Lecciones de ética profesional (III. Formarse verdadera y profundamente)

III. Formarse verdadera y profundamente

 

 

San Agusti

“(…) Estudiaba yo entonces (…) los libros de la elocuencia, en la que deseaba sobresalir con el fin condenable y vano de satisfacer la vanidad humana. Mas siguiendo el orden usado en la enseñanza de tales estudios, llegué a un libro de un cierto Cicerón, cuyo lenguaje casi todos admiran, aunque no así su fondo. Este libro contiene una exhortación suya a la filosofía (…) Semejante libro cambió mis afectos (…) De repente apareció a mis ojos vil toda esperanza vana, y con increíble ardor de mi corazón suspiraba por la inmortalidad de la sabiduría, y comencé a levantarme para volver a ti (…) ¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía en deseos de remontar el vuelo de las cosas terrenas hacia ti, sin que yo supiera lo que entonces tú obrabas en mí! Porque en ti está la sabiduría. Y el amor a la sabiduría tiene un nombre en griego, que se dice filosofía, al cual me encendían aquellas páginas. No han faltado quienes han engañado sirviéndose de la filosofía, coloreando y encubriendo sus errores con nombre tan grande, tan dulce y honesto (…) Mas entonces (…) sólo me deleitaba en aquella exhortación el que me excitaba, encendía e inflamaba con su palabra a amar, buscar, lograr, retener y abrazar fuertemente no esta o aquella escuela, sino la Sabiduría misma, estuviese dondequiera”.

(San Agustín, Confesiones, III, 4, 7-8)

 

Este texto, tomado del libro de las Confesiones de San Agustín, relata el encuentro de este joven de 19 años con el primer texto serio de su vida. Un libro, hoy perdido, escrito por Cicerón, el Hortensio. Y a pesar de tener por aquel entonces, Aurelio Agustín, una gran confusión mental (pasearía todavía casi quince años por el pecado y el error), de hallarse cursando una carrera (la Retórica) más preocupada por el estilo formal que por la verdad de fondo, y de tratarse de un libro escrito por un pagano, levantó su corazón al amor del conocimiento por las cosas más altas; a la “búsqueda”, como él señala, de la Sabiduría.

 

Formación integral

Uno de los daños más grandes de nuestro tiempo es, sin duda alguna, la pérdida de una formación integral. Hoy en día en los lugares donde verdaderamente se enseña y se estudia (que no son muchos) se imparte, lamentablemente, una formación parcial, lo cual no deja de comportar un grosero equívoco pues por eso mismo, carece de derecho a llamarse formación; a lo más es barniz u orientación. Formación viene de “formar”, dar forma, y la forma se da al todo, no sólo a una parte. Un escultor que quiere esculpir un caballo pero se contenta modelando la cola dejando el resto escondido en el bruto bloque de mármol, difícilmente consiga que le crean que su obra representa un caballo (salvo en el arte moderno, que pretende ser “moderno” a fuer de negar el arte).

Tal el actual sistema educativo superior que enseña sólo “especializaciones”. Tenemos técnicos en computación, técnicos en diseño, nefrólogos, urólogos, penalistas, etc. Incluso en aquellas carreras que presentan una visión más completa de su objeto (medicina clínica, derecho, etc.) siguen faltando elementos claves que den una visión de conjunto del saber y una comprensión del todo.

Los que estudian carreras relacionadas con las ciencias exactas o con las biológicas no suelen entender por qué necesitan, incluso para su propia profesión, una formación humanista, filosófica y nociones de teología. Por eso no tenemos sabios. Los antiguos consideraban necesario todo esto, y estaban en lo cierto. Gabriela Mistral al regresar a Chile después de una prolongada ausencia y notar en su patria la falta de un humanismo verdadero dijo:

“Cuando se traen del extranjero los ojos limpios de intereses locales se sabe que la enfermedad de la educación en nuestra América viene primero de la ausencia de un humanismo verdadero, es decir, de formación clásica. El clasicismo forma hombres completos, jefes reales, que tienen de la vida individual, lo mismo que de la nacional, un sentido de unidad. El hombre clásico es un hombre espiritualmente vertebrado, cuya cultura, aún en los casos de no ir más allá que el liceo, tiene la armonía, el gran acuerdo en las partes. Buena parte de nuestra gente americana se ve desmigajada, anarquizada, débil para pensar o para obrar delante de un problema: llevamos dentro y fuera de nosotros la pelea y el desconcierto a causa de nuestra propia formación sin unidad” (Gabriela Mistral; citada por Alberto Hurtado en: Una verdadera educación, Santiago de Chile 2005, 267).

