76 views

Lecciones de ética profesional (II. Hablar del Bien o dejarse transformar por él)

II. HABLAR DEL BIEN O DEJARSE TRANSFORMAR POR ÉL

 

 

simoneweil“No es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor a Dios. Ahí no es posible ningún engaño. Hay falsas imitaciones del amor a Dios, pero no de la transformación que él realiza en el alma, porque la persona no puede tener ninguna idea de esta transformación más que si ella misma pasa por ella […] Según la concepción de la vida humana expresada en los actos y las palabras de un hombre, sé (quiero decir que sabría, si tuviera discernimiento para ello) si ve esta vida desde un punto de vista situado en este mundo o desde lo alto del cielo. Por el contrario, cuando habla de Dios, no puedo discernir (aunque a veces sí puedo) si habla desde dentro o desde fuera […] El valor de una forma de vida religiosa o, más generalmente, de una forma de vida espiritual, se aprecia por la intensidad de la luz proyectada sobre las cosas de este mundo […] Las cosas carnales son el criterio de las cosas espirituales. Esto es lo que generalmente no queremos reconocer, porque tenemos miedo a un criterio. La virtud de una cosa cualquiera se manifiesta fuera de ella”.

(Simone Weil, Escritos esenciales).

 

La luz de un texto

El texto apenas reportado fue escrito por alguien muy especial. Porque Simone Weil, que nació en París, 1909, y murió a los 34 años en Inglaterra en 1943, era judía e izquierdista a su manera. Muy preocupada por los problemas sociales, muy patriota aunque a veces alineada en causas equivocadas, brillante en lo intelectual. Mantuvo contacto con grandes personalidades de su época tanto de la política como de la filosofía, de izquierda y católicos; fue acercándose a la Iglesia católica de modo tempestuoso; fue gran amiga de algunos sacerdotes, luchadora tenaz por los derechos humanos, de conducta personal intachable (la llamaban “la virgen roja”, por esa extraña mixtura de moral intachable e ideas socialistas). En sus escritos encontramos pensamientos profundísimos sobre muchas cosas, especialmente sobre Dios, la gracia, la oración; no siempre acertados, pero cuando acierta deslumbra. Al parecer durante su vida no quiso dar el paso de entrar en la Iglesia; pero en 1988, su mejor amiga reveló que en el lecho de muerte Simone le pidió que la bautizara y así lo hizo (incluso le había dado instrucciones para que lo hiciera si entraba en estado de coma durante su enfermedad). Por respeto a la familia judía, su amiga guardó silencio sobre este asunto durante más de cuarenta años. Fue admirada, y con razón, por muchos pensadores católicos, como Gustave Thibon, para quien ella trabajó un tiempo. Una mujer extraordinaria porque representa la búsqueda de Dios en bruto, desde la nada; se hizo sola y tuvo, al parecer una experiencia mística de Cristo, comprendiéndolo a través de su sufrimiento. No todos sus pensamientos son plenamente católicos, pues hay que estar atentos a las diversas etapas de la vida en que fueron escritos; para leerla hay que saber discernir. Castellani dijo de ella que fue “una mística en estado salvaje”; definición que le cuadra muy bien.

Cuando leí por vez primera el texto que cité más arriba, anote a su lado: “vale más que mil sermones”. Sigo pensando lo mismo. El texto vale un curso entero (Este texto está en: Weil, Simone, Escritos esenciales, Santander 2000, 132-134).

Criterio infalsificable

“No es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor a Dios”.

Este es el centro de la cuestión. Es decir, la verdadera relación que tenemos con Dios en nuestro corazón no se pone en evidencia tanto cuando hablamos de Dios como cuando juzgamos y hablamos de las demás cosas; porque es fácil hablar de Dios como uno que cree en Dios y lo ama, pero todo esto se desvanece cuando hablamos de las cosas terrenales (de nuestros negocios, amores, amigos, trabajo, estudio, profesión, problemas…) si el corazón no ha sido realmente transformado. Nos puede pasar lo que al rey de Francia que decía hablando del predicador de la corte: “cuando lo oigo predicar tiemblo, pero cuando lo veo comer respiro tranquilo”.

