Los locos de Dios (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

 

locosA finales del siglo XVI, como reacción contra el clericalismo estatal, se multiplicaron en Rusia unos personajes muy singulares, conocidos como juródivyie, “locos” [1]. El término no tenía, empero, sentido peyorativo, sino que indicaba una categoría especial de santos: así como hay santos monjes, santos pastores, santos ermitaños… también hay santos locos.

Ante el viraje hacia el formalismo que había tomado la religión, ellos eran una especie de defensores de la libertad interior y de la acción del Espíritu Santo. La Enciclopedia Rusa de Brochaus [2] define esta manera de vivir como la actitud de aquellos que, impulsados por el amor de Dios y al prójimo, adoptan una forma ascética de piedad cristiana que se llama locura por amor a Cristo. Los que la practican renuncian voluntariamente, no sólo a las comodidades y a los bienes de la vida terrena, a las ventajas de la vida en comunidad, a las riquezas familiares, sino que aceptan, además, que se les considere locos…

Es cierto que muchos que se presentaron como juródivyie eran realmente locos de atar, y la Iglesia ortodoxa rusa se vio obligada a sacar decretos prohibiendo explícitamente “que se admita en la iglesia a los jurodivyie vestidos de forma estrafalaria y grotesca” (decreto de 1732), o que se les deje gritar y hacer extravagancias para la llamar la atención. Pero también hubo muchos otros que gozaron de una santidad singular. En casi todas las ciudades rusas se venera como santo alguna de estas figuras. Un viajero inglés del siglo XVI, G. Fletscher, los describe como “hombres extraños que caminan por las calles, con la cabellera suelta  sobre las espaldas, una cadena de hierro al cuello y llevando por todo vestido un trozo de tela ceñido a los lomos” [3]. En el siglo XIV hubo dos de estos “santos” muy populares en la ciudad de Novgorod, Nicolás y Teodoro; vivían frente a frente, en una y otra orilla del río Volchov que divide la ciudad. De vez en cuando, se encontraban en el puente, se insultaban, se trababan a golpes, se echaban al agua, y luego volvían a sus casas. De esa manera daban una lección sarcástica a los ciudadanos de Novgorod quienes mantenían frecuentes altercados sobre el puente. Eran una parábola en acción.

En la oración de la liturgia eslava en honor de estos santos se reza: “Después de escuchar las palabras de tu apóstol Pablo: Hemos venido a ser necios por Cristo, tu siervo N. se hizo loco para el mundo”. En la versión siríaca de este texto, se usa la palabra “sakla”, de la que proviene “salos”, que es el nombre que se aplica en griego a este tipo de ascetas.

La existencia de estos personajes es, sin embargo, mucho más antigua. Siempre los ha habido y han cumplido una misión muy importante en la historia. Ya los profetas del Antiguo Testamento tuvieron algo de “locura”, y el más famoso de toda la era cristiana ha sido, sin duda, San Simeón Salos, es decir, San Simeón el loco.

La vida de este santo ilustra por sí sola la misteriosa misión que estos personajes han tenido en nuestro mundo [4]. Este hombre, nacido en Siria (en la ciudad de Emesa) en 522, a los 30 años se marchó al desierto con un compañero poniéndose al servicio del abad Nicón. Allí llevó vida de duro ascetismo por 30 años más. A los 60 años invitó a comer a su compañero y tuvo con él esta interesante conversación:

–Padre y hermano mío, he pensado que aquí ya no adelantamos nada, y que es mejor volvernos al mundo para salvar almas.

Juan le escuchaba con asombro y meneaba la cabeza, pero Simeón lanzaba como flechas un cúmulo de textos paulinos, que durante los días anteriores habían girado por su cabeza.

–Me temo –dijo al fin Juan– que Satanás ha tenido envidia de nuestro reposo, y ha venido a meterte en esta peligrosa aventura.

–Nada temas, hermano –replicó Simeón–; no salgo por mi propia voluntad, pues aquí soy feliz; es Dios quien me envía.

–Oremos, no obstante, amigo mío –volvió a decir su compañero–; porque el padre de las tinieblas es muy astuto, y a veces toma la figura de un ángel de luz.

Y oraron toda la noche, y ya amanecía cuando Juan se levantó y con los ojos arrasados en lágrimas, dijo a su amigo:

–¿Cuál es tu proyecto?

