El sacerdote, Cordero crucificado (P. Miguel Á. Fuentes, IVE)

corderocrucificadoCamino al Monte Moria el joven Isaac, viendo que llevaban la leña para el sacrificio, el cuchillo y el fuego, preguntó de modo inocente a su padre: “Padre, ¿dónde está el Cordero?”. Y Abraham le contestó: “Dios proveerá el Cordero”. Sin Cordero, es decir, sin Víctima, no hay sacrificio. Y sin sacrificio no hay redención. Por eso tenía razón Abraham: Dios proveerá el Cordero. Estas palabras se convirtieron en una profecía. Una profecía de cumplimiento en tres tiempos.

Primer tiempo: sobre el Moria. Viendo Dios que Abraham no le había negado en su corazón ni siquiera a su propio hijo, detuvo su mano pronta al sacrificio, y le mostró, enredado en unas zarzas un cordero. Dos corderos, pues, sobre el Moria: el animal cordero, e Isaac, que fue cordero espiritual, sacrificado en el corazón de su padre.

Segundo tiempo: sobre el Calvario. Juan dijo, al ver a Jesús: “Ese es el Cordero que quita el pecado del mundo”. Ese es el Cordero. Y este Cordero fue sacrificado por nuestros pecados sobre el Calvario.

Tercer tiempo: los corderos que a lo largo de la historia Dios suscita como nuevos Cristos. Todo sacerdote es Cordero porque es “alter Christus”, otro Cristo y otro Cordero. Es decir “Víctima”.

Suena muy duro -diría escandaloso- para muchos oídos, una afirmación tal. Todo sacerdote es elegido para ser Víctima. Y ser víctima significa ser carne de cañón, pan mordido, vergüenza y desprecio de las gentes.

Si ante las palabras de Cristo que prometía dar su carne por comida y su sangre por bebida, la mayoría de quienes lo escuchaban dijeron “¡Duras son estas palabras; ¿quién puede escucharlas?”!… no quiero imaginarme qué dirá el mundo ante estas que nos hablan de una elección para la muerte.

El mundo, precisamente, el mundo que huye del sacrificio, del dolor, del sufrimiento, que disfraza la muerte y oculta la enfermedad y aceita las cruces para que sean ligeras… ¡Qué puede entender de dolor y sufrimiento!

Y sin embargo, todo sacerdote es Cordero. Y para eso ha sido elegido y ordenado.

Porque ha de morir en monte,

en el monte está el Cordero,

para ver, pues dio la hostia,

el cáliz donde le ha puesto…

Así escribe Lope de Vega, hablando de la Oración del Huerto. Para morir sube Cristo al Monte: al monte de las bienaventuranzas, al monte de los Olivos y al monte del Calvario. También para morir -para morir con Cristo- ha sido puesto sobre un monte el sacerdote de Cristo. “Entonces Tomás, llamado el Dídimo, dijo a los otros discípulos: Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16).

El monte del sacerdote es el Altar. Si sube al altar es porque va a ser crucificado. Va a morir. ¿De qué manera?

El sacerdote es crucificado por el mundo que no lo comprende y lo ridiculiza. Se burlaron de Cristo, lo trataron de loco, de soñador, de grotesco. Incluso de persona peligrosa. Jesucristo fue una persona socialmente molesta. Es muy molesta una persona que nos recuerda que estamos obrando mal, que nos dice que no debemos hacer lo que debemos hacer, que nos señala los errores y los pecados. A San Juan Bautista le costó la cabeza. “No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano”, le dijo a Herodes. La mujer del hermano de Herodes no tardó mucho tiempo en sacarse del medio esa “conciencia viviente”. Lo mismo pasó con Jesús. Lo mismo pasa con el sacerdote. No con todos, evidentemente, sino con los que viven según el Evangelio. Los sacerdotes que viven según el mundo no son un peligro para el mundo, pero tampoco son auténticamente sacerdotes. Son sal que no sala y luz que no alumbra. No son capaces de desafiar al mundo, y por tanto, no son molestos para el mundo, pero tampoco pueden salvar al mundo.

No quiere decir esto que el sacerdote deba ser un fanático alterado, un predicador de calamidades, un acusador irreflexivo. Todo lo contrario. De estos el mundo no se cuida, porque le queda la tranquilidad de que efectivamente se trata de un loco en serio. El problema son los otros, los santos. Los que son una acusación por su misma santidad. Jesús fue la suma misericordia, la dulzura en sus gestos y en sus parábolas… pero era también la personificación de la castidad, de la pobreza, de la obediencia, de la lealtad, del desinterés. Por eso los mundanos atados a sus inmundicias, a sus impurezas, a sus desenfrenos, a sus intereses económicos y a sus egocentrismos enfermizos se sentían interpelados por Jesús, aunque éste no abriera la boca.

Lo mismo sucede con el sacerdote. Por eso el mundo, es decir, los mundanos, los amadores del mundo, no puede soportar al sacerdote bueno. Les molesta. Por eso, el libro de la Sabiduría pone profética en boca de todos estos malvados aquellas palabras (Sb 2,12-20):

Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación.

Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor.

Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible,

lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños.

Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre.

Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito.

Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos.

Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza.

Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará.

Por eso el mundo lo crucificará con sus calumnias, sus difamaciones, sus burlas, condenándolo al ostracismo, tratándolo de loco, de anquilosado, de retrasado, incluso de pervertido moral, de oscurantista. Y muchos que no son mundanos pero que no saben discernir las mentiras de los mundanos les creerán y muchas veces el sacerdote se encontrará solo, abandonado y vituperado.