“Hay falsas imitaciones del amor a Dios, pero no de la transformación que él realiza en el alma, porque la persona no puede tener ninguna idea de esta transformación más que si ella misma pasa por ella”. Los falsos místicos y los que se creen católicos o pretenden hacen creer a otros que lo son, imitan, representan una obra. Pero eso no es necesariamente espejo verdadero de su fe. Jesús dijo “el que me ama guardará mis mandamientos” (Jn 15,10). San Juan en su primera carta repite de diversas maneras estas palabras: “Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en Él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él. Quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él” (1Jn 2,4-6).

Hoy en día muchas personas se autodefinen católicos o cristianos, y están convencidos de serlo y de tener derecho a llevar ese nombre, incluso si, como ocurre a menudo, no viven como tales, o, incluso, rechazan la doctrina católica.

Simone nos ayuda a comprender que la ciencia sobre Dios, o las palabras que decimos sobre Él, pueden ser lecciones aprendidas en los libros, escuchadas en sermones…, y, al mismo tiempo, no trascender el engaño de un corazón que vive de veleidades. Como el joven rico, que debía ser probablemente un joven ensoñador. Se puede conocer mucho del cristianismo y de Dios y no ser un cristiano auténtico, cabal. Hoy tenemos muchos de estos. No son malos, como el joven rico no era malo (¡y Cristo lo miró y lo amó!). Pero él no pudo seguir a Cristo porque su mirada sobre las cosas terrenas no era la de Cristo. No tenía una mirada libre. Las consideraba demasiado valiosas, tanto como para sentirse incapaz de dejarlas para seguir a Cristo. Su mirada era una mirada esclava. No todos tenemos que dejar todo para seguir a Cristo; el religioso debe despojarse de todo; el laico debe transformar las cosas para Cristo. Pero tanto aquel como este, deben estar dispuestos a renunciar a todo cuando sea el único modo de continuar fieles a Cristo. El joven rico no se sentía capaz de tal paso, y por eso, siendo bueno, prefirió seguir su engaño. O se engañaba pensando en amar mucho a Cristo, o se engañaba en darle demasiada importancia al mundo.

En todo caso, era un muchacho esclavo.

Uno puede “hablar y cantar el amor a Dios” y engañarse y engañar (con buena o mala intención) si su amor no trasciende las palabras, los cantos, y los afectos. Tal vez sea sincero y verdadero; pero no basta para demostrar su autenticidad. No es un criterio suficiente.

Hoy estamos rodeados de católicos que creen ser tales pero no lo son. Sólo son católicos en un 20%, que es el porcentaje que ocupa, en nuestra vida, la visión o la idea que tenemos de Dios. Pero no lo son en el otro 80%, que corresponde a lo que, de aquel concepto que tenemos de Dios y del amor que decimos tener a Dios, se vuelca sobre el mundo que nos rodea. Este sí es un verdadero criterio de fe, como señaló San Juan; un criterio infalsificable. Nuestra fe nace en las alturas de la contemplación de Dios, pero luego se desborda hacia un terreno que es, todo él, lucha, batalla, heroísmo; y allí se trasluce la calidad y el temple de esa fe.

El cristiano y el mundo

El fin de este curso es que ustedes tomen conciencia de la importancia que tiene el mirar las cosas terrenas con visión de fe. Para esto la fe les tiene que transformar primero el corazón. Porque es más fácil hablar sobre las cosas del cielo repitiendo nuestro catecismo, e incluso reproducir la lección aprendida sobre las realidades terrenas que verlas, sentirlas y tratarlas como lo hace el hombre que tiene fe.

Ustedes son estudiantes, futuros profesionales. Tienen una vocación específica que consiste en juzgar, penetrar de luz, iluminar las cosas (según las diversas ramas del saber que están estudiando) con la refulgencia de las verdades divinas. Dicho de otro modo: verlas como las ve Dios y divinizarlas y cristianizarlas.

