LECCIONES DE ÉTICA PROFESIONAL (VII. MORAL Y TÉCNICA)

VII. MORAL Y TÉCNICA. MORAL Y ARTE

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

Picasso-La-Lecture“El gusto inmoderado de la forma conduce a desórdenes monstruosos y nunca vistos. Absorbidas por la pasión feroz de lo bello, de lo gracioso, de lo bonito, de lo pintoresco, pues hay grados, las nociones de lo justo y de lo verdadero desaparecen. La pasión frenética del arte es un cáncer que devora todo lo demás; y como la cabal ausencia de lo justo y de lo verdadero en el arte equivale a la ausencia de arte, el hombre entero se desvanece; la especialización excesiva de una facultad desemboca en la nada. Comprendo los furores de los iconoclastas y de los musulmanes contra las imágenes. Admito todos los remordimientos de san Agustín por el excesivo placer de los ojos. El peligro es tan grande que excuso la supresión del objeto. La locura del arte iguala al abuso del espíritu. La creación de una de estas dos supremacías engendra la tontería, la dureza de corazón y una inmensidad de orgullo y de egoísmo”.

(Charles Baudelaire, L’art romantique).

 

Charles Baudelaire, autor del texto citado, se lo conoce como uno de los “poetas malditos”, por su vida tormentosa y sus obras en las que se describe desencarnadamente el mal (su obra más famosa se llama “Las flores del mal”). Hasta el punto de que algunos no llegan a discernir si su obra tiene algo de blasfemo o no. Creo que no; todo lo contrario. A veces muestra, como lección viva, las amargas consecuencias del mal. Por eso me ha parecido interesante usar su texto como base de esta conferencia.

 

Moral y profesión

En este curso sobre la moral profesional el tema que hemos de considerar ahora tiene una importancia capital. Debemos explicar por qué la moral debe ejercer una guía y un punto de referencia capital en nuestros actos profesionales, aunque estos pertenezcan a campos técnicos.

Creo que son dos los temas que se pueden enfocar aquí, y si bien no se confunden ni se reducen a uno, están muy emparentados y los principios que debemos dar valen para los dos: es el problema de la técnica y el del arte. (Algunas profesiones caen de lleno bajo el marco del arte, otras en el técnico). Tanto la técnica como el arte se ocupan de la obra a realizar. La técnica tiene como objeto lo “útil” (se fabrican cosas que sirvan, que sean útiles, que hagan más fáciles la vida o nuestras actividades); el arte tiene como objeto “lo bello”, lo que deleite a los sentidos (a la vista –pintura, escultura, arquitectura– y al oído –música). Hoy reina una enorme confusión porque las capacidades productivas del hombre tanto en el reino de la técnica como en el del arte son bastísimas, y superan incluso la imaginación actual. ¿Hay algún límite? ¿Cuál es, en caso de haberlo?

 

Los dilemas

Muchas de las profesiones actuales se encuentran en un dramático dilema bajo este aspecto. La medicina y la biología frente a la “producción” de la vida humana, su conservación y su muerte (fecundación artificial, clonación, cultivo de células embrionales, crioconservación, etc.). El arte con la representación de lo ofensivo, lo blasfemo, (incluso con la discusión de qué es “lo feo/lo bello”; ¿todo es arte?). Últimamente se ha visto una confusión tremenda entre los mismos cristianos y entre los católicos.

“La cabal ausencia de lo justo y de lo verdadero en el arte equivale a la ausencia de arte, el hombre entero se desvanece”, decía Baudelaire. Por eso necesitamos ideas claras en este aspecto.