 

El filósofo y los baches

Se repite en nuestro tiempo, a nivel universal, lo que cuenta Platón en el Teetetos sobre “una aguda y graciosa esclava tracia [que] se burló de Tales (de Mileto, filósofo), porque, mientras observaba las estrellas y miraba hacia arriba se cayó en un pozo; ávido por observar las cosas del cielo, le pasaban inadvertidas las que estaban detrás de él y delante de sus pies” (Platón, Teeteto, 174a). Sin quitar que la esclava tuviera razones para reírse, Platón critica, en realidad, la actitud que ella simboliza: el burlarse de quienes están preocupados por las cosas espirituales, por la realidad oculta tras las apariencias, por las esencias de las cosas, y el considerar esta ocupación como algo inútil. Esta esclava representa a los que dividen las ciencias en útiles e inútiles. Los estudios inútiles serían precisamente los de las humanidades (es provechoso leer el libro de Alberto Caturelli, Reflexiones para una filosofía cristiana de la educación, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba 1982, especialmente pp. 148-162). Es cierto que hay conocimientos que no se ordenan a producir o fabricar cosas; su fin es la “teoría” en el sentido griego de la palabra: contemplación. Aristóteles decía de la filosofía que “no la buscamos por ninguna utilidad, sino que, así como llamamos libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma” (Aristóteles, Metafisica, A,2, 982b 25). Hay que entender bien estas palabras, pues pueden prestarse a cierto equívoco: la filosofía no reporta ninguna utilidad material inmediata, pero es en el fondo la más útil de las ciencias si entendemos utilidad en la acepción de fructuosa.

Creo que a nadie se le escapa la importancia que tiene la buena formación. Pero tal vez sean muy pocos los que atinen a darse cuenta de la importancia que, en la buena formación, tiene el estudio de la filosofía y de la teología. Y sin embargo, son ciencias fundamentales: sin ellas no hay buena formación. La filosofía (es decir, el remontarse al por qué último de las cosas) es la ciencia que nos hace conocer la esencia de las cosas por sus causas y nos pone en contacto con la realidad. Cuando alguien no tiene un pensamiento filosófico, se limita a ver, describir y clasificar las cosas, pero no sabe qué son, ni por qué son, ni para qué son esas cosas. Es un superficial.

 

