No errar la lectura de la Historia (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

cristo

A los inquietos tesalonicenses, les escribía el admirable san Pablo (un autor que diariamente continúa llenándonos de consuelos en este valle de lágrimas): “os convertisteis a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, a quien resucitó de entre los muertos y que nos salva de la Cólera venidera” (1Tes 1,9-10).

Si no estamos leyendo mal, el Apóstol dice que nos hemos convertido a Dios “para” servirlo y “para” esperar la Segunda Venida de Cristo. De lo primero muchos somos conscientes, aun cuando debemos reconocer que estamos lejos de vivir con rigurosa consecuencia esta verdad. Pero de lo segundo… no sé si sumamos tantos. Me refiero a esperar ese Regreso de Cristo como manda nuestra fe y como hacían los primeros cristianos: con deseo (y hasta “haciendo fuerza” con la oración para que no demore tanto), pero también con las barbas puestas en remojo (por si las moscas…). Están, sí, aquellos que lo hacen de modo heterodoxo, embarcándose en expectativas apocalípticas y más preocupados por saber la fecha exacta que por vivir la mística de la auténtica esperanza.

Lo cierto es que el Fin de la Historia es objeto y contenido de nuestra fe, y vivir como cristianos significa mirar constante e interiormente esta vuelta del Señor. Decía Castellani: “Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe. Es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el símbolo de los Apóstoles y cantamos en la Misa Solemne. «Et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos»” (en: Cristo, ¿vuelve o no vuelve?). Y también: “El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación” (ibídem). En otra obra lo llamó “dogma primero y último de la fe cristiana” (Conversación y crítica filosófica). Pero, entre los muchos lugares donde este auténtico maestro argentino trató del asunto, el que más me gusta citar de vez en cuando, es aquel de Los papeles de Benjamín Benavides, en el cual afirma que creer en su Segunda Venida es necesario para creer en Cristo, y es distintivo de la auténtica fe en Cristo:

“¿Qué pasa hoy? Antes para reconocer a Cristo bastaba creer que había venido; hoy es necesario creer que ha de volver…

­—¿Cómo? -dije yo-. ¿No da lo mismo?

—No ­­–dijo Benya–; que Cristo ha venido hoy no es dificultoso conceder; hasta mi amigo Jácome, el que vio usted días pasados conmigo, y todos los judíos, reconocen a Cristo como un gran hombre de nuestra raza, y Bergson dice que no hay dificultad en llamarle Dios y Renan y Rousseau y Víctor Hugo y Samuel Butler y los modernistas dicen que fue Dios en cierto modo -sin concretar mucho si ese modo es el de Arrio, el de Nestorio, el de Mahoma o el de Dante y Tomás de Aquino. Eso de llamar Dios a Cristo no distingue hoy más a los cristianos de los herejes: éstos hoy día no tienen reparo en hacerlo pero han enturbiado el nombre; se ha gastado el cuño de la moneda. Lo que distingue a los verdaderos cristianos es que esperan la Segunda Venida…”

Y para no cansar menciono, al fin, el pasaje de su traducción y adaptación del libro del P. Florentino Alcañiz (La Iglesia Patrística y la Parusía), donde anota al final de la recolección de textos del Apocalipsis: “Estos últimos capítulos del Apokalipsi o «Revelación» (que eso significa esa palabra) contienen la profecía de la Parusía o Segunda Manifestación de Cristo, la del Juicio Universal y la Trasmutación de «la Tierra y el Cielo» expresada por medio del símbolo de la «Nueva Jerusalén»: vale decir, contiene el punto más importante de la Revelación de Dios por el Cristo, y el foco a donde toda la Dogmática Cristiana converge. De ahí que interpretar bien o mal esos capítulos tiene una importancia capital… Es más importante audeo dicere que los Mandamientos. Toda la interpretación de la Escritura, y por tanto toda la visión de la economía divina de la Redención cambia radicalmente según se interprete alegóricamente o bien literalmente el Capítulo XX”.

Por tanto, punto de convergencia de los demás misterios, principio hermenéutico para entender el sentido del resto de la Escritura, clave interpretativa de la economía salvífica, es decir, de la teología de la Historia. Vale, pues, la pena, dedicar un poco de tiempo durante este Adviento, en el cual los textos litúrgicos católicos una y otra vez nos mencionan las dos venidas de Cristo entrelazadas (la primera en la Encarnación y el Nacimiento, y la última, en Juicio y Majestad), a meditar esta verdad que nos enseña a estar bien parados en la Historia. Y más en estos momentos de la Iglesia, cruciales bajo tantos aspectos. Es necesario saber cómo maneja Dios la pluma de la Historia, para no errar la lectura.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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