Jugar con el mundo –replicó Simeón.

–Vete, vete, hombre de Dios –dijo Juan–. Dios tiene muchos caminos para confundir la sabiduría de este mundo.

 

Simeón se presentó en la sociedad haciéndose pasar por loco; y un loco de atar. Para que se burlaran de él llegó a pasearse por las calles arrastrando un perro muerto; iba los domingos a la Iglesia, con las alforjas llenas de nueces y con asombrosa puntería apagaba las velas del altar, o tiraba las nueces en la cabeza de las feligresas; iba por las tabernas y él era quien dirigía los brindis e invitaba a todos a beber, pero cuando el público estaba más entusiasmado empezaba a decir, sin que nadie pudiese discernir si era en serio o en broma: “Sois unos borrachos; bebed, bebed pronto, porque todos estáis destinados al infierno, donde la sed será vuestro tormento”. Sin entender por qué, muchos borrachines se curaban de espanto. Cuando las mujeres más copetudas estaban en la plaza, él iba y delante de todas, para escandalizarlas, se ponía a hablar con las mujeres de mala vida y las llamaba “sus amigas”; pero sin que nadie entendiese cómo, muchas de esas amigas, pocas semanas después se iban a los monasterios del desierto a hacer penitencia de por vida. Un día entró en un teatro y de una pedrada le quebró una mano a un actor que estaba por hacer un gesto obsceno, arruinando la función; pero al día siguiente se apareció en su casa y le dijo:

–¿Quieres sanar?

–Sí –respondió el enfermo.

–Pues prométeme que no has de volver a pisar las tablas.

El cómico prometió lo que se le pedía, y Simeón lo curó haciendo sólo la señal de la cruz.

Cuando la gente empezaba a sospechar que no era tan loco, sino santo, se las ideaba para aumentar su fama de desquiciado, con cosas realmente extravagantes. Pero en medio de sus excentricidades se las ingenió para combatir a los herejes, convertir a los pecadores y hacer entrar en razones a los extraviados.

Sólo el día de su muerte, cuando la gruta en la que vivía como un animal apareció inundada de luces y cánticos misteriosos, la ciudad supo que Simeón era la única persona cuerda del vecindario.

También en Occidente se conoció este modo de santidad, aunque pocos lo perciban. El santo más popular y querido, fue un santo tenido por loco: “San Francisco –dicen las Florecillas– vestía todavía de seglar, si bien había ya roto con el mundo, y se presentaba con un aspecto despreciable y macilento por la penitencia; tanto que muchos lo tenían por fatuo y lo escarnecían como loco; sus propios parientes y los extraños lo ahuyentaban tirándole piedras y barro; pero él soportaba pacientemente toda clase de injurias y burlas como si fuera sordo y mudo”. Uno de los primeros compañeros de San Francisco, Fray Bernardo, fue enviado a Bolonia para predicar. “Al verle los muchachos con el hábito raído y basto, se burlaban de él y le injuriaban, como se hace con un loco; y el hermano Bernardo todo lo soportaba con paciencia y alegría por amor de Cristo. Más aún, para recibir más escarnios, fue a colocarse de intento en la plaza de la Ciudad; cuando se hubo sentado, se agolparon en derredor suyo muchos chicuelos y mayores; unos le tiraban del capucho para atrás, otros hacia delante; unos le echaban polvo, otros le arrojaban piedras; unos lo empujaban para un lado, otros para el otro”.  El resultado fue que “un sabio doctor en leyes” se convirtió “viendo tanta constancia y virtud”.

Estos santos tan particulares, han sido como la conciencia de la sociedad. Los que, con sus paradojas, obligaban a pensar en serio. Como ocurrió en 1570, cuando Iván el Terrible consiguió someter la ciudad rebelde de Pskov y estaba decidido a tomar duras represalias. Al salir de la Iglesia se le presentó el juródivyi Nicolás y le ofreció carne cruda para comer. Iván le respondió: “Soy cristiano y no como carne en Cuaresma”. A lo que Nicolás le replicó: “¡Pero sí te bebes la sangre de los cristianos!”. Así salvó la ciudad.

No hace falta ir tan lejos para encontrar estos locos, pues loco consideraron a Jesucristo; “Muchos de [los judíos]… decían [de Jesús]… está loco” (Jn 10,20); incluso “los parientes… decían: está fuera de juicio” (Mc 3,21).