Esto no es fácil en el mundo de hoy. Porque nuestro mundo es una mentira. Jesús rezó al Padre celestial por nosotros en la Última Cena diciendo: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17,15). Y San Juan dijo que “el mundo entero yace en poder del Maligno” (1Jn 5,19).

Los cristianos que viven sólo ese 20% de fe son incapaces de iluminar desde la fe las cosas terrenas, ¡y ni siquiera son conscientes de su engaño! No saben en qué lucha están metidos, ni se dan cuenta de cuánto terreno pierden día a día. Creen amar a Dios, pero sólo son afectiva y superficialmente simpatizantes de Dios. Dios nos pide a nosotros –a ustedes– mucho más: que miren con los ojos de Dios el mundo, como lo mira Jesucristo; que juzguen con los criterios que da el Evangelio; que no se queden en las nubes mientras el Maligno avanza sin que nadie le ponga resistencia.

¿Cuántos católicos hay en nuestro país? Una gran masa se proclama tal; solemos decir que es “la mayoría”. Sin embargo, no podemos decir que el nuestro sea un “país católico”. No nos engañemos. Hace medio siglo el P. (san) Alberto Hurtado escribió un libro que escoció las conciencias de muchos de sus compatriotas, titulado ¿Es Chile un país católico? Con esta pregunta –y sus respuestas– metió el dedo en muchas llagas. ¿Y nosotros? ¿Es Argentina un país católico? Es, sin duda, un país con muchos católicos, y, hasta cierto punto, un país con ciertas reservas católicas y en el que persisten, enterradas en los mejores, fibras espirituales católicas –de esas capaces de levantarse en un momento de crisis o catástrofe. Pero me temo, y lo digo con dolor, que ya no es un país católico en el sentido cabal del término: porque no son católicas sus instituciones, ni su política, ni su economía, ni sus universidades (ni siquiera algunas que lucen el calificativo en sus frontispicios), ni sus profesores. Ni lo son los medios de comunicación, ni se educa católicamente en la mayoría de las escuelas, ni públicas ni privadas, ni son católicos sus sistemas de salud… y caminamos cada vez a que tampoco sean católicas —¡ni naturales!— sus leyes. Entiendo por “católico” lo que se guía por los criterios del evangelio. Y de esto estamos muy lejos. A la clase dirigente argentina de la generación del 1880, su coetáneo Juan Manuel Estrada la llamó “apóstata”; la nuestra es su “digno retoño”.

¿Quién tiene la culpa? No sólo los enemigos de Dios. También los que nos llamamos católicos pero sólo somos baratas imitaciones de los que hicieron grande la Patria y la Iglesia.

No tanto hablar de la fe sino con fe

La mayoría de los buenos cristianos no ha comprendido que su fe no puede reducirse a los asuntos exclusivamente religiosos. Ese fue el ariete del liberalismo decimonónico, resistido por aquella generación de católicos lúcidos, uno de los cuales, san Ezequiel Moreno, obispo de Pasto, dejó escrito en su testamento:

“Confieso, una vez más, que el Liberalismo es pecado, enemigo fatal de la Iglesia y reinado de Jesucristo, y ruina de los pueblos y naciones; y queriendo enseñar esto, aun después de muerto, deseo que en el salón donde se exponga mi cadáver, y aun en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: El Liberalismo es pecado”.

            Hemos perdido esa batalla y hoy todos somos reos de ese pecado, algunos sin saberlo. Profesamos nuestra fe en el templo y la dejamos allí, como en un perchero, esperando reencontrarnos el próximo domingo. Pero al entrar en nuestro consultorio, en nuestra aula, en el quirófano, en la oficina, en la fábrica, somos hombres de mundo, que ven las cosas como los hombres de mundo.

Quizá hablamos y escribimos como cristianos cuando hablamos de cuestiones religiosas; pero parece que nuestra fe es incapaz de influir verdaderamente sobre nuestra ciencia humana o nuestra profesión, o lo reducimos a mechar con algunas citas bíblicas o de santos nuestros discursos, como si pusiéramos cerezas a un bacalao y nos creyéramos haber hecho una torta de bodas.

