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Espíritu de fe (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

alegoria-de-la-feLa palabra “espíritu”, entre otras acepciones, puede tomarse como disposición interior de una persona. Así decimos a veces “éste tiene buen espíritu” o “aquél siembra mal espíritu”. Es, en tal sentido, una manera particular de considerar las cosas, de ver, de juzgar, de sentir, de amar, de simpatizar, de querer y de obrar. Una mentalidad particular que da color a nuestros juicios y actos, y a nuestra vida su tono de elevación o depresión. En pocas palabras es la mentalidad en cuya perspectiva juzgo e interpreto lo que me circunda, las personas que entran en relación conmigo y los acontecimientos que me salen al encuentro en el desarrollo de mi historia particular.

Cada hombre y cada mujer, sean laicos o religiosos, vive según un espíritu particular. Concretamente según uno de estos cinco espíritus: el natural, el mundano, el diabólico, el anti-fe o el espíritu de fe.

Por espíritu natural entiendo el modo de juzgar que no trasciende este mundo. No tiene en cuenta a Dios, ni el alma, ni la eternidad. Es el espíritu pagano. Juzga las cosas según ciertos principios fácilmente identificables: la vida comienza y termina en este mundo; el placer es la mejor regla para medir la importancia de las cosas; lo bueno es lo útil; todo cuanto existe es material; la existencia carece de sentido último. La Sagrada Escritura llama a los que piensan de este modo “los que se pierden” (1Co 1,18), “hombres animales” (1Co 2,14)

El espíritu mundano no se distingue mucho del anterior, salvo en que no lo encontramos en los paganos sino en los cristianos. Éstos saben que existe Dios y profesan la fe; y hasta pueden ser consagrados, sacerdotes y religiosos. Pero piensan y viven como paganos. No tienen otras aspiraciones que los honores de este mundo, y hasta aplican los criterios del espíritu natural a la vida religiosa. En esta categoría se agrupan los trepadores, los acomodados, los oficinistas de la vida religiosa, los que reducen el Evangelio al juego de la diplomacia y, en general, a los fariseos. Son los “hombres de mundo”, es decir, los que conocen el mundo por experiencia personal.

Como no puede ser de otro modo, el espíritu diabólico es el modo de pensar que caracteriza al diablo y a sus simpatizantes, que Jesús llamó “hijos del diablo” (cf. Jn 8,44). El diablo ve y juzga según criterios de enemistad: Dios es su enemigo y, en consecuencia, también todo cuanto venga de –o lleve a– Dios. Le parece malo el hombre, la vida, la concepción, el heroísmo, la patria, la justicia, la nobleza del alma; y con mayor razón la redención, la eternidad, la virtud, la fe, la Encarnación. Miran con estos mismos anteojos los que quieren rehacer la creación y la redención: los que manipulan la genética, las conciencias, las sociedades, la verdad, la historia, el pasado… Jesucristo los definió “obradores de iniquidad”, expresión que en lenguaje bíblico designa a los que allanan el camino del Anticristo.

El espíritu anti-fe es el contrario a la fe. Se distingue de los demás porque se trata de una distorsión de la luz que viene de la fe. Caracterizó al fariseísmo de los tiempos de Cristo. Llevó a los enemigos de Cristo a juzgar que la elección divina de su raza excluía de la vida eterna a todos los demás pueblos; también empujó a que consideraran que los milagros de poder, la expulsión de los demonios por parte de Cristo, en lugar de probar su origen divino, probaban su legación diabólica. Cristo calificó a esta actitud de “pecado contra el Espíritu Santo”. San Juan de la Cruz lo llama: “espíritu de entender al revés”, “espíritu de errar”. Es el espíritu de ceguera. Califica a todos los que se entristecen por los frutos de la gracia; los que atribuyen los milagros morales a causas totalmente humanas; los que explican realidades sobrenaturales como la vocación, la perseverancia, la conversión, la fe, la fortaleza de los mártires… apelando a factores puramente sociales o históricos. Todo lo entienden al revés.

El espíritu de fe es, en cambio, el modo de juzgar que proviene de la virtud de la fe. San Pablo lo describe cuando escribe a los Corintios: “Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias  que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues  sólo espiritualmente pueden ser juzgadas.  En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2,12-16). Éste, pues, viene de Dios; se ordena a que conozcamos la obra de dios; tiene un lenguaje espiritual; es una especie de sentido, de comprensión y de discernimiento espiritual… Y se identifica, en definitiva, con la mente de Cristo

El espíritu de fe nos hace ver de un modo totalmente distinto, e incluso diametralmente opuesto, al de los mundanos, paganos y fariseos los misterios del dolor, de la muerte, de la eternidad, la obra de la Providencia, el desarrollo de la Historia, las obras de los hombres, las maquinaciones de los impíos, la persecución de los justos…

Este espíritu de fe juzga todo a la luz de tres criterios. El primero es la dependencia de Dios. Mientras el impío dice en su corazón “no hay Dios”, el hombre de fe repite las palabras del Señor: “ni siquiera un cabello de vuestras cabezas caerá sin el permiso de Dios” (Lc 21,18). El segundo criterio es el de la providencia amorosa de Dios, que nos enseña que todas las cosas, incluso el dolor, la persecución y el mal, ocurre para el bien de los elegidos: “Nosotros sabemos que todo concurre el bien de los que Dios ama” (Rm 8,28). El tercero es el de la centralidad de Dios y de Cristo, pues “el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro: todo es vuestro. Pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” (1Co 3,21-22). Lo único importante es Cristo. Por eso ante él hay que decir como el Bautista: “es preciso que el crezca y que yo disminuya”.

Este espíritu otea los corazones de los hombres y el movimiento de la historia desde la cumbre más alta del mundo: la cruz de Cristo.

Un comentario:

  1. “es preciso que el crezca y que yo disminuya” Amén!

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