Cuando San Pablo intentó explicar su doctrina ante el procurador Festo y el Rey Agripa, “Festo le interrumpió gritándole: Estás loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hch 26,24). Por eso, a los Corintios les escribía: “¡Vedme aquí hecho un loco!” (2Co 12,11). Pero también aclaraba: “Si hemos perdido el juicio, ha sido por Dios” (2Co 5,13). “Nosotros, [somos considerados] locos por seguir a Cristo” (1Co 4,10).

Y nosotros no debemos considerarnos excepciones, porque ha dicho el mismo Apóstol: “Ha escogido Dios lo más loco del mundo” (1Co 1,27). Y no hay otra vía para vivir en plenitud la santidad: “Si alguno se cree sabio… hágase loco, para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es locura a los ojos de Dios” (1Co 3,18).

San Ignacio, poniendo ante nuestros ojos, la “locura” con que los mundanos tacharon a Cristo, nos hace pedir: “por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (San Ignacio, Ejercicios Espirituales, 167).

Hay, pues, tres clases de locura. Hay una locura que no dice nada ni a favor ni en contra de la vida eterna; es la demencia de los enfermos. Hay otra locura que es pecado; ésa es la necedad que tan duramente reprueba la Sagrada Escritura. Y hay una locura que es suma sabiduría y condición de santidad perfecta.

El loco es el que ha perdido la razón. Y la locura se manifiesta por los juicios disparatados. Juicios que no encajan en la realidad. Loco es el que distorsiona las cosas que ve; el que ve dragones donde hay ratones. Loco es el que cree ver lo que no existe y no ve lo que tiene delante… Pero, desde este punto de vista, un hombre de sano juicio, encerrado dentro de un manicomio será considerado él como loco pues el mundo real que percibe con sus sentidos íntegros, ninguno de los verdaderamente locos lo ve.

Se comprende así por qué la locura es el mote que acompaña siempre y necesariamente a la santidad.

El mundo está trastornado por el pecado de necedad. “Stultorum infinitus est numerus”: el número de los necios es infinito, dice el Eclesiastés (1,15).

Sólo el santo ve lo que el mundo no puede ver. Decirle, pues, al mundo, las cosas que el mundo no ve, es condenarse a ser tenido por loco. Loco por Dios y por Cristo.

El mundo cree estar en la cumbre de las conquistas; el santo lo ve sumergido en el caos del espíritu.

El mundo cree haber llegado a la cresta del señorío; cree tener en sus manos el poder sobre la materia y el hombre… El santo lo ve pendiente de la misericordia de Dios, como un elefante colgando de un hilo.

El mundo cree estar a un paso de beber en las fuentes de la inmortalidad… El santo lo ve masticando, desde el comienzo de los tiempos, el mismo árbol de la muerte.

El mundo se cree una cosa seria… Y el santo se ríe de la ridícula bufonada que representan los hombres de nuestro tiempo.

El santo es loco porque necesariamente desafía todos los criterios mundanos. Por eso juzga bien, porque juzga al revés del mundo; y el revés del mundo es el derecho de las cosas. Como un Don Quijote, el santo, ve grandes damas en las simples muchachas de aldea, caballeros en los cuidadores de chanchos, y ve en el fondo los enemigos que se esconden bajo figura de molinos de viento. En pocas palabras, ve ángeles y demonios y ve lo invisible moviendo a lo visible. Así son los locos “divinos”: tratan a los reyes y magnates de la tierra como un  almacenero atendería a su cliente de todos los días… y luego consagra su vida a asistir discapacitados o a dar de comer a los menesterosos, con más dedicación de la que presta una madre a sus hijos carnales.

¿Por qué motivo ve las cosas así? El “loco de Dios” es un hombre en quien se da una actuación eminente del don de ciencia. Es este don el que produce la visión del mundo que acabamos de describir. El don de ciencia nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Gracias a este don, el hombre en lugar de verse tentado a absolutizarlas, a hacer de ellas ídolos de barro, no las estima más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida (Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, 9, 4).

El don de ciencia hace descubrir “el sentido teológico de lo creado”; es decir, ve las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios. Pero ve al mismo tiempo la infinita distancia que separa las cosas del Creador; ve su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando hace de ellas mal uso en el pecado. Y ve el ridículo que hacen los hombres amando mal las cosas.