No hablamos con fe ni desde la fe sobre las realidades del mundo porque nuestra alma no está transformada, como nos decía la lúcida Simone.

C. S. Lewis apuntó en una oportunidad: “Creo que si un cristiano está capacitado para escribir un buen libro, accesible a la mayoría, sobre una ciencia cualquiera, puede hacer de ese modo un bien mayor que mediante una obra directamente apologética”. Y luego continuaba explicando: “Normalmente, podemos lograr que las personas presten atención al punto de vista cristiano durante una media hora más o menos; pero cuando se marchan de la conferencia, o guardan nuestro artículo, se sumergen de nuevo en un mundo en el que prevalece el punto de vista contrario. Los periódicos, películas, novelas y libros de texto socavan nuestra obra. Mientras persista esta situación, es sencillamente imposible lograr un éxito extendido. Debemos atacar la línea de comunicación enemiga; por eso no son más libros sobre el cristianismo lo que necesitamos, sino más libros sobre otros temas escritos por cristianos, en los que el cristianismo de su autor se encuentre latente” (Lewis, C.S., Lo eterno sin disimulo).

Y lo remachaba de este otro modo: “Es poco probable que un libro sobre hinduismo socave nuestra fe. Pero si cada vez que leemos un libro divulgativo de Geología, Botánica, Política o Astronomía, descubrimos que sus implicaciones son hindúes, sí podríamos sentirnos sacudidos. No son los libros escritos en defensa del materialismo los que hacen materialista al hombre moderno, sino los postulados materialistas contenidos en los demás libros. De igual modo, tampoco serán los libros sobre el cristianismo los que realmente inquieten al hombre moderno; en cambio, se inquietaría si cada vez que necesitara una introducción popular y barata a una ciencia cualquiera, la mejor del mercado fuera la escrita por un cristiano”.

Por tanto, es importantísimo que se den cuenta que no harán más bien a nuestros prójimos escribiendo más libros sobre la fe y la religión o hablando sobre la fe y la religión (eso debemos hacernos nosotros, los religiosos, a tiempo y a destiempo, y ustedes los profesionales laicos, cuando la oportunidad lo requiera), sino cuando sean capaces de mostrar que cuando se busca al mejor psicólogo, al mejor médico, o al mejor educador y profesor de matemáticas, siempre se topan con un católico que se toma en serio su fe; y cuando quieren el mejor libro de pedagogía, de física, de psiquiatría, de historia o de filosofía, deben recurrir inevitablemente al escrito por un católico, porque es su fe y su fidelidad la que lo obligan a ser honesto con la verdad, a ser profundo, a ser luminoso.

Transar con el sistema

Finalmente, hoy muchos profesionales que creen ser católicos, transan con la mentira, con el poder, venden su profesión y su honra, comercian con la sangre de sus hermanos e hijos. A esto, técnicamente le dicen: “entrar en el sistema”. Nunca olviden que “el sistema” es lo que san Juan llamaba “el poder del Maligno” (cf. 1Jn 5,19).

No es fácil, especialmente, para los más flojos, hacer frente, a pie firme, a la tentación de hacer lo que hacen todos; sobre todo si la fidelidad a la conciencia acarrea desventajas económicas y profesionales. Pero eso es, precisamente, lo que Dios espera de nosotros, y a lo que apuntan estas sencillas lecciones. El programa de trabajo y el objetivo profesional al que aspiramos es el que hemos ya enunciado: hablar de las cosas terrenas como quien ha sido transformado por las divinas. Iluminar con el Evangelio el pequeño mundo que nos toca a cada uno de nosotros; juzgar con criterios de fe todas las cosas, defender el valor inviolable de la conciencia cristiana y vivir los mandamientos divinos en el campo que nos toque.

Si alguno me cuestiona: ¿y esto qué tiene que ver con la “ética profesional”? Esto es precisamente ética profesional. Lo demás es aprender leyes, y la ley sin espíritu es algo muerto y mortífero.

Deja un comentario