Noé, o la fe como condenación del mundo (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

abucheo“Por la fe Noé… condenó al mundo”, dice la carta a los Hebreos (11,7). La fe de Noé puso de manifiesto la perversidad del mundo. La fe –vivida vigorosamente – lo vuelve, a uno, contrario a las normas del mundo, mientras que el mundo, cuando lo invade a uno, lo torna contrario a la fe: “La raíz de todos los males es la codicia de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe” (1Tim 6,10). La codicia es uno de los modos con que el mundo lo sujeta a uno. Para algunos –o para algunas edades– es un tentáculo de acero. Y ojalá fuera el único.

Al vivir según la fe, uno se convierte en una imagen viva del hombre según el paradigma divino; o sea, tal como Dios nos quiere. Se comprende que un tipo así juzgue al mundo. Y juzgar, aquí, no significa opinar, ni afirmar, ni sentenciar, ni pronunciarse… Simplemente “incomodar”. Una señorita honestamente vestida puede ser enfadosa a un par de cincuentonas demasiado exhibidoras de sus carnes propias, sin que aquélla diga nada, ni piense nada. Basta ser honesto, para que el deshonesto se sienta apuntado por el dedo. Por eso el santo suele ser incómodo y perseguido. Incluso los santos muy amados, como Juan Pablo II o la Madre Teresa, cuando se abismaban en la oración, solían poner un tanto incómodos a los que estaban allí sólo para sacarse una foto con ellos, o tocarles el hábito (parte de “la feria de la fe”, como llamaba el Padre Pío al entusiasmo muy poco espiritual que a veces veía dominar a algunos de sus admiradores). Si los mundanos no se inquietan por el santo, no es porque éste no sea una nota discordante con sus vidas, sino porque ya han amortiguado sus conciencias.

La actitud del mundo frente al “justo”, al hombre “de fe”, al “santo”, la reflejaron los demonios ante la sola presencia física de Jesucristo. El endemoniado de Cafarnaum, al verlo, pegó un grito que no pasó a soponcio simplemente porque los demonios no se desmayan: “¡Ah! ¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos?” (Lc 4,34). Algo parecido le espetan los endemoniados de Gerasa: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Viniste acá antes de tiempo a atormentarnos?” (Mt 8,29). “Te conjuro, por Dios, no me atormentes” (Mc 5,7). Y lo mismo el endemoniado del Tabor: “cuando lo vio, al punto el espíritu le sacudió violentamente, y cayendo en tierra se revolcaba espumajeando” (Mc 9,20).

El hombre de fe –y si es santo, más todavía–nos muestra cuán irremediablemente lejos  estamos del ideal trazado por Dios. Cuando era seminarista le oí contar a monseñor Tortolo que en una de sus visitas pastorales, mientras observaba la biblioteca del cura párroco que lo hospedaba, se percató de que no tenía vidas de santos. Preguntado por el motivo, el sacerdote tuvo la honestidad de responderle: “Es que los santos me acusan”.

Con cuánta razón decía Chesterton: “Dios ha dado a cada época la gracia de un santo capaz de contradecirla”. Los santos –la mayoría al menos, que los hay para todos los gustos– no contradicen su época gritando como energúmenos o chillando a los cuatro vientos que todos se van a ir al infierno (los del cine sí, porque aunque los santos no sean así, ése es el modo en que los patriarcas de la farándula los perciben; esas “figurachas” –como dicen los italianos– no corresponden al santo –me acuerdo de un san Juan Bautista cuya prédica me puso neurasténico incluso a mí– sino a la reacción de las tripas del director cuando piensa en los santos). Basta la amabilidad, el decoro, la sencillez, la pureza, el silencio y la humildad, para que los impuros, los barulleros, los sindios, y los frívolos se sientan juzgados. Es como el chiste del sordo que se había robado el lechón que el vasco Bañueta estaba engordando para Año Nuevo. A la mañana siguiente, cuando el vasco todavía no se había enterado de la pérdida, vio al sordo de lejos y lo saludó como siempre, con la mano levantada y su vozarrón de barítono: “¡Egun on!” (“¡Buen día”!). Y desde la otra vereda el sordo le respondió: “¡¡¡¿Qué chancho?!!!”

Así son los juicios de los que juzgan sin juzgar. ¿Tengo yo la culpa si por llegar puntual, los atrasados se sienten como si los dejara offside?

La carta a los Hebreos, tras evocar las torturas y martirios que el mundo impuso a los hombres de fe, dice de éstos: “el mundo no era digno de ellos” (11,38). Éste tiene conciencia de la imposible coadaptación entre él y el hombre de fe. Capta con mucha claridad la diversidad irreconciliable que profetizó el manso Jesús: “el mundo os odia” (Jn 15,9). Sus palabras: “No he venido a traer la paz sino la espada” (Mt 10,34), deben ser interpretadas en ese mismo sentido.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

26-05-2016

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