad a los demás hombres, o pondría para ello su grano de arena o su gota de sangre.

La historia de Lin Zhao es un magnífico complemento del extraordinario estudio de Jung Chang y Jon Halliday, Mao. La historia desconocida (2016), que con sus apasionantes más de mil páginas (¡sí, apasionante, como también el anterior libro de la misma Jung Chang,Cisnes salvajes!) refiere la historia del comunismo chino a la luz de la trayectoria del sangriento líder. Este libro de Lian Xi nos permite asomarnos al drama del genocidio chino desde la perspectiva de una de sus víctimas; con una mirada privilegiada, con los ojos de alguien que luchó  por impedir que la dignidad humana, enraizada en la imagen divina impresa en ella, se desplome por el miedo o se encorve ante el mal.

 

“El tirano —ponía en boca de un personaje de su poema Gaviota— blande una vara y una espada y nos pone a prueba porque teme la libertad como teme el fuego. Tiene miedo de que su trono tiemble y su destino sea funesto cuando encontremos la libertad”. Y más adelante continuaba: “¡Libertad, clamo en mi interior, libertad! Mi corazón rebosa de anhelo por ti, como un ahogado desesperado por una bocanada de aire, como se tambalea el que se muere de sed hasta alcanzar el arroyo. Estoy dispuesto a que me exilien en los páramos y en las lejanas tierras salvajes, a vagar sin rumbo — resistiré bajo el manto celestial. Y verteré toda mi encendida sangre sobre la helada y árida tierra. Ojalá mi sangre fuera asfalto que pavimentara el camino de la libertad para volver a mi patria”. Este poema marca la rotura total de Lin Zhao con el maoísmo y el comunismo y su retorno a la fe cristiana enfriada durante su militancia comunista.

No era su libertad, sino la de China, la que buscaba. Cantaba en otro poema: “La libertad no tiene precio, y sin embargo mi vida está cercada. ¡Cómo quisiera ser jade quebrado, y ofrecerme a China en sacrificio!”

La conciencia cristiana con la que miraba la realidad política de su Patria y el llamado a la conversión (como mínimo a una conversión hacia valores humanos como la sensatez, el humanitarismo y la compasión con los semejantes) se refleja en este extracto de la declaración en forma epistolar enviada desde su prisión al Diario del Pueblo: “Como cristiana, mi vida pertenece a Dios. Para no salirse de la senda, o, mejor dicho, de mi línea, la de servir a Dios, la línea política de Cristo, esta joven ha pagado un alto precio. ¡Y ahora veo con más claridad y con más profundidad las terroríficas y estremecedoras malas acciones cometidas por vuestro demoníaco partido político! ¡Me han afligido y me han hecho llorar! Incluso cuando tocaba el centro más poderoso, más aterrador y más sangriento de vuestro poder —el centro del mal—, veía, no pasaba por alto, los ocasionales destellos de humanidad que había en vosotros. ¡Y entonces lloraba con una angustia aun mayor! Lloraba por vuestras almas manchadas de sangre, que no pueden desprenderse del mal y a las que este arrastra cada vez más al lodazal de la muerte con su terrorífico peso. Lo más probable es que no sintáis más que indiferencia al leer estas líneas que yo escribo al calor de las lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Caballeros, los que esclavizan a otros no pueden ser libres. ¡Qué verdad tan despiadada y certera en vuestro caso!”

Lin Zhao no bregó para ser perdonada por sus verdugos —ni una sola vez pidió compasión para sí misma—, sino para que nosotros, los que vendríamos después de ella, no cediéramos a la mentira ni al silencio inspirado por el temor a la persecución o a la muerte. Escribía en una oportunidad: “He persistido en la lucha que mantengo con el sistema totalitario y estos demonios comunistas por los más básicos derechos humanos porque soy eso, ¡un ser humano! ¡Como persona libre e independiente, tengo derecho al lote de mi heredad, que no es más que los derechos humanos inalienables que Dios concede!” Y, dado que sus derechos individuales eran “inseparables” de los de sus compatriotas, “al luchar por nosotros mismos luchamos también por sacar a nuestro país adelante y a todos aquellos que están esclavizados”. “¡La cárcel es el campo de batalla de la resistencia!”, escribía, reiterando algo que ya había declarado unos años atrás. Dada la realidad política de la China de Mao, “este es el único campo de batalla que les queda a los verdaderos opositores”. “El corazón y el alma del detractor” es, por otro lado, el “campo de batalla interna”. Lin Zhao aseguraba que el objetivo del Partido Comunista Chino era destruir la dignidad humana. No existe el humanismo marxista o comunista. Al ser ateo es siempre anti-humano. El hombre no se sostiene sin Dios. Quien expulsa a Dios, aplasta luego al hombre como implacable consecuencia.

