La madurez afectiva y espiritual de Marcelo Morsella (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

023Publico a continuación la conferencia inaugural que tuve oportunidad de dar el 3 de marzo de 2016, en el acto de inicio del ciclo lectivo en el Seminario Religioso “María, Madre del Verbo Encarnado”, de San Rafael, ante los alumnos del Seminario religioso, los Novicios del IVE, las Novicias SSVM y las estudiantes SSVM del Estudiantado Santa Catalina de Siena.

El tema fue la madurez, pero centrada en la figura emblemática de Marcelo Morsella, el primer seminarista del Instituto del Verbo Encarnado, fallecido hace ahora 30 años.

A continuación ofrezco el audio de la conferencia y luego el texto escrito.

 

La madurez afectiva y espiritual de Marcelo Morsella

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

Lectio brevis, Seminario “María, Madre del Verbo Encarnado”, marzo de 2016

 

 

En los últimos meses, con ocasión de unos cursos que tuve que dar en Roma, he tenido la oportunidad de reflexionar mucho sobre la madurez humana y su contrario, la inmadurez, que un autor llamó, creo que con justicia, “la enfermedad de nuestro tiempo”. Mientras preparaba mi trabajo más de una vez me vino a la mente la figura emblemática de nuestro querido Marcelo Morsella de cuya muerte se acaba de cumplir el trigésimo aniversario. Precisamente se me presentaba como modelo de gran madurez y de una madurez alcanzada sin dilación alguna.

Nosotros sabemos la enorme importancia que la personalidad de Marcelo tuvo para nuestra pequeña Congregación después de su fallecimiento. Durante mucho tiempo su ejemplo dominó el espíritu de nuestros religiosos. El recuerdo de sus virtudes, primero, y el conocimiento de sus cartas y notas, después, nos marcaron fuertemente. Conservamos innumerables ensayos, poesías, memorias, cuentos y relatos que se escribieron sobre él en los años inmediatamente posteriores a su muerte. Su figura aportó una especial “mística” a los primeros años del Instituto. La mística de la magnanimidad y de la seriedad con nuestro compromiso con Dios y con la Congregación. Esos ecos todavía no se han apagado; pero sería de desear que Marcelo volviera a tener la gravitación que supo tener. En estos particulares momentos él es tan importante para nosotros como lo fue en los comienzos de nuestra vida religiosa; y no solo con sus oraciones desde el Cielo, de las que no dudamos, sino con el ejemplo de su modo de entender la entrega a Dios, entrega del corazón completo. Por este motivo quiero referirme, muy brevemente, a algunos rasgos de lo que quisiera titular “la madurez afectiva y espiritual de Marcelo”.

Con ocasión de haber enviado algunas fotos de la inauguración del monumento dedicado a Marcelo en El Nihuil, y una copia de las palabras que pronuncié en esa oportunidad, su papá, Astur, me escribía el 5 de marzo de 2011:

 “Querido Padre Fuentes:

Perdone mi involuntaria demora en contestar su tan afectuosa carta y las conmovedoras fotografías del monumento erigido a Marcelo en El Nihuil. No tenía palabras entonces para responder a las suyas, porque quedé bajo un estado de exaltación muy dominante y a la vez depresivo. Usted entiende, lo sé, que una emoción como la que viví ante su envío me dificultaba expresarme con la propiedad que anhelaba hacerlo. Y no es que ahora puedo porque estoy ya algo lejano de aquel impacto, sino que como todo lo relacionado con Marcelo proviene de su gran espíritu («soy capitán triunfante de mi estrella/ y el dueño de mi espíritu»), me llega de él la fuerza para levantar la cabeza, olvidar los esfuerzos físicos y morales y colaborar con usted como pueda en su gran trabajo para evocarlo y proyectar su ejemplo entre los jóvenes”.

             Hasta aquí las palabras de su padre, periodista y poeta, como puede apreciarse. Él consideraba recibir de Marcelo una fuerza particular para levantarse de la tristeza, dejar detrás las penas y desgastes y lanzarse a la tarea. Unos años antes, en 2008, en otra breve misiva, me había dicho: “Gracias por su dedicación a la persona y misión de mi hijo. Crea que se lo agradezco de todo corazón” (Astur Morsella, 7 de noviembre de 2008). Cito estas palabras solo para subrayar la conciencia de Astur de que Marcelo ha tenido “una misión”. Me corrijo: la tiene y creo que la ejercita más en nuestros días que hace tres décadas atrás. Poco antes de morir, el 15 de diciembre de 2011 (Astur Morsella falleció el 27 de junio de 2012), entre otras cosas me volvía a decir algo parecido, pero con un tono notable:

 “Es muy gratificante y conmovedor  saber que Marcelo vive entre nosotros como una guía para todos, esencialmente como respuesta a la pregunta desolada de los que no tienen Dios sino vacío en su interior” (Astur Morsella, 15 de diciembre de 2011).

