Jesús es Todo (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

jesus-eucaristia-03En esta semana que estamos terminando hemos celebrado el día de la Institución de la Eucaristía, el Jueves de Pasión. Jesús nos ha dado en este sacramento el centro más luminoso de nuestras vidas. La eucaristía es TODO. Y debemos acercarnos a ella, especialmente en la comunión, como a la Respuesta y Satisfacción de todas nuestras preguntas y necesidades.

Hay dos estrofas de una oración que Santo Tomás de Aquino compuso para rezar antes de comulgar, que cifran este pensamiento. Decía el Santo en la primera de ellas:

Omnipotente y eterno Dios, heme aquí, que llego al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo. Llego como el frágil al médico de la vida, como un impuro a la fuente de misericordias, como un ciego a la luz de la claridad eterna, como un pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra (Omnipotens sempitérne Deus, ecce accedo ad sacraméntum unigeniti Filii tui, Domini nostri Iesu Christi: accedo tamquam infirmus ad médicum vitae, immundus ad fontem misericordiae, caecus ad lumen claritatis aeternae, pauper et egénus ad Dominum caeli et terrae).

Esto es lo que somos todos nosotros de una u otra forma:

  •  Seres frágiles y quebradizos, a quienes no solo las tormentas de las tentaciones sino hasta las brisas de los malos estímulos hacen naufragar o partirnos en dos. Tenemos tantas heridas en el alma, tantas caries en el corazón, que necesitamos un médico con poderes sobrenaturales (un “médico de vida”, como dice el Angélico) para que nos vende, nos cure y nos sane. Y eso ha querido ser Él para nosotros.
  • Estamos sucios, porque el pecado nos ha afeado, nos ha dejado mal olor y mucha putrefacción; necesitamos lavarnos en una fuente de aguas misericordiosas, una fuente que no nos rechace ni sienta asco de nosotros, una fuente que no haya sentido repugnancia de los leprosos, de los borrachos, de los ladrones ni de las prostitutas. Y ese es Jesús, y como tal ha querido presentarse en el Evangelio y con la misma actitud ha querido quedarse en la Eucaristía.
  • Somos ciegos desdichados. Creemos ver con claridad, pero en realidad todo es turbio ante nosotros. No vemos las realidades sobrenaturales; nuestra fe es tan pobre que el mundo invisible se nos escapa. Caminamos por la vida, como dice sugestivamente Isaías, como los ciegos que van tanteando las paredes, clamando por un lazarillo que los tome de la mano. Y así es Jesús en la Eucaristía. Más aún, no solo es un lazarillo de ciegos sino que colirio que devuelve la vista del alma.
  • Somos, en fin, muy pobres y estamos desamparados. No podemos pagar las deudas que hemos contraído con Dios, nuestras manos están vacías de méritos y si tuviéramos que presentarnos ante el divino Juez nos moriríamos de vergüenza porque estamos desnudos y hemos despilfarrado la mayoría de los dones que Él nos ha dado para hacerlos fructificar. Pero Jesús que nos conoce y tiene piedad, ha querido quedarse como nuestro tesoro. Al comulgarlo cargamos en nuestro corazón la fuente de todas las gracias y el principio de todos los méritos. Si Dios nos preguntara ¿y con qué quieres pagar el cielo al que quieres entrar?, ¿con qué joyas?; podemos responderle, si el Señor está en nuestra alma: “con esta, que Tú mismo me has dado”. Y no podemos dudar que será más que suficiente.

Por eso a Él, a Jesús en la Eucaristía, le debemos pedir todos esos efectos. Como hace Santo Tomás:

Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el Pan de los Ángeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma. (Rogo ergo imménsae largitatis tuae abundantiam, quatenus meam curare dignéris infirmitatem, lavare faeditatem, illuminare caecitatem, ditare paupertatem, vestire nuditatem, ut panem Angelorum, Regem regum et Dominum dominantium tanta suscipiam reverentia et humilitate, tanta contritione et devotione, tanta puritate et fide, tali propósito et intentione, sicut expedit saluti animae meae).

Él es que sana, limpia, alumbra, enriquece y viste. No puede fallar jamás nuestra confianza si estamos persuadidos de estas verdades. No podemos ser jamás desagraciados, ni estar tristes, ni sentir ansiedad o angustia o inquietud, si realmente creemos en la presencia de Jesús en la Eucaristía, y si entendemos por qué ha inventado Él este modo inimaginable e inigualable de quedarse entre nosotros. Tenemos a Jesús en la Eucaristía.

Tenemos todo.

Nos sobra el resto.

Amén.

 

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

Sábado Santo, 2016

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