El don de ciencia, por eso, mostrando la caducidad de las cosas, nos desprende de ellas. Nos hace decir con San Juan de la Cruz: “todas las criaturas son como si no fueran delante de Dios” (Subida, I, 4, 3). Por el don de ciencia, decía Philipon, “el alma pasa por las criaturas sin verlas, para no detenerse sino en Cristo… El conjunto de todas las cosas creadas, ¿merece siquiera una mirada para aquel que ha sentido a Dios, aunque no sea más que una sola vez?”.

Por este don de ciencia, Teresa de Jesús escribiría, después que doña Luisa de la Cerda, viendo enferma a la santa, trató de alegrarla mostrándole hermosas joyas de oro y piedras: “Yo estaba riéndome entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres, acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor” (Vida, 38,4.).

Este don nos enseña también el arrepentimiento por nuestros errores mostrándonos la nada de las creaturas; es este don el que arranca de nuestras gargantas los gemidos de un continuo Miserere por nuestros pecados. Por eso el fruto más grande de este don es la tercera bienaventuranza: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mt 5,5). Es la bienaventuranza de las lágrimas; que produce, paradójicamente, llanto y risas, porque por el don de ciencia los santos se ríen de lo que aman los mundanos, y lloran por lo que a estos alegra.

Con esta visión de las cosas producida por la acción del Espíritu divino, el santo está totalmente loco para el mundo, porque no le importan ni los cálculos, ni el equilibrismo, ni se maneja por el “te doy para que me dés”. Vivir la santidad de modo eminente en un mundo vasallo del materialismo, y aspirar a encarnar las bienaventuranzas en un mundo que considera disparatado resignarse a la pobreza y un absurdo buscarla voluntariamente; que califica desatinado el sujetarse al prójimo por la obediencia; y que declara delirante aspirar a la castidad y a la virginidad… Esto, digo, equivale a matricularse de “loco desahuciado”. Y sin embargo, a esta “sabia locura” nos llama el Espíritu Santo. Y por eso, así como aquellos santos locos fueron en su tiempo “parábolas en acción” porque echaban sal en la llaga del mundo haciéndole reaccionar, así nuestra santidad, plenamente vivida, es la forma en que el Espíritu Santo, por el don de ciencia encarnado en nuestro modo de vivir, enseña al mundo su vanidad y su verdadera locura. ¡Qué curioso! El mundo no puede recibir los dones del Espíritu Santo porque estos suponen la vida de la gracia que es ajena al espíritu del mundo; pero Dios se las ingenia para que, a través de sus santos y reflejado en la vida de éstos, el don de ciencia les haga llegar a los mundanos, su lección de vanidades… Esto es lo que quiso decir Chesterton cuando escribió que Dios da a cada época la gracia de un santo capaz de contradecirla.

El loco de Dios o loco por Cristo es “el garante de la cordura”. O más: el último reducto de la cordura. Si Juan de los Reyes dijo “loco debo ser si no soy santo”, vale también este otro giro: “y loco debo ser para ser santo”.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

NOTAS:

[1] Cf. Špidklik, Tomás, S.J., Los Jurodivyie. Los locos por Cristo, en: “Cuadernos de espiritualidad y teología”, n. 8, Santa Fe (1994), 25-32; Idem, Fous pour le Christ, en: Dictionaire de Spiritualité, V, cols. 752-661.

[2] Vol. 41, San Petersburgo, 1904, p. 421; citado por Špidklik, loc. cit.

[3] G. Fletscher, Of The Russian Common Welth, Londres 1591, c. 21; citado por Špidklik, loc. Cit.

[4] Saco los datos de la breve pero hermosa vida escrita por fray Justo Pérez de Urbel, Año cristiano, III, Ed. Fax-Poblet, Madrid-Buenos Aires, 1944, pp. 7-19.

Un comentario:

  1. Luis Cesar Fernandez

    La cordura del loco que proviene de la sabiduria de lo alto, nos interpela cuando nos amoldamos a los criterios del mundo y de cierto que cuando asumimos nuestra verdadera ciudadania, como extranjeros y desterrados ( parroquia), nuestros mismos parientes, madre, padre, hermanos, colegas, tambien hoy nos llaman asi, locos.

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