LECCIONES DE ÉTICA PROFESIONAL (IX. PROFESIÓN Y VIRTUD)

IX. PROFESIÓN Y VIRTUD

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

 

b774_376-04“Es necesario que en todo acto de virtud, o de pecado, se dé una deducción cuasi-silogística; sin embargo, de distinta manera silogiza el sujeto virtuoso (temperatus; es decir el virtuoso o casto en este ejemplo) y el vicioso (intemperatus –lujurioso en este ejemplo); y de una manera el continente y de otra el incontinente. El virtuoso se mueve sólo según el juicio de la razón. Usa, pues, un silogismo de tres proposiciones, más o menos de este modo: ‘No hay que cometer ninguna fornicación. Este acto es fornicación. Por tanto no hay que hacerlo’. El vicioso, en cambio, sigue completamente a la concupiscencia, por lo que también él usa un silogismo de tres proposiciones deduciendo de este modo: ‘Hay que gozar de todo lo deleitable. Este acto es deleitable. Por tanto, hay que gozarlo’. En cambio, tanto el continente como el incontinente se mueven por doble vía: según la razón, a evitar el pecado; según la concupiscencia, a cometerlo. Mas en el continente vence el juicio de la razón, y en el incontinente, el movimiento de la concupiscencia. De ahí que ambos usan un silogismo de cuatro proposiciones, pero llegando a conclusiones contrarias. Pues el continente silogiza así: ‘No hay que hacer ningún pecado’; y esto lo propone conforme al juicio de la razón; pero, según el movimiento de la concupiscencia reside en su corazón el principio de que hay que hacer todo lo deleitable. Pero como vence en él el juicio racional, asume y concluye según el primer silogismo: ‘Esto es pecado. Por tanto no hay que hacerlo’. Pero el incontinente, en quien vence el movimiento de concupiscencia, asume y concluye según el segundo: ‘Esto es deleitable. Por tanto hay que hacerlo’ y este tal es el que peca por debilidad. Por eso es evidente que si bien conoce en universal, sin embargo, no conoce en lo particular; porque no asume según la razón, sino según la concupiscencia”.

(Santo Tomás de Aquino, De malo, q.3, a.9, ad 7).

 

Este es un texto maravilloso. Difícil para quienes no están acostumbrados al lenguaje de Santo Tomás, pero que asume, resume y supera las grandes intuiciones de Aristóteles y de toda la psicología de la antigüedad griega y romana respecto del tema de los hábitos (virtudes y vicios) y pasiones.

 

Cuatro personajes

Santo Tomás habla de cuatro personajes, en las que se pueden calificar todas las clases de personas que usan bien o mal de su libertad.

  • El temperatus que es el virtuoso, o sea, quien ha adquirido los hábitos de las virtudes (aquí se usa el ejemplo del casto, pero vale para cualquier campo, como la honestidad, la veracidad, la justicia, etc.).
  • El intemperatus que es el vicioso, o sea, quien ha asumido ya el comportamiento vicioso: el lujurioso, el envidioso, el goloso, el iracundo, el ladrón, etc.
  • Y el continente (continens) y el incontinente (incontinens). ¿Quiénes son estos dos personajes? (Aclaro que muchos no los entienden porque no comprenden el sentido que tiene esta palabra en Aristóteles y Santo Tomás –o mejor: en Aristóteles traducido por Santo Tomás, pues Aristóteles escribió en griego). Estos dos personajes –que puede ser la misma persona en situaciones diversas, y por tanto un solo y mismo personaje– es aquella persona que en un ámbito concreto de la vida (los placeres del sexo, el campo de la verdad, el respetar los derechos del prójimo, etc.) no tiene la virtud que lo perfecciona (por ejemplo, no tiene el hábito de la castidad o pureza) pero tampoco el vicio que lo deteriora (por ejemplo la lujuria o impureza). (Recordemos que las virtudes y los vicios son hábitos, es decir, cualidades estables en el alma, que se adquieren por lo general por repetición de unos mismos actos, hasta que se crea en el alma –y/o también en los apetitos y sentidos sensibles– una especie de huella acompañada de cierto mecanismo instintivo que nos hace tender a obrar siempre del mismo modo).

 

Cómo usan su libertad

Observen la distinta actitud de unos y otros cuando hay que obrar o usar la libertad. La diferencia la notamos primero en su conciencia (donde se toman las decisiones o se hacen las elecciones) y luego en sus actos externos (que son consecuencia de sus decisiones interiores, es decir, del uso de su libertad; aunque a veces puede suceder que una mala decisión interior no se manifieste exteriormente por causas ajenas; por ejemplo, quien decide cometer un asesinato pero la víctima se le muere antes por causas naturales; el homicidio ha sido cometido pero solo en el corazón; estos son los que habla el Señor que adulteran ya en el corazón). No olvidemos, para entender, esta extraordinaria radiografía psicológica de Santo Tomás, que en nuestro interior hay dos fuentes de principios: una natural y otra en parte natural y en parte fruto de nuestra corrupción.