            Permítanme que vuelva a releer esta expresión: “Marcelo vive como respuesta a la pregunta desolada de los experimentan vacío interior”. ¡Qué bien dicho! ¡Y qué exacto!

El 5 de marzo de 2011, respondiendo a un pedido mío, Astur me transmitía estos rasgos de su hijo:

 “Usted me pregunta sobre el Marcelo niño, adolescente… Bueno, era alegre, conversador, también escucha atento. Muy tranquilo, con unos ojos firmes y claros por los que hablaba su vida interior. Mientras crecía yo lo veía cada vez más interesarse por una vida disciplinada y con un sentido. Por eso luego de cursar la escuela primaria en el Colegio El Salvador eligió el bachillerato en el Liceo Naval Rio Santiago, del cual egresó con honores y como el mejor compañero de toda la promoción. Un dato importante y significativo es que se le dio el grado y el uniforme de guardiamarina sin necesidad de cursar la Escuela Naval Militar.

Sin haber egresado aún del Liceo, leía con fervor las obras de Chesterton, Hugo Wast, algo de León Bloy -recuerdo- y se interesaba, como yo, en la literatura gauchesca. Prefería quedarse en casa leyendo, aunque no le faltaba un muy leal grupo de amigos, varios de los cuales son hoy miembros de la Justicia, del Estado nacional y del mundo empresario. Repudiaba la violencia, quería entenderla y no podía. Hacía favores sin hacer notar su gesto. Estaba cada vez más alejado de la vida mundana. Creo que simbolizaba lo que es una Persona cabal, con una fuerza interior que lo guiaba con serenidad y firmeza hacia su camino de querer y comprender al Otro. Señalado -así me di cuenta después- por una Gracia Superior para cumplir un destino ejemplar”.

             Fin de la cita. Reaparece el tema del destino y misión de Marcelo. Eso es precisamente lo que vieron en él quienes lo conocieron, incluso cuando solo lo trataron poco tiempo.

De las cartas, notas y relatos de Marcelo, así como de los recuerdos de sus amigos y conocidos, emerge la figura de un muchacho maduro. Para preparar estas notas me puse a releer lo que había escrito de él en mi libro “Soy Capitán triunfante de mi Estrella”, primero en 1997 y luego en 2011, buscando los rasgos que destacaran la madurez de su personalidad… pero tuve que abandonar ese camino, porque no había página en que no encontrara características notables. Voy, pues, a limitarme solo a elegir algunas líneas cardinales y episodios más emblemáticos. Lamentablemente por razón del tiempo tendrán que ser muy pocos; menos de los que nos gustaría comentar.

 

La Farsa. Tenía 17 años cuando terminó el Liceo Naval, y para la fiesta de egreso escribió una pequeña obrita de teatro, brevísima, que tituló La Farsa. Nuestros seminaristas la representaron por vez primera tres años después de su muerte, en 1989, y algunos años más tarde, en 1995, la llevaron nuevamente a la escena nuestros novicios. Él amaba el Liceo, pero también había sufrido mucho en él, especialmente, los últimos años, cuando sus ojos habían madurado lo suficiente para penetrar las miserias humanas. Compuso una obrita que puede parecer triste, pero que intenta reflejar la corrupción del mundo que él encontró cifrada en su ambiente liceísta. Hubiéramos pensado que un muchacho pudoroso y limpio, queriendo retratar lo que está mal en el mundo, hubiera puesto el énfasis en los desórdenes de la carne. Él, cambio, se dio cuenta que el gran drama es la corrupción del espíritu: la Mentira y el Desprecio por la Verdad… y no se hizo ilusiones, por eso al final de su obra, su héroe es triturado por la máquina de la hipocresía: “el rodar de su cabeza —dice relatando el trágico final del personaje central— marca lo inútil que es, ante la situación, el intentar restablecer los valores perdidos”. Ya en esa época Marcelo sentía un vivo rechazo por la falsedad, la apariencia, el fingimiento y el fariseísmo. Y ya sabía que solo se lo puede vencer al precio del testimonio doloroso y del sacrificio. La obra no se representó en el Liceo, y a él mismo le pareció tan amarga que intentó quemarla. La salvó uno de sus amigos y por su intermedio llegó a nosotros.

