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Lecciones de ética profesional (IV. Tres modos de vida)

IV. Tres modos de vida

 

Modo_de_vida“Me parece que cada uno juzga el bien y la felicidad según su modo de vivir. Porque tanto el vulgo como la gente común consideran como suma felicidad el placer, y por esto aman la vida de bienestar y pasatiempo. Porque son tres las vidas más insignes: la placentera, la política-civil, y la contemplativa. El vulgo, pues, al modo de la gente servil, parece elegir vida más de animales que de hombres, y parecen excusables en cierto sentido, puesto que muchos de los que están más encumbrados en dignidad, llevan un modo de vida semejante al del [último rey asirio] Sardanápalo [que se rodeó de lujo y placeres]”.

 (Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro I, cap. 5).

 

 

Otro aspecto fundamental de la ética profesional es el modelo de vida que adopta cada profesional. En definitiva, cada uno es lo que hace de sí mismo, como expresa San Gregorio de Nissa: “Somos en cierto modo padres de nosotros mismos cuando, por la buena disposición de nuestro espíritu y por nuestro libre albedrío, nos formamos a nosotros mismos, nos engendramos, nos damos a luz” (Homilía 6 sobre el Eclesiastés, PG 44,702). Y esto está ligado directamente con lo que uno se propone ser en la vida. Uno se hace a sí mismo, según el ejemplar de hombre al que aspira.

¿Cuál es el nuestro? ¿Y cuáles son los modelos posibles?

 

Tres modos de vida

Aristóteles, al comienzo de su Ética a Nicómaco, divide a los hombres en tres clases de vidas, o, lo que vendría a ser equivalente, tres clases de hombres, según las diferentes concepciones sobre la felicidad que puede profesar cada uno (cf. Santo Tomás. In Eth. nn. 58-59). Su idea puede servirnos de guía para responder a las susodichas cuestiones.

Partimos, con el Filósofo, de que cada persona considera “vida suya” a aquello a lo que está más aficionado (para el filósofo “su vida” es el filosofar, para el cazador el cazar, para el jugador, jugar y divertirse). Y como aquello a lo que más aficionados estamos, lo colocamos como fin último de nuestra vida (es decir, como meta y última aspiración a la miramos y tendemos), se sigue que las vidas se diversifican según la diversidad del fin último.

El fin último produce una unificación en nuestra vida, rige todas nuestras operaciones: en efecto, aquello en lo que hemos puesto el objetivo final de nuestra existencia es lo que está siempre presente en cada acción, en cada decisión, en cada paso que damos (como ocurre con el que quiere ardientemente convertirse en artista o en deportista: todo cuanto piensa, hace y decide está dominado por esa idea; y los pasos que da se explican por ese fin que persigue hasta en sueños, que es también el que motiva sus renuncias y sacrificios). Además el fin último da un colorido único a todo nuestro obrar y vivir; uno percibe que tal o cual persona tiene tal ambición o proyecto de vida porque este se le trasparenta en sus actos.

Por eso se dice que el fin último domina el afecto del hombre y le da las reglas por las que rige su modo de vivir.

Teniendo esto en cuenta el Estagirita (Aristóteles) distinguía tres géneros de vida: (a) La vida voluptuosa que es la de quien coloca su fin en el placer deleitable o sensual. (b) La vida civil o activa, de quien pone su fin en el bien de la razón práctica (es decir en las virtudes, en el honor, en la vida pública o política, en la acción social, etc.) (c) Y la vida contemplativa, de quien fija su fin en el bien de la razón especulativa, es decir en la contemplación de la verdad. Llama mucho la atención que Aristóteles, viviendo en un ambiente pagano y a menudo muy materialista, no dirija su atención a quienes ponen su fin en las riquezas (el dinero); la razón es que nuestro Filósofo consideraba que siendo la opinión que sostiene que “el dinero puede hacer feliz al hombre”, una de las “opiniones menos racionales”, o sea más estúpidas y propias de bestias, no valía la pena perder el tiempo considerándola. Lamentablemente nosotros vemos que este último tipo de personas se ha convertido en el prototipo de nuestra sociedad, por lo que no podemos dejar de echarle un ojo; así la mencionaremos llamándola “vida pecuniaria” (pecunia en latín significa riqueza), y comenzaremos por ella.