Profesión y filosofía

La filosofía bien estudiada y conocida  no sólo es, como ha dicho Chesterton, la única cosa verdaderamente digna de entusiasmo en este mundo, sino algo necesario. ¿Para todos? Para todos los profesionales sí; porque éstos, de una forma u otra tienen que pensar filosóficamente (lo que no es lo mismo que “ser filósofos”), incluso aquellos cuyo oficio los lleva al estudio de cosas más prácticas. La historia documenta, por ejemplo, que siempre el médico ha debido filosofar sobre su pro­pia ciencia y por eso desde los tiempos clásicos se ha reconocido una estrecha relación entre la medicina y la reflexión filosófica (Cf. Porcarelli, Andrea, Il rapporto tra filosofia e medicina nella storia del pensiero, en: AA.VV., Etica dell’atto medico, Ed. Studio Domenicano, Bolonia 1991, pp. 42-101). Aristóteles, aun distinguiendo campos, establecía una profunda continuidad entre una y otra disciplina. Galeno (c. 130 d.C.) acusaba a los médicos de su tiempo de ser ignorantes, corruptos y absurdamente divididos en escuelas; y les exigía que fueran filósofos, por exigencias “internas” a la misma ciencia médica. A él se atribuye la expresión: “el mejor médico es también filósofo”. Es mejor que permanezca muerto y no lo resucite Dios en nuestro tiempo, o el viejo médico pasaría estos años extras con un interminable retorcijón de estómago viendo aquello en lo que se ha convertido la medicina actual. En el temprano medioevo sobresale el testimonio de Cassiodoro (en torno al año 500) quien concedía a la medicina un honor singular por su ordenación a socorrer las miserias humanas, pero por esa misma razón sostenía que el médico necesita una formación seria y cuidada, es decir, nutrida de todo aquello que en aquel entonces se retenía como serio y cuidado, o sea, el estudio de los clásicos. Un siglo más tarde, San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías exigía del médico el conocimiento de todas las artes liberales, y llamaba a la medicina “segunda filosofía”. La filosofía árabe medieval también reconocía una legítima autonomía a la medicina, pero señalaba una estrecha relación con la filosofía, la cual encuadra a la medicina en un horizonte más amplio desde el punto de vista cosmológico y teológico. En el Alto Medioevo (s. XIII) los estudios universitarios exigían para quien quisiera estudiar medicina los estudios previos de la filosofía. Y por eso Federico II, en las Constituciones del Reino de Sicilia, escribía: “Puesto que no se puede afrontar el estudio de la medicina si primero no se tiene el dominio de la lógica, establecemos que ninguno emprenda los estudios médicos si precedentemente no ha estudiado por al menos un trienio la ciencia de la lógica”. Claro que ahora no nos gobierna ningún Federico II, ni los que lo hacen tienen la menor idea de lo que significa “lógica” y quizá, si los apuramos, tampoco entiendan qué quiere decir “trienio”. Pareja concepción se encuentra entre los grandes teólogos medievales como Alberto Magno y Tomás de Aquino. ¡Se trata de una sapientísima observación que vale también para los científicos, maestros, académicos, periodistas, técnicos, etc., de nuestro tiempo! Porque muchos males profesionales provienen de la incapacidad para razonar correctamente; muchos usan su mente de modo ilógico, desatinado, incoherente, contradictorio y hasta ridículo. Se manejan, a veces con supina ignorancia, por sofismas y falacias que no pasaban desapercibidas a un mediocre estudiante de seis o siete siglos atrás. Es solo una inclinación morbosa al paralogismo lo que permite que un biólogo y fisiólogo como Claude Bernard pudiera decir aquello que “nunca encontré el alma debajo de mi bisturí”; o lo que empuja a un físico de la fama de Stephen Hopkins a afirmar que “la física moderna no deja lugar para pensar en la existencia de Dios”, y creer que está hablando de física mientras hace un salto acrobático al terreno de la filosofía en la que él toca de oído… como los sordos. Y peor aún es el caso de la mayoría de los paleontólogos que, a partir de datos de ciencia positiva, arriban a conclusiones metacientíficas, es decir, filosóficas (de hecho, como dice Legizamón, “cualquier hipótesis sobre el origen del hombre es necesariamente extracientífica… es decir, escapa por completo al método científico que supone la observación y reproducción experimental de los fenómenos bajo estudio; cosas evidentemente imposibles en el problema que nos ocupa”); pero a pesar de esta evidencia, la mayoría de los actuales científicos ignora sus piruetas con la lógica y las leyes del pensamiento. Estos son solo ejemplos, pero cunden en el mundo profesional causando estragos.

La tradición de fundar la ciencia en la seriedad del pensamiento filosófico y coronarla con la apertura de mente que aporta la visión teológica, se mantuvo prácticamente invariable hasta la irrupción del positivismo que escindió el saber médico del saber filosófico y, consecuentemente, de la ética. A pesar de la concepción moderna que separa ambos saberes, la visión clásica se impone por sí sola, pues, co­mo afirma G. Thibon, el técnico de la medicina no puede saber qué tiene el enfermo mientras no sepa qué es el enfermo. Por eso, deberíamos confiar más en el médico que, además de sus manuales y revistas científicas, busque un poco de sabiduría en Platón, en el Quijote, en Fray Luis de León o en San Agustín, que en otro que conozca todos los secretos del riñón o de la depresión pero ignore los secretos del alma del hombre. Porque el sujeto de la medicina es el hombre y no el corazón o el hígado; quien ignora al hombre no puede sanar al hombre, aunque ponga en funcionamiento correcto su tiroides. El dolor y la alegría son fenómenos humanos; el materialismo (hoy en día llamado cientificismo), al olvidar el integrum humano, perdió al hombre como sujeto, como paciente y como destinatario de sus obras.

