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El veneno de la duda (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

serpiente2Las dos primeras tentaciones que Satanás dirige a Cristo comienzan con la expresión “Si eres el hijo de Dios…” “Si eres hijo de Dios convierte esta piedra en pan”; “Si eres hijo de Dios arrójate del pináculo del templo”. La duda carcome al demonio sobre la identidad de Jesús el nazareno. ¿Será quien Yahvé predijo que “le aplastaría la cabeza”, el que anunciaron repetidamente los profetas como “el Victorioso”, el que el Bautista anunció como “uno mucho más grande que él”?

La duda exaspera al demonio como “un segundo infierno”, dice Cornelio Fabro explicando el pasaje de san Mateo. Pero precisamente de su tormento personal el ángel “inserpentado” aprende el valor corrosivo de la duda, sea en su forma de inseguridad, o de recelo, o de suspicacia, o de desconfianza. Y la usa como su arma más filosa.

En el fondo el error y la herejía impugnan la verdad de modo acotado. Son siempre afirmaciones. Falsas pero precisas. Se las puede, por tanto, expresar de modo adecuado, entender su sentido, buscar sus orígenes, encontrar sus raíces sofísticas y, finalmente, refutarlas. Como se dan vuelta las malas hierbas del campo para que la helada, primero, y el sol, después, las quemen.

La duda, en cambio, es, por naturaleza, indeterminación, suspensión de juicio que, a menudo, abre la puerta a numerosas conjeturas, la mayoría de las cuales rebuscadas y falsas. La duda es madre de todo lo que ella no dice… pero engendra. Una duda, positivamente colocada, puede valer más que mil calumnias. Desde el momento en que la lengua (¿bífida?) enuncia, como quien no quiere la cosa, “¡Vaya a saber si tuvo buena intención!”, procrea como hijos propios todas las malas intenciones que los demás se imaginan. Un “no le pudieron probar nada pero eso no quiere decir que sea inocente”, equivale a veces a endosarle a alguien más crímenes que si lo hubieran acusado únicamente de ladrón, abusador o mentiroso. Es “la pulga detrás de la oreja”, como dice el diccionario de la Real Academia Española, o la “pulga en la oreja”, como se expresa el común de la gente. Es la siembra de la inquietud. Y los sinónimos de inquietud son turbación, temor, ansiedad, preocupación, desasosiego… Efectos que los maestros espirituales atribuyen al mal Espíritu, ése que en el monte de las tentaciones se muestra él mismo atormentado por la Duda eterna.

“Dime, Iván: ¿hay Dios o no lo hay?”, pregunta Fiodor Pavlovitch al irreligioso de los Karamazoff. Y la duda –que este último sabía muy bien introducir con astucia- lo carcome. Ésta es el arma con la que el demonio –sus émulos, para ser exactos- ha prostituido la teología y la fe en los últimos dos siglos. ¿Seguro que existe Dios? ¿Será cierto que Jesús se creía Dios? ¿Fundó Cristo realmente una Iglesia? ¿Es ésta verdadera y santa? ¿Existe el bien y el mal? ¿Existe la verdad?

La duda tiene un poder corrosivo que no posee ni la herejía ni el error. Consiste en su capacidad migratoria. Alzo una duda sobre los milagros de Cristo, y aquélla se desliza luego a los hechos y dichos del mismo Cristo, y de allí se desplaza a su mesianismo, de allí a su divinidad, e invade su misma existencia histórica. Es una inyección endovenosa con inmediato y universal efecto. La herejía, en cambio, permanece más circunscripta, aunque también, con mayor lentitud termine por expandirse a otros campos.

La duda que se arroja sobre la cualidad de una persona es más efectiva que una calumnia. La calumnia se circunscribe. La duda es, como he dicho, nómada y trotamundos. Arrojada sobre su moralidad, o sobre algunos episodios de su vida, pasará a ensombrecer todos sus hechos, sus dichos, sus intenciones, sus escritos…

La duda “vacía y postra las conciencias con aire tórrido y abrasador”, dice Fabro; “postra y hace desesperar”. Cuando Satanás logra calzar la duda sobre una persona o sobre una obra, y se le da crédito… “puede satanizar a pie suelto”, dice el mismo autor.

Lo ha hecho con la teología durante el último siglo poniendo dudas sobre todas las verdades de fe y ha arrasado más inteligencias que las que lograron talar los heresiarcas de antaño y hogaño. Y así nuestro mundo se ha convertido en una babel mental, hostil a la fe porque corroída de la duda bíblica y teológica.

Y los que han aprendido la lección del Maestro-de-abajo trabajan, como él, poniendo dudas. Los enemigos de la fe: dudas sobre las verdades teológicas. Los enemigos de la verdad: dudas sobre los fundamentos de la realidad. Los enemigos de caridad, de la unidad y de la sociedad: dudas sobre algunos prójimos, puntualmente elegidos, como un sectario elije la columna madre que, volada por los aires, hará desplomar el edificio entero… Si Dios lo deja. Porque respondiéndole al angustiado Fiodor Pavlovitch hay que repetir, al contrario de Iván Karamazoff, “Dios existe” y no siempre deja que el diablo, que ha preparado la olla, también le ponga la tapa. Solo si está en sus planes sacar de eso bienes mayores.

“Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no”. Esto implica: afirma la verdad y demuéstrala; si no puedes lo segundo, cállate; tal vez lo que consideres verdad no sea tal. Denuncia el error y pruébalo. Si no puedes lo último, guarda silencio; quizá el equivocado seas tú.

Pero arrojar dudas que ensucian, ya sabemos quién se lo inventó y también cómo le fue.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

Un comentario:

  1. Excelente artículo, muy importante recordarlo en este tiempo de cuaresma que sin duda nos ayudará en este camino de la Cruz. Saludos y bendiciones

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