 

El episodio del grupo NN. Me parece importante también aludir a un delicado incidente que muestra un aspecto muy significativo de la madurez de su conciencia moral. Durante su período de liceísta Marcelo entró en contacto con un grupo muy activo en ese ambiente, con apariencias muy católicas y serias. Este grupo captaba los jóvenes más valiosos y con mejores cualidades humanas y religiosas proponiéndoles trabajar por la conservación y promoción de auténticos ideales como el bien de la Patria, la Cristiandad, los valores morales, etc., amenazados por los enemigos de la Fe y de la Patria. Una persona entusiasta patriota y de fe no podía buscar nada más adecuado… Pero su metodología de trabajo, difícil de discernir de entrada para un muchacho noble pero sin experiencia, no los volvía muy diferentes de los enemigos que pretendían combatir. Marcelo comenzó a formarse en ese grupo, pero pronto comenzó a chocarle la falta de transparencia de sus procedimientos y especialmente cuando experimentó el manejo de la conciencia por parte de las autoridades. Y ni bien se dio cuenta se alejó de ellos y dejando escritas algunas observaciones que hacen ver qué le hacía ruido en su conciencia. Entre otras cosas, en su informe habla de “un claro intento de querer manejar las conciencias, a tal punto que a los miembros orgánicos se les prohibió ver a [cierto] sacerdote” que podía poner al descubierto las turbideces del grupo. Precisamente una de las cosas que más chocó la conciencia moral Marcelo es, en palabras textuales suyas, que “el jefe de la organización en Argentina [da el nombre], dijo que convenía tener por un lado a un confesor, a éste decirle los «pecaditos», y por otro lado un director espiritual; es que —acotó— «un jefe político no se debe desprestigiar con su director»”. El sentido de la fe de Marcelo percibió inmediatamente esta notable manipulación de la dirección espiritual que de ninguna manera puede venir de Dios. Muchos otros no se dieron cuenta y siguen sin darse cuenta hasta el día de hoy.

 

Algunos ideales. Con 17 años escribía en una carta a uno de sus amigos, desde Río Santiago: “Con respecto a los Caballeros de María me sé indigno y no lo digo por aparentar modestia, pero estoy de acuerdo con vos en que algo de esa índole nos une para un fin nobilísimo y nos obliga entonces a luchar con denuedo, ante todo contra nuestras propias debilidades, y si cayésemos tenemos que tomar fuerzas de esa caída para levantarnos y empezar con mayor brío. Pero todo esto no es posible si no rezamos constantemente. Dice San Agustín: «La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios». El medio es por demás hostil y las tentaciones son numerosas pero como dijera Unamuno: «es preferible morir como un león que vivir como una rata». Nosotros somos jóvenes y desde ya tenemos que construirnos y construir al mundo de acuerdo a los principios católicos que intentamos preservar. Es difícil pero «todo es posible para el que cree», como dijera Nuestro Señor Jesucristo. Lo importante es hacerse fuerte en la fe, de a poco, e intentar perseverar”.

Hermoso párrafo que hace notar el entusiasmo juvenil y sus nobles ideales, y que si no supiéramos quién lo escribió, lo atribuiríamos a una persona ya fraguada largamente en los caminos de la vida espiritual… Pero no dejemos pasar dos cosas que muestran la seriedad de cuanto señala Marcelo. Lo primero es esa magnífica expresión que deberíamos esculpir en nuestras almas: “tenemos que construirnos y construir al mundo de acuerdo a los principios católicos”. Marcelo habla de “construirse a sí mismo”. ¡Construirnos a nosotros mismos! ¡Y esto antes de pensar en construir otras cosas fuera de nosotros! Esa es la expresión de alguien que sabe por dónde se empiezan las cosas. La maduración es una lenta y fatigosa autoconstrucción, autoformación, con renuncias, éxitos, fracasos, vueltas a empezar y logros a veces solo parciales… que solo tras largo tiempo muestra sus resultados. Marcelo quería cambiar el mundo: “construir al mundo”, dice. Pero sabía que lo que primero debía revolucionar y cambiar tenía un nombre muy conocido para él: el propio yo de Marcelo Morsella. Lo segundo: no era un atolondrado ni un delirante; no pensaba que las cosas se hacen a la bartola. Por el contrario, su programa es muy escueto, pero certerísimo: “hacerse fuerte en la fe, de a poco, e intentar perseverar”. Tenía 17 años; pero pensaba al estilo de los grandes caudillos y conquistadores.