 

Fuente natural

La natural es nuestra razón. Nuestra inteligencia puede captar la realidad, conocer nuestra naturaleza y las cosas, y captar de este modo lo que está bien y está mal. Está bien lo que perfecciona nuestra naturaleza como un todo (en es decir, íntegramente, y no solo una parte); está mal todo lo que destruye o corrompe nuestra naturaleza (ojo: aunque perfeccione una parte de ella, como el ejercicio del sexo entre un hombre y una mujer que no es su esposa: esto puede dar una perfección material a su deseo de placer o descarga física; pero destruye su capacidad de sociabilidad traicionando la fidelidad a su esposa si es casado, a su prójimo al usar la mujer que no le pertenece, a Dios, a los hijos que pueden surgir de una unión adulterina, etc.). Esta primera fuente de principios la llamamos recta razón y los principios que ella descubre de forma natural es la ley natural grabada por Dios en nuestra alma al crearnos de una manera particular. Esta ley es análoga a las instrucciones de uso que cualquier cosa que fabrica el hombre trae para indicar el uso correcto de la misma; si se la usa de otra manera se destruye. También el hombre tiene instrucciones de uso, si podemos usar este lenguaje un poco utilitarista.

 

Fuente mixta

La fuente que es en parte natural y en parte causada por nuestra corrupción son los principios de nuestros deseos desordenados. En parte son naturales, porque, hasta cierto punto, no son otra cosa que la expresión de las inclinaciones naturales, pero tomadas aisladas de todo que es el hombre. Que el sexo es placentero y da regocijo no es algo falso; eso lo expresa nuestro apetito concupiscible o apetito de placer. Que la comida también es placentera tampoco es falso; por lo mismos motivos. Que es bueno abatir aquello que intenta dañarnos, también, etc. Pero –importante pero– no somos solo sexo, ni solo estómago, ni solo una sustancia que quiere seguir viva. Somos hombres y mujeres, es decir, totalidades unificadas, universos en miniatura, donde se encuentran dimensiones que son físicas, psicológicas, emocionales y espirituales, individuales y sociales. Por tanto, hay que saber también que a veces la comida, siendo buena, puede hacerle mal a mi todo (como a un hipertenso que no debe comer sal, o a un gordo que no debe comer chocolates), y el sexo siendo bueno en sí, puede hacerle a veces mal a mi todo, como cuando me haría transgredir una promesa de castidad que hice libremente, etc. El pecado original introdujo un descalabro en toda la naturaleza humana, de tal modo, que cada potencia del hombre hace una revolución erigiendo a su objeto perfeccionante como un absoluto. Nuestra naturaleza es como un país en que se alzan de pronto cincuenta bandos en rebelión, donde cada uno de ellos quiere poner como presiente o rey a su caudillo. El resultado es la anarquía. Si no interviene un principio que devuelva el equilibrio el país –o el individuo– se desintegran. En nosotros el apetito genésico grita: ¡viva el sexo y el sexo al poder!, el apetito de gula: ¡arriba las mollejas y las morcillas!, el apetito de beber: ¡viva el vino y el agua para regar las plantas!, etc. En el orden social esto da por resultado un baño de sangre; en el individual, una sala de terapia intensiva, un centro de diálisis y un cementerio.

 

Dominio y desgobierno

La razón puede mantener un cierto dominio, pero no sola por mucho tiempo. Necesita crear hábitos que restablezcan el orden de modo permanente y garanticen el uso ordenado de nuestras potencias, para poder tender con todas ellas a la perfección. Esas son las virtudes. (Atención a esto: la necesidad de los hábitos buenos –virtudes– no está indicada por el desorden de nuestras potencias –pecado actual y original– sino que son el modo natural de obrar de la naturaleza –el pájaro desarrolla desde los primeros días de vida hábitos mecánicos para poder volar, el pollito para comer, etc.– solo que la corrupción de nuestros vicios aumenta la necesidad de estos hábitos). La naturaleza corrompida por el pecado también crea sus hábitos que perpetúan en nosotros las tendencias corrompidas: son los vicios. Y están los que no tienen ni unas ni otros, al menos por un tiempo. Así tenemos:

