Una lección sobre ranas (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

rana2Hay personas que se autodefinen como “amantes de las ranas”. O más propiamente herpetólogos. Pasan una parte notable de su vida en bosques y selvas, y dedican muchas de sus noches (y prefieren las densas, lluviosas, calurosas y muy húmedas) a buscar sus ranas, estudiarlas, clasificarlas y contarlas (en la medida de lo posible). Para encontrarlas se guían por el canto de las ranas machos que cerca de los arroyos llaman a sus posibles parejas, y por el canto estos herpetólogos son capaces de identificar una especie y distinguirla de otra. Son capaces de decirnos que estamos cerca de una Litoria, o de una Nyctimystes, de un Cophixalus ornatus o de una simple Rana. Conocen sus hábitos de reproducción, de alimentación, el modo de criar a sus renacuajos; pueden describirnos sus modos de batalla, los ambientes en que viven, sus procedimientos de cacería y las diferentes dietas que varían de modo extraordinario de una rana del desierto (que se alimenta de tarántulas) al de una rana ninfa. Y están sobre todo muy preocupados por los grandes males que amenazan a las ranas y que han causado la disminución de su número en los últimos años: la radiación ultravioleta por el adelgazamiento de la capa de ozono (que puede hacer que se altere el ADN de los batracios), la competencia entre especies, los cambios climáticos, la contaminación por los metales pesados y las sustancias químicas agrícolas, la tala de árboles, la drenación de pantanos y la construcción de presas en los ríos, las terribles enfermedades que afectan a algunas especies como la saprolegnia, el hongo quitridio y el iridovirus y la inmoderada captura de ranas (pues millones de ellas mueren cada año para abastecer con sus ancas exquisitos restaurantes de varios lugares del planeta).
Estoy muy lejos de definir este interés por las ranas como superfluo o inútil. Todo lo contrario. Necesitamos personas con este tipo de inclinaciones; pues si las ranas desaparecen o escasean en forma alarmante pronto seremos víctimas de los mosquitos y de la malaria. El equilibrio de nuestro sistema exige dedicación y esmero por parte de algunos.
rana1Si relato esto no es a modo de capítulo curioso de la Historia de la estupidez humana de Tabori, sino para resaltar la paradoja con nuestro interés por las cosas verdaderamente esenciales. Si en nuestro mundo hubiese personas tan apasionadas con el misterio de Dios como las hay con el misterioso mundo de las ranas, ¡qué distintas serían las cosas!
Si desaparecen las ranas nos tragarán vivos los mosquitos… ¿Y si desaparece la fe en Dios? En los últimos decenios uno de los porcentajes que más ha aumentado es el de los que se proclaman ateos. Pero estos no me preocupan tanto como los ateos que no saben que lo son. Tal vez este número es el que más ha crecido, pero nadie es capaz de medirlo, porque entre estos la mayoría cree que cree en Dios. En realidad vive como si Dios no existiera; es víctima de un ateísmo práctico. Un ateísmo práctico es tan nocivo como un ateísmo doctrinal, pero, en el fondo, más efectivo. El ateísmo práctico carcome la sociedad ateizando las relaciones humanas: ateíza el matrimonio y la familia, ateíza o seculariza el comercio, ateíza el diálogo entre los hombres, la enseñanza, la economía, el periodismo, la amistad, el noviazgo, la política…
Vivimos en un mundo ateo: donde se prescinde de (y hasta se ataca a) Dios en la escuela, en la biblioteca, en el almacén, en el campo deportivo, en la prensa, en la televisión… en las casas parroquiales y hasta en las curias de los obispos.
“Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” ¡No lo sé, Señor! Pero al paso que vamos es más probable que encuentres ranas en lugar de creyentes.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

31 de diciembre de 2015

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