Que Marcelo tenía en claro que debemos forjar nuestro carácter y además que esto comienza con una verdadera actitud interior lo volvemos a encontrar escrito en una nota de algunos años más tarde (tenía ahora 21 años): “[Debo] definirme contra el mundo. No ceder (…) No apesadumbrarme por la idea de persecución o por la misma persecución (…) No temer la opinión que tengan sobre mí los demás a causa de la Verdad (…) Dar gracias a Dios siempre”. Con estas palabras nos ha dado los términos que nos permiten resumir su personalidad: Marcelo fue una persona “definida frente al mundo”. Definirse es plantarse con decisión, hacer frente a la corriente, como esos artefactos que nuestros antepasados llamaron “pie de gallo”, que se colocaban para hacer frente a los cauces impetuosos de los ríos. Es lo contrario del junco agitado por la brisa o la hoja temblorosa. Un hombre definido. ¿Lo somos nosotros?

 

El patriotismo. Otra actitud que pone en evidencia las fibras maduras de su ser es su sentido de la Patria. Marcelo amaba nuestra Patria, y era patriota. No era, en cambio, patriotero, como se dice de quien alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo. Si amor por Argentina estaba penetrado de luz. Era realista y no tenía un sentido banal y tonto de la patria, sino verdadero, ese que nos hace sufrir por una Madre a menudo maltratada por sus propios hijos. Desde Estados Unidos escribía en 1981 –cuando solo contaba con 18 años–: “Aunque parezca mentira se extraña al país y todo lo que éste encierra (…) Me doy cuenta de que tenemos potencialmente un gran país y gente muy capaz (…) Por eso es nuestra responsabilidad en la medida de nuestras posibilidades cambiar lo que haya que cambiar y reafirmar lo que esté tambaleante. La Argentina fue un gran país alguna vez y volverá a serlo”. Y durante la guerra de Malvinas, el 2 de mayo de 1982: “En este momento debería estudiar pero me urge la necesidad de escribir. Un sinnúmero de sentimientos se confunden en mi interior. Siento la inefable emoción de ver que mi país sigue siendo el de San Martín, Belgrano, Brown, que nada ha cambiado en el espíritu de los argentinos. Sólo estábamos dormidos en el letargo de una comodidad un poco desmedida (…) Nadie deja de tomar parte en esto que nos toca en lo más íntimo a todos los argentinos”. Y terminaba revelando este dato tan íntimo: “Es mucho lo que hay por escribir pero lo haré de a poco y por desbordamiento, como siempre”. Un año después de la derrota, volviendo sobre el tema, con mucho dolor, melancolía y reflexión añadía: “El silencio habla, lo que es justo sigue siéndolo, la vida continúa. Pero hoy en muchos hogares argentinos faltan algunas voces [las de los muertos]. Y son más elocuentes que las que oímos a diario, porque llaman con fuerza de dolor e indignación en los que recibimos su mensaje. Nos hablan de heroísmo, anónimo en la mayoría de los casos, de amor a la Patria, fertilizada con su sangre, de amor a Dios, único sentido y fin de la vida y por el cual se puede llegar a la muerte misma. Y es que quien ama a Dios ama a su Patria (…) Toda guerra contiene horrores que le son propios. De más está mencionarlos. Pero es también importante destacar los valores adormecidos por una vida cómoda y demasiado frívola que surgieron en un pueblo que solo había sido en los últimos tiempos espectador y no protagonista. Lo sucedido en Argentina confirma que los momentos cruciales prueban a los hombres demostrando lo verdadero de su esencia (…) Aunque el destino de la Islas Malvinas Argentinas sea aún un interrogante, —ya que los británicos no pueden, aunque lo hagan aparentemente, considerarse los únicos que han de contar la historia luego de la guerra— existe la certeza de que a pesar de todo la verdad es verdad y el error es error y lo que es justo sigue siéndolo”.