 

El hombre y el profesional pecuniario

Se trata del utilitarista o codicioso, el que ha sucumbido a la tentación de poner como objetivo de su vida el capital, el dinero, el crecimiento de su cuenta bancaria o de su poder de producir cada vez más plata. Le decimos “hombre pecuniario” siendo más condescendientes que Aristóteles, porque él ni siquiera lo llama “hombre”. Dice el sabio:

“Porque el que se dedica a adquirir dineros, es persona perjudicial; y es cosa clara que el dinero no es aquel sumo bien que aquí buscamos, porque es una realidad [meramente] útil, es decir, que se desea por respecto de otra cosa [o sea, aquello que nos permite adquirir]. Por tanto, el que tenga un poco más de seso pondrá su fin en cualquiera de las otras cosas antes mencionadas [el placer, la acción o la contemplación] porque esas se aman y desean por sí mismas” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, L. I, cap. V).

     Y Santo Tomás, al introducir este pasaje, comenta: el Filósofo “investiga ahora una opinión menos racional, que es la que pone la felicidad en algo que tiene razón de bien útil, a saber, en el dinero. Y esto contradice la razón de fin último” (Santo Tomás, In Ethic., I, V, n. 70).

Denomina esto “apreciación” (de la vida, se entiende) “menos racional” o “poco racional” porque no hace falta emplear tan a fondo la mollera para comprender que las riquezas no pueden ser un fin en sí mismas, sino que únicamente sirven para otras cosas, es decir, son siempre medios y nunca fines. El dinero no da nada por sí mismo; solo puede servir de medio para alcanzar otra cosa; por eso, al ser puesto como fin último (lo que exige previamente renunciar a usar a fondo nuestra capacidad racional) genera situaciones que son, en sí mismas, absurdas, como hace el que apila más dinero del que es capaz de gastar si viviera mil años, o pretende que un lingote de oro o un fajo de billetes le brinde afecto, o le devuelva el cariño, o le dé seguridad, o lo proteja de la muerte, o simplemente lo haga feliz.

El profesional que entra por este camino convierte su profesión en un negocio, y tomará como única regla moral la ganancia.

 

El hombre y el profesional voluptuoso

Este segundo es el que pone su fin en los placeres carnales, los cuales dominan sus aspiraciones y proyectos, incluso sus planes profesionales. Si se quiere, es más comprensible que el anterior, porque cuando éste busca dinero trabajando o robando, lo hace para poder comprar los placeres de la mesa, del beber o del sexo; y en este sentido, aun equivocadamente, parece comprender que el dinero no es un fin sino un medio para otras cosas, por ejemplo, para sus diversiones, aunque sean más animales que humanas.

Este tipo de personas se guía por sus inclinaciones sensuales al modo en que los animales lo hacen por su instinto natural. Aunque con una diferencia a favor de los animales: porque el instinto animal está “regulado” por la misma naturaleza, por lo cual, salvo excepciones de animales genéticamente atrofiados, el mismo instinto lleva a que los brutos busquen el placer sexual o comestible o a defenderse sólo en la medida en que esto representa un bien para la especie o para el individuo; una vez alcanzado esa finalidad, el instinto se apaga hasta que la conservación de la especie o del individuo vuelvan a exigir la puesta en acto de esos dinamismos. En cambio, en el hombre la inclinación no se apaga jamás sino que debe ser regulada por la razón; por eso el voluptuoso, que no se guía por su razón sino por los “estímulos de la pasión”, se enceguece, se esclaviza y se vuelve, primero esclavo de sus deseos y luego, adicto a ellos.

Estas personas voluptuosas, tarde o temprano, se pierden y caen en un lastimoso abismo. Solemos decir que se bestializan, pero no es exacto, porque los animales por lo general no tienen problemas de adicción destructora; un adicto al sexo o a la droga no tiene una vida de perros; más bien, termina por envidiarlos.