 

Técnica, arte y moral

La técnica tiene sus leyes y el arte tiene las suyas. Y estas leyes intrínsecas no se reducen a las mismas leyes morales, pero se subordinan a ellas. Porque no escapan a la esfera humana, y la esfera “moral” es la esfera humana. Llamamos “moral” al acto propio del hombre en cuanto hombre, en su dimensión racional; por tanto, en su dimensión más alta. Algunos reducen –tal vez por ignorancia, tal vez a propósito– el concepto de moral a la idea de “moralina”, como si fuese una dimensión secundaria de la vida humana. La culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer. En este caso vamos a echarle la culpa a Ockam, no porque los muertos no se puedan defender, sino porque Ockam tuvo mucho que ver en este embrollo. Él fue el que introdujo la idea reductiva de la moral, o al menos quien dio el puntapié inicial para que así fuera, terminando por entenderse que la moral es lo que se refiere a “las obligaciones” del hombre; la que indica lo mandado, lo prohibido, y lo castigado. Los moralistas pasaron a ser así los policías del alma. Y el obrar moral se redujo entonces a una relación entre ciudadanos (o conciencias) mediocres y policías (principios éticos) coimeros. En este orden de cosas se cumple con lo grueso, pero en lo que no tiene grandes consecuencias, se zafa como se puede: cruzamos las calles por la zona de rayas sólo cuando tenemos al policía cerca, de lo contrario lo hacemos por donde nos queda más cómodo; cumplimos con los carteles de velocidad o nos ponemos el cinturón de seguridad cuando sabemos que hay “operativos” cerca, de lo contrario manejamos cómodos y vamos lo más rápido posible. De noche no respetamos ningún semáforo, pues sabemos que no suele haber vigilantes ni peligro de chocar (hasta que chocamos). Y siempre nos queda la posibilidad de preguntar al “agente” “si no se puede arreglar de algún modo”, o sea, coimeando para seguir obrando como antes. Pero esta es la descripción de la Argentina, no de la moral. Lamentablemente, por culpa de Ockam y de sus discípulos la moral es una especie de Argentina que ha tocado fondo. Pero esto no es moral, es moralina, se parece a la moral como el coñac a la Coca-Cola.

La moral es otra cosa. No es un policía sino un educador. No es el comisario Pérez, sino el maestro Sócrates. No nos da a elegir entre respetar el semáforo, pagar una multa u ofrecer una coima, sino entre hacernos hombres en serio y alcanzar la felicidad o ser unos inútiles sin remedio, frustrados y muertos vivientes.

Creo que este concepto es muy importante para entender la división y separación entre el arte y la moral y entre la técnica y la moral.

 

El bien ético

Antes de seguir adelante debemos recordar un concepto muy importante en ética, y es el de la división del bien. El bien se divide en útil, deleitable y honesto: bien honesto o racional –no confundir con honesto en el sentido vulgar: el que no hace mal a nadie– es el bien que es amable o deseable por sí mismo, porque tiene valor intrínseco por sí y solo por sí; vale la pena, como por ejemplo la virtud. Bien deleitable es el que es apetecible por el placer que produce en el apetito del que lo goza; puede ser verdadero o falso, porque nuestros apetitos no distinguen esto sino nuestra razón. Bien útil es el que es apetecible por la utilidad que trae, como la medicina respecto de la salud, aunque en sí no tenga a veces otra razón de apetibilidad. Esta acepciones son diversas pero no opuestas, de modo tal que pueden encontrarse simultáneamente en la misma realidad; por ejemplo, el ejercicio de la virtud es un bien honesto –apetecible por su misma bondad–, útil por los beneficios que reporta para la persona y deleitable para las potencias que lo practican. Hay una jerarquía en esta división: de modo tal que el que regula todo es el bien honesto; si un bien deleitable o útil se opone a un bien honesto, sólo podemos decir que es un bien en cierto modo  pero visto en una visión más profunda y completa no es un bien verdadero sino un mal; por ejemplo, una bomba atómica es muy útil para determinar el éxito de una guerra en favor nuestro, pero no podemos decir que es un bien porque siendo muy útil se opone al bien racional.