En los últimos escritos se nota cómo Dios la fue preparando para su sacrificio final haciéndole revisar su vida y arrepentirse de sus faltas y yerros. “Inmersa en mis pensamientos, examino solemnemente la historia de mi propia vida y me arrepiento de los pecados que he cometido”, escribía. “Cuando la examino desde el punto de vista del arrepentimiento de los pecados, ¡me conmociono y siento una profunda tristeza que no había sentido jamás!”. Aunque “no tengo las manos manchadas de sangre”, “¿no podemos decir que me salpicó algo de sangre durante la reforma agraria de comienzos de los años cincuenta?”, se preguntaba. Hasta de cosas insignificantes cometidas en su infancia, hurgó y pidió perdón. Podía así afirmar que se había “arrepentido exhaustivamente de todas sus faltas”.

Lo certero de su observación sobre el comunismo como enemigo de la dignidad de la persona —el radical antihumanismo de todos los ateísmos— se pone en evidencia, en el último rasgo vinculado a su asesinato. Lin Zhao fue ejecutada el 29 de abril de 1968; un par de días después de su ejecución, los oficiales que comunicaron la noticia a su madre, le exigieron que pagara cinco centavos (cinco fen, término chino que corresponde aproximadamente), el precio de la bala que habían derrochado para matarla. Lin Zhao había aludido a esta práctica estatal en la carta enviada a los editores del Diario del Pueblo en 1965. Al actuar así, sus asesinos obraban como quien avisa que ha eliminado las ratas del vecindario y cobra los materiales empleados. Pero este broche de oro de la crueldad comunista, ha dado pie a una película de la directora Yueh Liu, estrenada en 2020, titulada precisamente “Five-Cent Life”, Una vida de cinco centavos. Expresión que se ha vuelto irónica para terminar designando el precio de una vida que, sola, pesa más que todo el imperio comunista que no logró doblegar el corazón de esta mujer, reducida en sus últimos días a un manojo de huesos de poco más de 30 kilos, vomitando sangre de modo constante por su avanzada tuberculosis, con una mordaza de goma sobre la boca para que no siguiera ya proclamando la verdad…

“En 2004 apareció en Internet una versión digitalizada de la carta que Lin Zhao dirigió al Diario del Pueblo en 1965. No tardó en extenderse como el fuego prometeico entre la disidencia china actual. El difunto premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo llamó a Lin Zhao «la única voz de libertad que le queda a la China contemporánea»”. Su tumba, en la colina de Lingyan, a las afueras de Suzhou, es visitada por numerosos chinos y extranjeros, y el gobierno actualmente envía policías para bloquear el acceso, al menos el día aniversario de su muerte. Es decir, a cuarenta años de su muerte, Mao y sus sombras continúan temblando ante Lin Zhao, y la mordaza de goma que llevaba al momento de matarla, sigue sin poder silenciar su poderosa voz.

Shen Zeyi, poeta y compañero suyo en la Universidad de Pekín, al enterarse una década más tarde del asesinato (él lo ignoraba porque estaba confinado en campos de trabajo), afirmó que Lin Zhao fue “un farol en los campos nevados”. O, para usar una imagen acuñada por la misma poetisa en 1957, fue uno de esos solitarios sufrientes que “fija sus ojos en la luz del distante fuego y camina por donde aún no hay ninguna senda hasta que cae y marca con su propia sangre la calzada que otros han de seguir”.

Su último escrito de sangre reza así: “La historia me declarará inocente”. No se engañó.

Para una sociedad como la nuestra, en la que tantos callan la verdad por cobardía, ¡qué ejemplo eminente!

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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