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Lo que hay que decir, ya está dicho (P. Miguel Fuentes)

ninaA quienes han introducido en nuestra sociedad el lamentable (*) debate sobre el aborto (si se quiere, sobre “algunos aspectos” del aborto, como su “despenalización, que es lo mismo, pues se trata del aborto al fin de cuentas), vendría muy bien no solo leer —o releer, según los casos—, sino meditar serenamente el párrafo más solemne de todo el Magisterio católico sobre este tema.

Lo escribió san Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae, después de una amplia exposición de la doctrina no solo católica sino también racional sobre el tema en cuestión (porque esto no es materia de fe, ni de religión, aunque la fe y la religión puedan arrojar más luz a la que ya aporta la razón humana, siempre y cuando esta no haya sido anegada en el diluvio asolador de las ideologías). No se puede leer este parágrafo sin percibir la gravedad con la que está redactado, ni sentir el peso de cada frase y de cada palabra:

“Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cf. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 25).

La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. «Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546)” (Encíclica Evangelium vitae, n. 57).

 

Permítanme señalar los puntos más densos:

  1. El Santo Padre hace referencia a la autoridad con la que habla: (a) es la autoridad que ha recibido de Cristo, como sucesor de Pedro; y (b) habla, no en soledad, sino en comunión con los Obispos de la Iglesia católica. ES TODA LA IGLESIA LA QUE HABLA, Y CRISTO EN ELLA Y POR ELLA. No es católico ni puede considerarse tal, quien mira para otro lado, o hace como si oyera llover.
  2. La doctrina que afirma está fundamentada en la ley que todo hombre lleva grabada en su corazón. Todo hombre: el cristiano y el pagano, el niño y el anciano, el argentino que viaja colgado de un vagón de tren y el político que va a tomar café con custodia policial; el médico y el lustrabotas.
  3. No es una doctrina que solo se alcanza por la fe. Pero la Revelación divina la CORROBORA, como podemos constatarlo abriendo y leyendo la Biblia (lo que todo católico debería hacer antes de abrir la boca o levantar su mano para dar su voto).
  4. Esa misma doctrina ha sido TRANSMITIDA por la Tradición de la Iglesia. Es parte de la Tradición; es la mente de la Iglesia.
  5. Y ha sido ENSEÑADA por el Magisterio ordinario y universal. A ver si entendemos bien. Decir que es enseñanza del Magisterio ordinario y universal (además de apelar a Sagrada Escritura y la Tradición) es afirmar que es VERDAD INFALIBLE. Por si alguno no le resulta claro, el Papa cita como apoyo la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II; y concretamente su n. 25, que dice precisamente eso: que “la infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro”. Cuando una verdad ha sido infaliblemente enseñada, DUDAR DE ELLA, o AFIRMAR LO CONTRARIO (en este caso: que es lícito abortar, o que hay un derecho a abortar), ya no es cuestión de moral, sino de fe. El que obra contra un precepto moral es un pecador; el que obra contra la fe en materia grave, es un hereje.
  6. La verdad que el Papa repite (“confirma”, dice él) es: “QUE LA ELIMINACIÓN DIRECTA Y VOLUNTARIA DE UN SER HUMANO INOCENTE ES SIEMPRE GRAVEMENTE INMORAL”. SIEMPRE. No hay excepciones. No hay casos que se deberían contemplar. No se hacen salvedades homicidas.
  7. Por las dudas, el Papa precisa más: “nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno”. NI COMO FIN (por desprecio del niño, de la maternidad, por estar afectado por una patología, por ser discapacitado, por no haber sido deseado, por ser fruto de una violación injusta…). NI COMO MEDIO (para salvar la vida de la madre, para evitar una maternidad penosa, para conseguir votos en la próxima campaña, para poder entrar en negociados internacionales, o para recibir subsidios de los organismos que lucran con la muerte de los argentinos indefensos, o que sencillamente no quieren que nuestra Patria siga dando héroes como los 44 marinos que nos vigilan desde el fondo del océano, ni maestros que se desgastan ignorados en las escuelas de barro y paja de nuestros campos y punas, ni médicos de los que nunca medran porque no venden su conciencia, ni…).
  8. El aborto es por eso, dice también el Papa, UNA DESOBEDIENCIA GRAVE. ¿A qué o a quién? A la LEY MORAL, y a DIOS, su autor y garante.
  9. Y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. Fundamentales, las llama. Quiere decir que sin ellas no hay verdadera sociedad. Sin ellas no somos pueblo, ni nación, ni patria. Sin justicia (la que es para todos, no para algunos; todos: incluidos los que están por nacer) no seríamos más que cipayos. Sin justicia y sin caridad, no hay Argentina. Habría una masa amorfa sin identidad, sin esqueleto, sin consistencia, sin ideales comunes. No tendríamos un proyecto común y una raíz común. No seríamos más que un conglomerado de simpatizantes del mismo equipo de fútbol, capaces de unirse solo cada cuatro años, siempre y cuando la FIFA le continúe organizando campeonatos mundiales. ¿Querrán precisamente eso quienes destruyen la justicia y la caridad?
  10. NADIE PUEDE AUTORIZAR LA MUERTE INJUSTA DE UNA PERSONA HUMANA. No importa cuántos días de vida tenga, qué calidad de vida posea, cuántos milímetros o centímetros mida, que pueda hacer o no pueda hacer.
  11. NADIE PUEDE PEDIR ese “GESTO HOMICIDA” (es del Papa Juan Pablo el duro epíteto).
  12. NADIE PUEDE CONSENTIRLO NI EXPLÍCITA NI IMPLÍCITAMENTE. Ojo a los tibios y cobardes que con su silencio, o indolencia, entran en la última categoría.
  13. NINGUNA AUTORIDAD PUEDE LEGÍTIMAMENTE IMPONERLO NI PERMITIRLO. Y esto vale para los senadores, diputados, legisladores, asesores, y también para el Sr. Presidente de la República.

 

Creo que NADIE PODRÍA DECIR ALGO MÁS SERIO, FUERTE, DEFINITIVO Y CONMINATORIO. NI DE MEJOR MANERA.

 

(*) Lo adjetivo de “lamentable” porque, por cuanto se puede leer a continuación, siendo la vida un derecho fundamental de la persona, desde que es persona, es decir, desde su concepción hasta su muerte natural, no puede estar sujeta a debate.

 

P. Miguel Ángel Fuentes

16-III-2018

2 comentarios:

  1. Gracias Padre por darnos luz en medio de tanta oscuridad…!!!! Dios bendiga su mison..

  2. No estoy de acuerdo con la despenalización del aborto.

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