 

Leyes de la técnica

La técnica tiene sus leyes. Estas son las leyes de la eficiencia. Desde el punto de vista técnico una cosa es “buena” si sirve o es útil. Y no es buena si no sirve o no es útil, es decir, si no cumple las expectativas para las que fue pensada. Por estas leyes se manejan los fabricantes, los inventores, los industriales, etc. Incluso en algunas cosas los médicos, los biólogos. Hay técnicas (tratamientos, medicinas, análisis, etc.) que “alcanzan buenos resultados” u otras que defraudan las expectativas puestas en ellos. De las expectativas de utilidad se concluye si algo es bien útil o no desde el punto de vista técnico. Y de aquí la técnica saca sus criterios técnicos o industriales, que son dos:

(a) La ley de la eficacia: algo se valora según su eficacia para alcanzar el fin al que se ordena: sirve en tanto nos hace alcanzar el fin y tanto cuanto más fácil y rápidamente nos hace alcanzar ese fin; no sirve en la medida en que no sirve para alcanzar el fin o en tanto lo hace con mayores gastos y esfuerzos.

(b) La segunda es la ley de la proporcionalidad, ligada íntimamente a la anterior: todo lo que se fabrica implica costos y beneficios. Algo es técnicamente útil en la medida en que implique menos gastos y reporte mayores beneficios. Y se hace en la medida que respete esta ley, y se deja de hacer en la medida en que no la respete.

Así, por ejemplo, en la fabricación de autos, de lapiceras, de juguetes, de maquinaria, etc. se aplican estas leyes: algo se fabrica si sirve, si se vende, si funciona. Y si deja de funcionar, o sale con muchas fallas no se fabrica más, o simplemente si exige grandes inversiones pero luego no reporta beneficios.

Estas leyes son válidas dentro del espacio propio de la técnica (y si no se aplicasen todos los fabricantes se fundirían o serían un fracaso).

 

Leyes del arte

También el arte tiene sus leyes. Se manejan más de cerca con los criterios del bien deleitable. Porque su objeto es la belleza, que se define como “quod visum placet”, lo que es agradable a la vista; análogamente debe aplicarse al oído, por la música. El arte está muy por encima de la simple técnica, pero mantiene elementos en común. Dentro del campo de las virtudes, el arte es una virtud imperfecta, dianoética, porque nos garantiza la perfección de la obra realizada, pero no necesariamente la perfección moral del que la realiza. El arte es la recta razón de las cosas fabricables (en lo que coincide con la técnica) pero no se mide por su utilidad sino por su capacidad de deleitar el sentido estético humano. Puede ser, y en muchos casos lo es, costoso, improductivo, pero es bello. También tiene sus leyes intrínsecas.

(a) La primera es la imitación de la naturaleza. El arte imita la naturaleza, se dice. Hay que tomar esto con mucha amplitud, de lo contrario muchos artistas no lo aceptarán. El arte imita la naturaleza, al menos en cuanto toma de ella los criterios básicos de expresión. Si un artista quiere transmitir una idea, tiene que partir de que necesito alguna analogía con lo conocido para poder recrear en mi mente lo que él tiene en la suya. Y por eso debe tener como fuente de inspiración, como paradigma o como interlocutor a la naturaleza. No significa esto que deba copiarla o limitarse a imitarla. Pero de todos modos, la capacidad artística en su dimensión más técnica, se puede medir por su capacidad de plasmar la realidad (sea copiándolas tal cual son, como por ejemplo las obras del llamado arte realista, o expresándolas simbólicamente). En este sentido un “buen artista” es una persona capaz de plasmar las ideas estéticas que tiene en la mente (algunos quieren y no pueden y son incapaces de hacer un dibujo, una escultura o de crear una canción de cuna).