¿Qué puede hacer un médico, un psiquiatra o un psicólogo que no entiendan lo que es el dolor como problema, que no puedan responder al drama del mal, que no comprendan lo que es “el hombre paciente”?

Y esto podemos aplicarlo a todas las demás profesiones, puesto que son profesiones que tratan del hombre o de las cosas del hombre, y que se ordenan al hombre. Si un ingeniero o un arquitecto no tienen un concepto adecuado de lo que es el hombre, de su dignidad, de lo que significa la familia humana ni de lo que es la educación humana, ¿cómo pueden construir un “hogar”? Puede hacer edificios con paredes y techos, habitaciones y baños, pero no un “hogar”, un núcleo para que viva y se desarrolle una familia, que es algo que escapa al cálculo matemático para implicar profundos conceptos filosóficos. Ejemplo patente tenemos en las inhumanas “colmenas” en las que el socialismo masificador ha amontonado a los hombres y que, con injusta apropiación, se denominan “viviendas de departamentos”.

Es decir: cuando falta la capacidad de reflexionar sobre la realidad a la luz de sus últimas y más profundas causas no tenemos médicos sino “recetadores”, no tenemos “ingenieros” sino grandulones que juegan a poner ladrillos formando cosas, por otra parte, generalmente feas. En todas las carreras deberían estudiarse los fundamentos filosóficos y antropológicos y también las más elementales nociones de teología, para entender al hombre sobre quién o para quién se va, luego, a trabajar. De lo contrario formamos monstruos en lugar de intelectuales o científicos.

 

¿Abundancia para qué?

Los problemas fundamentales del hombre (de nosotros como hombres y de los hombres para los que trabajamos o trabajaremos como profesionales) no se agotan en las cosas materiales que nos piden (salud, balances o diseños) sino en horizontes que escapan a nuestras especializaciones. Hoy todo está encaminado a convertir las profesiones en canteras de abundancia: la medicina busca procurar abundancia de salud para sus pacientes y que vivan muchos años (lo que, por otra parte, no es objetable); la economía a producir abundancia de dinero y bienes; la política, abundancia de posibilidades en la sociedad (la buena política; de la cual hay poco y nada); la técnica, abundancia de posibilidades tecnológicas (televisores de plasma, teatros hogareños, computadoras que hacen de todo, robots, programas… Hace pocos años se publicó la información de que en Japón se estaba reemplazando la fabricación de equipos electrónicos nuevos por la producción de unidades más pequeñas porque se habían dado cuenta que sus clientes no compraban artefactos nuevos, porque ya no tenían lugar donde ponerlos). El problema es el que se planteó el escritor David Riesman al titular uno de sus libros Abundance for What? “¿Abundancia para qué?” Ninguna de estas ciencias positivas puede enseñar o responder el para qué quiero todo esto, y si intenta responder su respuesta será renga, a menos que conteste apelando a otro saber diverso de sí misma: precisamente apelando a esa ciencia “inútil” que da las únicas respuestas que el hombre necesita.

 

La innata inquietud

Los modernos programas de la mayoría de las carreras universitarias y terciarias desprecian o ignoran olímpicamente toda noción de filosofía, o al menos de buena filosofía. Muchos se preguntarían asombrados: ¿y para qué quiero saber filosofía o teología si yo no soy ni filósofo ni teólogo? ¿Cómo que no somos teólogos ni filósofos? ¿Acaso no somos seres humanos? Y al ser tales, ¿no tenemos una inquietud innata por conocer la verdad total, universal, que trasciende las pequeñas verdades que nos transmiten en nuestros estudios?

Siendo hombres y mujeres ¿acaso no queremos saber qué es eso que decimos al decir que “somos hombres y mujeres”? ¿Acaso no queremos saber por qué sufrimos, por qué morimos, o por qué existe lo que existe? ¿Por qué hay ser en vez de nada? La biología nos habla de leyes genéticas que son asombrosas pero no puede explicar por qué existe la vida; la astrofísica nos habla de astros, distancias y estructuras cuyas cifras ni siquiera caben en un pizarrón; pero no puede enseñarnos por qué existe algo en vez de nada. Y tarde o temprano, si usamos nuestra cabeza, querremos saber la respuesta a esta pregunta. Llegará un momento en que dejará de interesarnos a qué velocidad se expande o se comprime el universo y querremos saber por qué hay un universo. Las ciencias sólo nos dan datos para que cada vez nos hagamos más preguntas. No menos.