  • Al virtuoso: ha logrado que la razón –gracias al hábito virtuoso– gobierne en su persona. Por eso la voz de sus concupiscencias desordenadas –que nunca deja de escucharse– sea una lejana invitación al mal, sin gran relevancia. Por eso dice Santo Tomás que cuando tiene que tomar decisiones, en momentos de tranquilidad o de tormenta (tentación) razona con un razonamiento (silogismo) de tres proposiciones: No hay que mentir (proposición de la razón garantizada o afirmada por el hábito virtuoso); esto que me yo tendría que hacer para obtener este beneficio es una mentira. Entonces, renuncio al beneficio pero no miento y punto.
  •  Al vicioso: en él la voz de su razón sigue sonando, pues no se puede acallar totalmente la voz de la conciencia (gracias a Dios), pero está muy amortiguada (e incluso podría estar encallecida por el mal) y sólo escucha los discursos de sus malos principios (dictados por sus vicios). También realiza prácticamente en todo tiempo un silogismo de tres proposiciones: Hay que meter la mano en la lata siempre que se pueda. Ahora que nadie nos ve es el momento ideal para meter la mano en la lata. Por tanto, ¡a la lata! Terminará en el cementerio, como todos los necios, y en la segunda muerte que es peor que la primera, como dice San Juan. Pero mientras tanto, creerá zonzamente que es lata es su cielo. Estos sufren mucho ya en esta vida, como tenemos experiencia con todos los adictos al sexo, a la droga, al alcohol, al consumo, al juego, al poder, a la mentira, etc. ¡Que digan ellos si no sufren! Tengo cartas desgarradoras de muchachos y muchachas adictos, que no me dejan mentir.
  •  Y tenemos al continente y al incontinente. O sea, al que ni adquirió la virtud ni todavía lo domina el vicio. Este siente las dos voces que le gritan: la de la razón que le indica dónde está el bien, y la del corazón mal inclinado que le indica donde está el placer pasajero. En su cabeza pasan constantemente razonamientos de cuatro proposiciones (o sea, vive en una lucha constante): los dos primeros (el de la razón y el de la concupiscencia) que pelean entre sí (“esto es pecado”; “sí es pecado pero es divertido o me da placer”). ¿Cuál triunfará? Unas veces uno y otras el otro. ¿Cuándo triunfa el juicio de la razón? Cuando las cosas no se presentan imprevistamente y ¡Dios nos manda una ayuda extra! En estos casos, si se sigue finalmente el juicio de la razón (a veces después de una lucha agotadora; otras no tanto) a esta persona la llamamos continente (porque se ha contenido dentro de los límites de la razón). En cambio, cuando la cosa se presenta de modo imprevisto, sin dejarnos pensar mucho, o las cosas están turbias y es difícil razonar, la cabeza se nos va detrás del corazón y como el corazón no es buen guía, terminamos en el mal camino. Este es el incontinente. Y si esto se repite (como a menudo sucede si no se pone uno a buscar con firmeza la virtud) el incontinente al poco tiempo termina siendo un vicioso más.

 

Esta misma verdad podría iluminarse con el mito de Giges que describe Platón en La República (359d-360b) en donde relata la leyenda del pastor Giges quien estaba al servicio del rey de Lidia (Cf. Buela, Alberto, El mito de Giges, Rev. Arbil n. 87). Un día un temblor agrietó la tierra y Giges bajando por la griega termina por encontrar un anillo de oro del cual descubre luego la propiedad de que girándolo en su dedo lo vuelve (al que lo usa) invisible. Giges se hace enviar en una embajada al rey, y aprovechando de la invisibilidad que le proporciona su anillo seduce a la reina, asesina al rey y se hace coronar en su lugar. Glaucón, quien cuenta el caso, quiere sostener con esto que los hombres son justos sólo porque no tienen la posibilidad de practicar la injusticia impunemente; cuando se les presenta (como a Giges) también se vuelven injustos. De aquí la filosofía griega elaborará un concepto auténtico en el que se distingue con claridad entre un “buen hombre” y un “hombre bueno”; el buen hombre es el que no hace el mal por razones secundarias (como el no poder hacerlo impunemente –miedo al castigo; o timidez, o lo que sea) y coincide en parte con nuestro “continente”; el hombre bueno es el que tiene arraigada la virtud y no hace el mal aunque pueda hacerlo sin ser castigado; y este es el virtuoso.

Éste es, para mí, uno de los puntos más importantes de la ética profesional. Si nuestros profesionales no toman conciencia de que ser virtuosos no es un lujo sino el único modo de ser humanos, entonces todo lo demás que digamos no tiene sentido. Si un profesional cree que ser virtuosos es mojigatería, beatería o debilidad, todo esto no es para él. Pero cuidémonos de él, porque aunque sea médico, profesor o farmacéutico, piensa igual que los ladrones, los homicidas y los infieles. El virtuoso no se arrepiente de serlo. Los que no lo son, pueden hacer que todos los que lo rodean se arrepientan de haberlo conocido.

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