De Savonarola, para los que se escandalizan de los otros

defectosCuando hace unas semanas cierto conocido me habló escandalizado de las más que criticables actitudes de unos cofrades suyos, me vino a la memoria esta carta de Jerónimo Savonarola (a quien las intrigas que nunca faltan condenaron a la hoguera, lo que no impidió que más tarde grandes santos le tuvieran devoción incondicional, como santa Caterina de Ricci o el beato Piergiorgio Frassati, quien como terciario dominico adoptó en su honor el nombre de Girolamo).

Pues bien, esta carta, escrita en 1492 (¡cuando las carabelas de Colón todavía estaban esperando venias para zarpar del Puerto de Palos!) a un fraile de su orden que se escandalizaba de algunos de sus compañeros de Orden, responde adecuadamente a las perplejidades de mi interlocutor.

 

De Fray Jerónimo a fray Stefano Capodiponte

“La paz de Cristo que sobrepasa toda comprensión domine tu corazón en Cristo” (Fil 4,7), queridísimo hermano. Habiendo estado muy presionado por muchos empeños no he podido satisfacer antes tu deseo: porque incluso olvidándome de mí, a veces no llego a cumplir aquello que pienso y deseo. Ahora sin embargo obligado por tu caridad y tu celo indiscreto, estoy obligado a recomendarte que camines en la vocación para la cual has sido llamado.
Acuérdate que en el cielo están solo los buenos, en el infierno sólo los malos; pero en este mundo los buenos y los malos se encuentran juntos; así que jamás podrás encontrar buenos sin malos. He aquí por qué muchos que desean vivir bien, pero sin someterse a personas más ancianas, buscan algo imposible en este mundo. Ellos quieren vivir con los santos, excluyendo a todos los hombres malos e imperfectos. Y como no encuentran esto, abandonan su vocación y se entregan a vagabundear. Son engañados por el demonio, caen en error y en pecado, y a continuación no vuelven más a la vía recta de la sabiduría.
Hijo mío, el bien vivir consiste en hacer el bien y en el soportar el mal, y así perseverar hasta la muerte. Y ¿quien podría vivir mal entre los santos sino un hombre perverso y privado totalmente de la gracia de Dios? No merece gran alabanza vivir bien entre los buenos. Digo esto no porque aquellos con los cuales te encuentras sean malos; por el contrario, son buenos, si bien algunos tal vez sean imperfectos; sino porque tú, de una pajuela tiendes a hacer un travesaño.
Ciertamente que hay que huir de los hombres malos y perversos, y se debe estar con los buenos; porque “con el santo serás santo y elegido con los elegidos, mientras que con los perversos te pervertirás” (Sal 17,26). Pero si tú quisieses huir de todos los malos, tendrías que salir de este mundo. Verdaderamente ya has salido de este mundo, y pensabas que entrarías inmediatamente en el paraíso. En cambio has entrado en la antecámara del paraíso, pero todavía no en el paraíso. En el mundo ha vivido entre escorpiones; pero en el convento te toca vivir entre perfectos, entre los que van adelantando en la vida espiritual, y entre imperfectos; pero no entre malvados.
Si tú, pues, encuentras algún falso hermano, no debes maravillarte; más bien deberías maravillarte de lo contrario. De hecho se encontró alguno que otro impío y perverso perseguidor de los buenos en la familia de Abraham, y en la de Isaac, y en la de Jacob, de Moisés, de David e incluso entre los de la casa del Señor nuestro Jesucristo. Por eso, ¿cómo puedes pensar que en este mundo haya una casa sin ningún malo?
Te equivocas, hermano, te equivocas: esta es una grave tentación, armada con astucia por obra del diablo. Por eso “busca la paz y persíguela”; “camina ante el Señor”; “humíllate bajo la poderosa mano de Dios”; entre las espinas busca de recoger las rosas: “estima a los otros como mejores que tú”. Si ves algo que no te gusta, piensa que ha sido con buena intención: muchos son interiormente mejores de lo que parecen.
Cálmate, pues, hermano mío, cálmate: ejercítate en la humildad, en la sumisión y en la obediencia; reza ininterrumpidamente, y ten sabido que la morada del Señor está en la paz. Ora por mí y dale mis recuerdos a tu maestro y a tus condiscípulos. Cuídate.

Desde Florencia, el 22 de mayo de 1492.
Fra Girolamo da Ferrara, OP

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

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