 

La belleza y la poesía. Otro aspecto que me gustaría subrayar como manifestación de su multifacética madurez es su sentido lírico y sensible de la realidad y de la vida. ¿Cómo definirlo? Marcelo era un poeta; esto lo había aprendido de su papá y de los buenos autores que leyó desde chico. Pero veía las cosas con un gran realismo, destacando tanto su belleza como sus límites; su caducidad y su elevación. Todo lo miraba con estos ojos: la vida, el paisaje, el amor, las personas, las buenas costumbres, la amistad, la patria misma… Y sobre todo captaba en las cosas la trasparencia de algo superior, es decir, de Dios. Pero el sentido poético de la vida es también un sentido del límite de lo terreno. A quien en todo se le trasparenta un toque divino, lo terreno termina por producirle insatisfacción. Insatisfacción no quiere decir fastidio. Algo puede no gustarme, y eso es el disgusto. Pero algo puede gustarme mucho sin poder colmarme, y eso me deja insatisfecho, es decir, con gusto a muy poco. Eso quería expresar Marcelo cuando, a sus 18 años, escribía: “Volveré a Ti, Señor, porque mi alma te busca y está vacía. No puedo vivir sin Ti y al querer hacerlo caigo en el peor de los abismos y queda sin remedio mi vida. Tonto de mí, al no querer confiarte mis caminos; sé que al fin encontrarte es mi camino. «La noche quedó atrás… pero me envuelve,/ negra como un abismo entre dos polos./ Doy gracias a los dioses, cualesquiera sean / por mi espíritu indómito. / No importa cuán estrecha sea la puerta / ni que me halle algún modo de castigo /. Soy capitán triunfante de mi estrella / y el dueño de mi espíritu»”. Estas últimas frases pertenecen al poema Invictus, de William Henley, que tanto apreciaba [1]. Y en otro lugar anotaba: “¿Qué es la realidad? La ficción de cada hombre y cada mujer o una manifestación del ser. ¿Quién sabrá la verdad? Tal vez la pueda encontrar en los libros o en los ancianos que en los cálidos inviernos y en los veranos juveniles dan sus consejos como viajeros de un largo vivir. ¿Es inútil buscarla? No lo creo; pero temo que, al hallarla, haya de morir”. Hasta aquí la cita. Al que encuentra la verdad, nada fuera de ella puede ya contentarle. La necesita toda y para siempre. Y esta vida no puede darle eso. De ahí la madurez para la otra vida.

 

Amistad y sociabilidad. Otro aspecto de su personalidad lo encontramos en su madurez social que, para él, se continuaba en una línea netamente religiosa. Cuenta un amigo con quien viajó a Europa: “Recuerdo que nos divertimos muchísimo, y Marcelo era un permanente animador de las excursiones que hacíamos. Siempre estaba tranquilo, de excelente humor, siempre veía el lado bueno de las cosas, el lado positivo. Siempre tenía tiempo para charlar, para escuchar, para opinar (…) Debo agregar el relato de lo que uno sentía al lado de Marcelo. Él tenía el don de hacer sentir bien a quien estaba con él. A veces hablábamos de Dios y de las cosas de Dios, y en eso Marcelo tenía una sensibilidad especial, como si presintiera que le tocaban muy de cerca”. Notemos que mucho de esto es fruto, en realidad, de su caridad y espíritu de sacrificio. Del olvido de sí mismo por amor al prójimo. Porque Marcelo, por su temperamento sensible, también tendía a veces a sufrir con mucha intensidad el lado oscuro del mal, del pecado, de la mentira, de lo retorcido que descubría a su alrededor. Y se queja de sí mismo, a veces, diciéndose que debe vencerse en esa percepción de los aspectos negativos. Ya aludimos a su obrita La Farsa, donde su decepción por la hipocresía descubierta en su ambiente parece llevarlo hasta la angustia. Esto quiere decir que el buen espíritu que sus amigos invariablemente percibían en él, a menudo era el resultado de su virtud y autodominio. Aun cuando los escrúpulos y la tristeza alguna vez hirieron su corazón, supo ser dueño de sí, “capitán triunfante de su estrella”. Señor de sí.