 

Lo que no escapó al viejo Filósofo

Aristóteles comienza el primer capítulo de la Metafísica con aquella frase tan repetida: “Todos los hombres aspiran por naturaleza a saber”. Y Santo Tomás la explica por tres razones. La primera, que todas las cosas desean de modo natural su propia perfección, y como nosotros somos hombres por ser inteligentes, nuestra perfección está en el saber ya que la inteligencia se perfecciona conociendo. La segunda que todas las cosas tienen inclinación natural a realizar la operación que le es más propia; siendo nosotros principalmente inteligentes (en lo que nos distinguimos de los animales irracionales) y siendo la operación de la inteligencia el conocer, estamos naturalmente inclinados a saber, a conocer. La tercera, que a cada cosa le es sumamente deseable unirse a su principio, y en esto consiste su perfección, y nuestro principio es la Inteligencia divina y su verdad, por eso tendemos a unirnos a Él conociéndolo y conociendo todas las cosas y sus esencias. Santo Tomás es muy realista y por eso añade enseguida que si bien todos los hombres tienen este deseo, no todos lo ponen en práctica porque muchos se frenan en las cosas que tienen más cerca, como en los placeres o en las riquezas; pero eso no es lo “normal” sino la atrofia de crecimiento de un ser destinado a algo más alto. Todos nosotros tenemos potencias vegetativas que tienden a desarrollarse completamente, y de modo ordinario hacen que vayamos creciendo físicamente. En algunas personas, por algún problema genético o enfermedad de la primera infancia, esta potencia se paraliza y el individuo no se desarrolla físicamente produciéndose el fenómeno del enanismo. Sabemos que eso no es lo normal y por eso luchamos médicamente para prevenirlo y corregirlo. En el plano intelectual también se da el problema del enanismo, y es mucho más triste que el corporal. Es el caso de quienes quedan semi-desarrollados intelectualmente en su deseo de saber.

Esto es indiscutible. Si la tendencia a saber, (“saber” significa conocer la realidad por sus causas, y especialmente sus causas últimas) es parte de nuestra naturaleza humana; entonces el no desarrollarla significa dejar sin desarrollo nuestra humanidad en lo que tiene de más propio.

Para llegar a ser hombres con una mente teorética, contemplativa, debemos sobrepasar lo que recibimos en nuestros estudios académicos y mirar más allá; habrá que formarse leyendo, estudiando, meditando los clásicos, los filósofos y también los teólogos. Debemos admirarnos de las cosas y buscar saber qué son y por qué son; debemos admirarnos de nosotros y querer saber qué somos y por qué somos. Como decía un sociólogo italiano dirigiéndose a los jóvenes universitarios:

“Si queréis entenderos vosotros mismos, el mundo en que vivís, hacer carrera, tener un éxito estable, volved a los estudios clásicos, a las facultades de letras, de lenguas y literatura, a la filosofía. Y si estudiáis economía o ingeniería o medicina, no os limitéis a vuestra especialidad, ampliad la mente con otras lecturas, con otros cursos. Leed novelas, libros de historia, de filosofía, de sociología (….). Seguid las clases de los profesores más serios, más profundos, incluso si al inicio os cuesta entender, incluso si debéis estudiar más de las mil quinientas horas globales que la reforma os pide que no superéis [el autor escribe en Italia]. Aprended a razonar, a argumentar” (Francesco Alberoni, L’inganno delle lauree brevi e delle lezioni facili, Corriere della Sera, 10-3-2003).

 

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Es verdad que muchos de estos conocimientos, productivamente hablando, son inútiles: no enseñan a fabricar cosas. Pero son necesarios de manera radical. Las humanidades son imprescindibles para la buena formación del científico y del especialista; ellas le proporcionan la formación humana que hace posible el recto progreso de la ciencia misma porque le dan al científico la colocación que su saber tiene dentro de algo que es infinitamente más amplio. Y además llenan el deseo de su corazón. De lo contrario una inteligencia hecha para la verdad plena se atrofia masticando sólo un pedazo de la verdad, que, por estar desconectado de todo el resto de la verdad, pierde su sentido y se vuelve incomprensible.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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