 

El hombre y el profesional activista

El activo es aquel que pone su felicidad (y por tanto su fin último) en la actividad, ya sea ésta política, social, civil, artesanal, etc. Nos encontramos, evidentemente, en un nivel realmente superior a los anteriores; estas personas merecen verdaderamente el título de humanos; pero son hombres incompletos. Lo que hacen no está mal, pero es solo una parte de lo que deben hacer para llegar a la plenitud humana. La sola actividad no alcanza para que el hombre alcance su felicidad. Un manco es hombre, y un ciego también, pero, desde el punto de vista de su vida física, algo les falta. Y si bien en el plano físico carencias como la ceguera o la manquedad pueden compensarse con una gran voluntad, no sucede así en el plano del espíritu. El ciego espiritual y el paralítico espiritual, son hombres a medias. De hecho este tipo de personas, que ponen su fin y felicidad en la actividad, viven lacerados por el miedo, por la insatisfacción, por el agobio de una actividad que se vuelve agotadora y no da la felicidad. En muchos casos, incluso, se trata de personas que se vuelcan al activismo y a la hiperactividad como un escape psicológico: huyen de su conciencia, de Dios, de la ley moral, del vacío que no saben –o no se animan a– llenar. Incluso puede dar origen a una enfermedad que aqueja a muchas personas en países volcados a la producción como estilo de vida (por ejemplo, Japón): el “workaholism”, la adicción al trabajo; quizá sea, como alguien la ha definido, “the respectable addiction”, la adicción respetable, porque no es tan humillante como ser adicto al licor o a la pornografía; pero es adicción, es decir, una enfermedad grave y destructiva. Es como tocar el piano sin escuchar la música o pintar cuadros sin contemplarlos. El hombre activista es el ser que trabaja para no pensar; porque el que trabaja para pensar pertenece a la siguiente clase de hombres.

 

El hombre y el profesional que piensa

El hombre y el profesional contemplativo, o mejor “sapiente”, es el que ordena todo al saber último de las cosas (y finalmente al conocimiento y posesión de Dios que es la Causa última de todas las cosas y la Explicación última de todos los interrogantes). Trabaja, disfruta, se esfuerza, sufre y se sacrifica; pero sus ojos están puestos siempre en un objetivo más lejano. El hombre filosofante, no permanece encerrado en el pequeño horizonte de su profesión o carrera, sino que alcanza el conocimiento de las causas de las cosas, por eso sabe en qué pequeño lugar del saber está ubicado su reducido conocimiento, entiende el movimiento de la historia humana y comprende el valor de sus acciones dentro de la historia y de la meta-historia (es decir, de la “últimas cosas” que habrán de suceder al final de todo). Gracias a eso puede juzgar y discernir y no dejarse engañar. Está abierto no sólo a una comprensión filosófica del hombre, del universo y de Dios, sino a una visión de fe y a una interpretación teológica. Lamentablemente en nuestros días las carreras universitarias no nos ofrecen este amplio marco; hay que buscarlo aparte y por cuenta nuestra.

 

Tener claro el fin

Tener bien claro cuál es nuestro fin es tener hecha más de la mitad del camino; no tener un ideal, ni saber francamente qué es lo que buscamos en nuestras vidas es la mayor desgracia que puede aquejar a un hombre. No hay mayor extravío, ni más grande fuente de inquietudes, incertidumbres, ansiedades y extravíos, porque como dijo el ya citado Aristóteles en su obra sobre El Cielo:

“Una ligera desviación de la verdad puede venir a ser mucho mayor para los que ya se desviaron de ella si siguen más adelante en sus consecuencias… Lo que es pequeño en el principio, resulta muy grande en el final” (Aristóteles, De coelo, L. I, cap. 5).

     Los latinos lo volcaron en el aforismo: “Parvus error in principio fit magnus in fine”.

Un comentario:

  1. buen plan de vida

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