(b) La segunda está relacionada con la gran verdad de que el arte no se limita al plano de lo puramente estético, sino que lo trasciende transmitiendo ideas. Por eso el artista no sólo apela a lo bello sino también a lo feo, puesto en función de su idea. Por ejemplo, si vemos el rostro de María en el Juicio Final de Miguel Ángel, placet, nos deleita con su suavidad y delicadeza humilde. Pero si miramos al pie del cuadro el rostro de Caronte o de cualquiera de los demonios, estéticamente non placent, no agradan. Son feos. Miguel Ángel los pintó feos, porque quería mostrar la fealdad. Por tanto, cuando decimos que el objeto del arte es la belleza, debemos entender que es la belleza de la idea que transmite. La idea es bella, pero no lo es la figura con la que puede suscitar esa idea. A veces el artista debe recurrir a lo feo, a lo ridículo, a lo meramente simbólico. Pero también debemos decir que el artista no puede pretender transmitir puras ideas, sino que debe hacerlo mediante la obra estética, de lo contrario no tenemos un artista sino un profesor de filosofía y no tenemos una obra de arte sino un curso filosófico. Lo mismo se diga con la representación de lo moralmente feo: el pecado. Hay obras que son capaces de representar de manera extraordinaria el pecado; por ejemplo las páginas que Dostoievski dedica en su “Crimen y castigo” a describir la mente criminal de Raskolnikoff. No hace falta –desde el punto de vista intrínseco del arte– que el artista esté explicando que eso es pecado. Describe su persona y su modo de pensar y actuar.

 

Leyes morales

Pero tanto el arte como la técnica, que tienen sus leyes intrínsecas, no agotan la esfera humana sino que son dimensiones parciales del hombre, y como tales, subordinadas al orden que impone la razón, que es el orden moral que tiene por objeto el bien honesto, racional y subordinadamente regula y juzga la bondad o malicia de los bienes deleitables y útiles. Al no ser (las de la técnica y el arte) leyes absolutas, no bastan por sí solas para realizar la perfección del hombre, y por tanto deben subordinarse y armonizarse con otras leyes que sí sean capaces de producir la perfección del hombre. Estas leyes son las leyes morales.

Pretender la independencia absoluta de la técnica o del arte (el arte por el arte o la técnica por la técnica) es la destrucción del hombre y de la humanidad. Serían lícitos los campos de experimentación del nazismo, las obras que denigran a nuestro prójimo, etc. La ciencia sin conciencia lleva a la destrucción del hombre. El arte sin conciencia (moral) lleva también a la destrucción del hombre. Producir embriones humanos en laboratorio puede ser muy útil para curar enfermedades o para amasar fortunas de dinero, pero es un crimen. Pintar desnudos que provoquen los bajos instintos puede ser muy aplaudido pero es pornografía. En ambos casos se ha independizado un campo del obrar humano cuyas leyes sólo sirven para garantizar la perfección material del producto (los cuerpos pintados en situaciones provocativos pueden ser más proporcionados que los que se encuentra en la realidad –gordos, flacos o demacrados– y las células de los embriones clonados óptimas) pero se destruye la dignidad del hombre: del que las hace, del que las encarga, del que las consume y del que no patalea por cobarde.

Pío XI dijo en una de sus encíclicas: “el arte tiene como tarea esencial y como su misma razón de ser la de perfeccionar la personalidad moral que es el hombre, y por eso debe ser moral” (Pío XI, Enc. Vigilanti cura. Sobre los espectáculos cinematográficos, 5). Y Pío XII: “El oficio y la misión del arte rectamente usado es levantar el espíritu, mediante la viveza de la representación estética, a un ideal intelectual y moral, que rebasa la capacidad de los sentidos y el campo de la materia, hasta elevarlo hacia Dios, Bien supremo y absoluta Belleza, del que todo bien y belleza se deriva” (Pío XII, Discurso del 25 de agosto de 1945).

Por tanto no se puede pretender que el arte y la técnica se manejen por criterios morales como criterios inmediatos. Como criterios inmediatos tienen los suyos propios. Pero sí deben guiarse por los criterios morales de modo supremo. No pueden entrar en contradicción con ellos. No esperamos que un fabricante haga lapiceras moralmente virtuosas, llenas de candor y de inocencia, sino lapiceras que escriban bien y sean económicas; lo que esperamos de él es que no las fabrique con material tóxico aunque éste sea más barato para él. De un artista no esperamos que sólo pinte ángeles y santos o paisajes de la Pampa argentina; sino que no ofenda con su capacidad creativa la fe de los demás ni incite sus pasiones a la lujuria o al rencor.