Otro de sus amigos recordaba así su relación con Marcelo: “nuestra amistad, que era divertida, una hermosa amistad, siempre se derivaba a temas más bien profundos, editoriales”. No olvidemos que estamos hablando de adolescentes, no de hombres ya curtidos. Marcelo no era ningún superficial y no tenía nada de pavo, aun sabiendo ser muy alegre. Marcelo siempre cultivó el don de la amistad. Era fácil hacerse amigo suyo. Aunque no forjaba cualquier tipo de amistad, sino amistades profundas, basadas en comunicaciones de bienes principalmente espirituales. Ya antes de ser seminarista rezaba habitualmente el Rosario, tanto en vacaciones (sabía ir con sus amigos a La Falda, Córdoba), como en tiempos de actividad (trabajo o estudio). Una vez, incluso, llevó a sus amigos a rezarlo a una radio. Estos lo recuerdan siempre dispuesto a recibirlos y dialogar, sumamente comprensivo; sabía esperar el “tiempo” de cada uno. Cuando encontraba almas que se animaban a acompañarlo en su itinerario espiritual entablaba con ellas fuertes lazos. Nada puede describir mejor su concepto de la verdadera amistad que estas palabras que escribió a uno de sus amigos desde el seminario: “Hay un punto en la amistad en que ya está más allá del tiempo y la distancia que puedan separar físicamente y esto se hace muchísimo más profundo cuando también en cada uno de nosotros vive Cristo por su gracia, porque así estamos realmente unidos, como decimos en el artículo del credo por «la comunión de los santos», que no es otra cosa que eso: la unión de las almas que están en gracia de Dios, que es más real que la del cuerpo a la cabeza”.

 

La seriedad con las cosas. Marcelo fue, sobre todo, responsable. Responsable en sus relaciones familiares, en sus amistades, en su trabajo, en su estudio, en su apostolado, en su trabajo interior de la voluntad. Buscó hacer todo bien, porque ese es el único modo en que las cosas deben hacerse si se hacen por Dios. Cuando tuvo que retrasar un año su ingreso al seminario por razones familiares, pues debía trabajar para ayudar a sus padres, Marcelo hizo lo posible por vivir ese tiempo como si ya fuese seminarista con grandes deseos de ingresar, incluso empezando a estudiar por su cuenta algunas cosas, quizá para ir ganando tiempo o para que esto lo ayudara a ser fiel a la palabra empeñada a Dios. Escribía en ese tiempo: “También estoy estudiando un poquito de latín, que también es muy interesante”. He aquí alguien que no perdía el tiempo.

Marcelo encaraba lo que hacía con un gran sentido de la responsabilidad. Como escribe en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste”. Ojala todos entendamos que hay que hacer lo que debemos hacer. Y punto.

Por eso Marcelo tomaba muy en serio su formación. Por ejemplo, consideraba el estudio algo fundamental para prepararse al sacerdocio. Y se refiere a algunas conferencias a las que pudo asistir en el primer año de seminario como “una gracia más que Dios nos hace”. Sin embargo, tenía plena conciencia de que el estudio, siendo un aspecto fundamental de la formación, no era lo más importante; por encima estaba el trabajo de la gracia y la transformación de la voluntad para aspirar a la unión con Dios. Le escribía a su papá en 1984: “Aclaro que no es lo más importante el estudio, porque evidentemente se puede saber mucho y no ser bueno. Primero está la caridad, la fe, la esperanza”. Y no es que fuera un mojigato o no le costara la lucha por la santidad. A uno de sus amigos le escribe a mediados de su primer año de seminario: “Yo sigo muy contento y constatando que el tiempo vuela, se te va de las manos. Pienso a veces, en lo que es el sacerdocio y me doy cuenta de que es algo tan grande que sobrepasa todo lo que uno pueda imaginar o la idea que uno pueda tener. Pero hay que confiar en Dios, uno no merece ni es digno pero es la voluntad de Dios. Te digo [esto] porque muchas veces me veo con defectos, pero los Apóstoles también los tenían: eran hombres y esto de los Apóstoles es un gran consuelo porque esos hombres rústicos y pecadores fueron después los más grandes santos que dieron la vida por Jesucristo. La santidad es trabajo de toda una vida…”

 