¿Qué diremos de él? ¿Pobre? ¿Pero no es en esos momentos cuando más se parece a Cristo? ¿No vino él también a este altar para ser Cordero? ¿No es precisamente en estos momentos en que es Cordero como el Cordero a quien representa?

Pero si esta fuera la única cruz del sacerdote no sería tanto. Hay otras cruces.

El sacerdote está crucificado por sus tentaciones. Si Cristo fue probado en el desierto por Satanás… ¿no será acaso probado el sacerdote? ¡Las tentaciones! Son duras las tentaciones, especialmente cuando ellas se dan en medio de una noche oscura. Ser tentados cuando tenemos a flor de labios la respuesta lógica contra el tentador no es gran cosa; es nada. Duro es cuando caminamos a manotazos en la noche oscura y allí aparece el tentador para sembrar sus dudas, ofrecer mejores horizontes, susurrarnos al oído cantinelas como “¿de qué vale tanto sufrimiento, porqué tantos sudores, porqué perder la única la vida que tienes, qué sucedería si cuando cierres por última vez los ojos no hay nada…?”. Y tantas mentiras más que Dios le permite para acendrar nuestra fe.

El sacerdote es tentado y muy duramente a veces, porque en el plan de Dios vale también para él aquello que dice la Carta a los Hebreos de Jesucristo: No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Hb 4,15). El sacerdote es probado en todo, para que sepa en carne propia lo que es la lucha a la que están sometidos quienes vienen a él a buscar consuelo, perdón, consejo y dirección. Él puede entender lo que le dice porque sus luchas no son muy distintas de las que enfrentan los que él debe curar, dirigir y defender.

El sacerdote también está crucificado por sus propios defectos. Él que debe santificar a otros, a veces arrastra defectos notables que lo entristecen y llagan. ¡Cuántos sacerdotes no deben hacer actos heroicos para dominar algunas de sus pasiones, para mortificar su orgullo, para vencer su pereza, para superar sus miedos! Cuántos no deben acudir al sacramento del perdón humillados bajo el peso de sus pecados. ¡No nos escandalicemos! ¿Quién escribió aquello: “Me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel  de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que lo alejase de mí. Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor 12,7-9)? ¿No fue San Pablo? ¿Y es alguno de nosotros más que San Pablo? ¿No tuvo miedo Pedro? ¿No perjuró y traicionó a Cristo? ¿No huyeron todos los apóstoles? ¿Somos más que ellos? A veces aceptamos la idea de que no hay santidad sin cruz, pero pensamos que esa cruz consiste solamente en las burlas, las calumnias o las enfermedades… Pero ¿no pueden ser también nuestros límites, nuestra impotencia de vencer de una vez para siempre nuestros desordenes interiores?

Finalmente están las cruces que vienen de los propios fracasos y limitaciones. El sacerdote es otro Cristo, pero no es Cristo. Siempre debe tener presente que él no es el redentor, no es quien salva. En una oportunidad Pío XII le preguntó a Mons. Fulton Sheen: “Excelencia, ¿a cuántas personas ha convertido usted?”. Y Mons. Fulton Sheen le respondió: “Santidad, no he querido contarlos, no vaya a ser que termine creyendo que los he convertido yo”. El sacerdote dejará de ser sacerdote, [mediador] en el momento en que deje de estar en el medio entre el hombre y Dios y crea que debe atraer a los hombres hacia su propia persona. Por eso Dios permite tantas veces que los sacerdotes fracasemos. Fracasamos en muchos de nuestros planes, de nuestros proyectos; vemos cómo algunos de los dirigidos a los que hemos dedicado tantos esfuerzos y oraciones se quedan a medio camino, perdemos a los que más queremos, nos dejan los que creíamos amigos… (¡qué hermosa, en este sentido, es la vieja novela de Bruce Marshall, “A cada uno un denario”). Muchos de nuestros grandes deseos se nos quedan en veleidades, o resultan palacios de arena que una débil ola aniquila en un instante. Dios lo permite para que seamos conscientes de que es Él quien salva, quien actúa… Somos instrumentos. Dios nos hace la gracia de elegirnos… pero no nos necesita; no somos imprescindibles. San Pedro Betancur, el gran apóstol de Guatemala, en pleno asentamiento de su congregación (los betlamitas) y muy joven, pues sólo tenía 41 años, murió. Druante su agonía, los Hermanos del Hospital que había fundado, entristecidos, se lamentaban de su muerte tan temprana; pero él les animaba diciendo: «Precisamente por eso he de morir, porque conviene saber, hermanitos, que a Dios nadie le hace falta». Muchas veces Dios no nos da la gracia de que nuestras empresas tengan éxito sino la gracia de lanzarnos a grandes empresas (el éxito es el habernos atrevido a luchar); los resultados son otro cantar, que a Dios, muchas veces, no le interesa.

Cuando Don Bosco fue ordenado, se cuenta que Mamá Margarita le dijo: “ahora vas a conocer lo que es sufrir”. Esa es la ley de la cruz. Y esa es la ley de todo sacerdocio verdadero y fecundo: la ley del dolor que se convierte en ley de vida.

Pero el sacerdote camina seguro en su vía crucis porque Jesús le ha dicho: No temas, Yo he vencido al mundo. Y como a San Pablo, también a él el Señor le repite día a día: Te basta mi gracia; mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza… ¡en tu flaqueza!

Dios nos conceda sacerdotes que se inmolen con el corazón unido al Corazón de Cristo.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

Un comentario:

  1. Gracias Miguel por recordárnoslo! Que Así Sea!

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