Decía Maritain: “No tiene el arte derecho alguno contra Dios. No existe bien alguno contra Dios, ni contra el bien final de la vida humana. El arte en su dominio propio es soberano como la sabiduría; no está subordinado por su objeto ni a la sabiduría, ni a la prudencia, ni a ninguna otra virtud; pero por el sujeto y en el sujeto está subordinado al bien de este mismo sujeto; en tanto que se encuentra en el hombre y que la libertad del hombre hace uso de él, está subordinado al fin del hombre y a las virtudes humanas. Asimismo, [dice citando a santo Tomás] «si un arte fabrica objetos que los hombres no pueden usar sin pecado, el artista que hace tales objetos peca, porque ofrece directamente a otros la ocasión de pecar; como sería el caso si alguno fabricase ídolos para la idolatría. En cuanto a las artes de aquellas cosas que los hombres pueden usar bien o mal, son lícitas, y sin embargo si hay artes cuyas obras son empleadas en la mayoría de los casos para un mal uso, tales artes, aunque lícitas en sí mismas, deben ser extirpadas de la ciudad por el oficio del Príncipe, según los documentos de Platón» (II-II, 169, 2 ad 4)” (J. Maritain, Arte y escolástica, Club de lectores, Bs. As.1972, pp. 94-95).

Santo Tomás recuerda siguiendo a Aristóteles que corresponde a la ciencia política, por ser ciencia arquitectónica, dirigir a las “ciencias prácticas” tales como las artes mecánicas (técnicas que hemos llamado nosotros), no sólo en el hecho de ejercer esas ciencias, sino también en cuanto a la determinación misma de la obra (así no sólo ordena al artesano que fabrica cuchillos usar de su arte, sino usar de él de tal o cual manera, haciendo tal clase de cuchillos): “uno y otro, en efecto, se ordenan al fin de la vida humana”. En cambio, dice que no hace esto con las ciencias especulativas, las cuales las gobierna sólo en cuanto al hecho de ejercer estas ciencias, pero no en cuanto a la determinación de la obra, pues en cuanto tales actos son voluntarios se relacionan con la materia de la moralidad y pueden ser ordenados al fin de la vida humana, pero no prescribe en cuanto a sus leyes intrínsecas (no le dice al geómetra cómo tiene que concluir sus razonamientos) porque eso no pertenece al dominio de la vida humana y depende sólo de la naturaleza de las cosas (Cf. Comentario a la Ética a Nicómaco, I, lect., 2). Señala Maritain que Santo Tomás no habla aquí explícitamente de las bellas artes, pero que podemos aplicarles los principios indicados para las ciencias especulativas (como hicimos más arriba). En efecto, por la nobleza de su objeto que es la belleza trascienden lo meramente mecánico (lo que hemos denominado técnico) y por eso participan de las ciencias especulativas en parte; pero siguen siendo ciencias prácticas y bajo este título todo lo que la obra trae consigo en cuanto a valores intelectuales y morales, cae normalmente bajo el control de quien debe velar por el bien común (Cf. Maritain, Arte y escolástica, op.cit., notal 149, p. 211).

Las palabras de Baudelaire, a pesar de su exageración (a propósito) sobre el iconoclasmo (la destrucción de las imágenes) son realmente profundas. La exacerbación de una facultad en detrimento de las demás equivale a la destrucción de todo el hombre.

“Será dulce para mí, escribía Claudel, cuando esté en el lecho de muerte, pensar que mis libros no han contribuido a aumentar la espantosa suma de tinieblas, de duda, de impurezas, que aflige a la humanidad, sino que aquellos que los han leído no han encontrado en ellos más que motivos para creer, para alegrarse, para esperar” (Paul Claudel, carta a Arthur Fontaine).

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