El sentido religioso. No quiero terminar esta enumeración –lamentablemente magra y salteada– de las facetas más maduras de Marcelo sin aludir a lo que fue el rasgo más convincente de su madurez: su sentido religioso. Es tan importante este aspecto que es la razón por la nos dejó tantos escritos, pues en carta a su padre, escrita siendo ya seminarista, en mayo de 1985, menos de un año antes de su muerte, decía: “Siento la necesidad de escribir y de así desahogar esa sed de lo eterno”. Frente a una situación que lo obligó a cambiar planes muy importantes, Marcelo escribía a un amigo: “Con el Padre X ya hablamos de que pudiera pasar esto y bueno, hay que hacer la voluntad de Dios y así se muestra”; y en otra: “No siempre lo que queremos es lo que podemos, pero el Señor sabe bien lo que es bueno para cada uno, aunque no lo comprendamos. Y te aseguro que es duro. Pero igual la vida es mi don de Dios y vale la pena luchar. Te pido que reces por mí, por la fidelidad… Tu hermano en Cristo: Marcelo”. No nos encontramos todos los días con chicos de 19 años que miran las cosas así. Lamentablemente hasta son muy pocos los adultos y viejos que tienen una tal mirada de la vida. Marcelo tenía bien en claro que su vocación era de Dios y que era Él quien la sostenía; como le decía a su papá en carta de 1983: “Con respecto a entrar al Seminario sigo pensando lo mismo, pero no es que el ánimo esté retemplado como vos me decís y te agradezco, sino que es Dios quien da la vocación y quien la sostiene. Uno pone apenas lo humanamente posible y Dios hace el resto. Si por mis propias fuerzas humanas fuera, yo no haría ni media cuadra. El error sería para mí confiarme de mi fortaleza, porque además sé que, por experiencia, por ese lado no va la cosa”. La suya era una espera confiada en Dios, porque, como les escribía a unos amigos, “para Dios no existe nada imposible”.

Marcelo tenía un gran sentido religioso y ponía cada cosa en su lugar. Había aprendido por su cuenta –y con sufrimiento– que es necesario aquello que el P. Kentenich, a quien creo que Marcelo nunca leyó, llama la virtud del desengaño, es decir, el prepararse para que, si los demás nos fallan, esto no nos desmorone a nosotros. ¡Cuántos desengaños nos vienen de personas que parecían una cosa y luego se revelan muy distintos; de unos que nos abandonan, de otros que nos traicionan, de algunos que de amigos se vuelven perseguidores, y de otros que no están cuando deberían estar! Esto, dice Kentenich, es parte de la ley de la vida. Y Dios lo permite para pulirnos de los apegos y de los apoyos demasiado humanos que construimos… olvidándonos que solo debemos buscar a Dios y sostenernos en Él. Como exclama Don Orione en momentos de mucho dolor: “¡Dios solo, es la santidad en su grado más elevado! Dios solo, es la seguridad mejor fundada de entrar un día en el cielo. ¡Dios solo, hijos míos, Dios solo!” Los que no entienden esto, cuando los demás les fallan, se caen ellos mismos como una tapia ruinosa, envueltos en la tristeza más amarga. Marcelo sabía la importancia de esta verdad aunque nunca la formulara así; pero dejó anotado en un manuscrito algo semejante: “Me acuerdo que [una vez] estaba triste en el Liceo y decepcionado, y [un amigo] me dijo: «Sólo teme a los hombres quien en ellos confía, quien en Dios confía, sólo a Él le teme». Qué poca idea tengo del amor de Dios, sobre todo con mis estúpidos escrúpulos. Solamente le pido a mi Madre, la Virgen María que me dé la virtud de la confianza en Dios y que lo que veo de las personas no me disminuya la fe ni distorsione la imagen que debo tener de Dios, porque Dios es siempre el mismo; los que cambiamos somos los hombres”. Después de más 30 años de sacerdocio, puedo decir que he encontrado muy pocos hombres que hayan entendido esta verdad. ¡Menos aún muchachos que la hayan comprendido a los 17 años de edad!

Todo esto brota de su sentido de eternidad y de la presencia de Dios, que era tan fuerte en él. En su correspondencia siempre está presente la nota espiritual y religiosa. Una anécdota describe su sentido de Dios y del valor eterno de la vida. La narra uno de sus amigos: “Mamá estuvo muy enferma, dice; tenía muchos dolores, eso me ponía mal. Entonces, cuando me sentía un poco desbordado por las circunstancias, iba a buscarlo a Marcelo… Él me enseñó a tener el hábito de rezar el Rosario; lo hacíamos todas las noches, para lo cual me pasaba a buscar cerca de las nueve y media, para caminar y rezar. Quería mucho que mi madre recibiera la extremaunción”. Este joven no se animaba a proponerle a su padre, que no era practicante, que llamaran un sacerdote y le administrara los sacramentos. Fue el mismo Marcelo quien habló con él convenciéndolo para que la asistiera un sacerdote, como hizo efectivamente. Ese mismo día, a las dos de la mañana falleció la señora. “En una de tantas charlas que teníamos, poquito tiempo después de que mamá había muerto, sigue relatando este amigo, un día en que íbamos caminando por la calle me dijo: «Vos tendrías que estar contento». Yo lo miré como para fulminarlo, como diciéndole «¿qué me querés decir?». Marcelo continuó: «Cuando logrés entender que quien muere joven es un elegido, porque está preparado antes que los demás para estar junto a Dios, vas a poder entender que tenés el orgullo de haber tenido una madre elegida porque murió joven». Esto me vino a la memoria al enterarme de que él había fallecido; y allí realmente sentí que Dios existía. Esto me dio paz. El último tiempo que vivió tenía una gran preocupación por su padre; él me había dicho abiertamente que tenía que sacrificarse de alguna manera para que su padre fuera al cielo; esto lo preocupaba sobremanera”.

De este testimonio, que elijo entre muchos otros, quiero destacar dos cosas, y con esto voy terminado. La primera, que Marcelo consideraba la vida terrena como un paso y una preparación para la vida eterna. Y por eso miraba la muerte con la serenidad de quien mira una puerta que lo conduce al lugar misterioso pero deseado. También consideraba que esa preparación hay que hacerla sin perder tiempo, porque para eso hemos nacido. De ahí que morir joven no era para él, un destino dramático. ¡Madurez notable! Pero lo segundo es más importante: amaba a los suyos con amor no solamente humano sino sobrenatural; y esto quiere decir que principalmente quería su salvación; y que si el precio para que alguien se salve es el propio sacrificio, no debemos considerarlo demasiado caro. Marcelo sabía que la salvación no se improvisa y que no debe dejarse para último momento, aunque Dios pueda regalarnos milagros como el del buen ladrón. A su papá le decía en referencia al fallecimiento de abuela paterna: “Tuvo una buena muerte porque vivió una buena vida”. Es una elegante manera de invitar a vivir bien, según Dios.

 

Vuelvo, para terminar, al papá de Marcelo. Una persona que estuvo muy cerca de Astur Morsella en sus últimos tiempos, al comunicarme su fallecimiento, me escribió lo siguiente: “Hay algo que quiero contarle. Bien sabe usted la emoción que vivió Astur leyendo su libro [se refiere a la biografía de Marcelo]. Fue tan intensa la emoción que lo embargaba que me decía: «Tengo que detener por momentos la lectura sobre Marcelo porque la emoción que me embarga es tan grande que me cuesta contenerla»”. Pero lo más importante es lo que sigue diciendo con fina observación: “Y yo, Padre, me daba cuenta del viaje interior que el Padre recorría hacia su Hijo sintiéndose cada vez más cerca de él. Debe haber sido maravilloso para Astur descubrir nuevas vivencias en Jesús y María de la mano de Marcelo… Tan conmovido estaba  que después de la  lectura total del libro, seguramente, él quería expresar bellamente estas sensaciones con el estilo poético que tanta emoción merecía” (Carta de Marta Caruso, 21 de noviembre de 2012). Hasta aquí las palabras de esta amiga de la familia. ¡Qué increíble! El papá haciendo “un viaje interior” hacia el alma de su hijo. Sólo una persona muy madura puede conseguir que otro, sea quien sea, pero más si es el propio padre, pueda ascender hasta Dios en la fineza del corazón introduciéndose en el corazón del otro.

¿Somos nosotros capaces de elevar a quienes se introduzcan en nuestro corazón?

Si la respuesta es “sí”, es porque somos maduros; si es “todavía no”, aún tenemos mucho camino por recorrer. Y creo que Marcelo puede guiarnos con mano segura y pedirle a Dios que afiance nuestros pasos.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

[1] Los versos originales de Henley dicen: “Out of the night that covers me, / Black as the Pit from pole to pole, / I thank whatever gods may be / For my unconquerable soul. – It matters not how strait the gate, / How charged with punishments the scroll / I am the master of my fate: / I am the captain of my soul”.

 

 

 

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