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Joaquín, el Gnóstico, sigue fastidiando a la Iglesia (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

gnosisJoaquín sigue vivo. Henri de Lubac, en su libro “La posterioridad espiritual de Joaquín de Fiore” [1], cita una carta de Jürgen Moltmann en la que éste dirigiéndose en 1965 a Karl Barth le dice: “Joaquín está más vivo que Agustín”. Equivale a afirmar la presencia viva de un pensamiento gnóstico del que Joaquín de Fiore fue uno de los representantes más notorios y de quien Santo Tomás afirma que enseñaba cosas que eran “una grandísima necedad” (Suma Teológica, I-II, 106,4 ad 4).

La Gnosis “cristiana” es un intento de explicar toda la realidad (Dios, el hombre y el mundo) de modo racional. Toma los conceptos cristianos y en cierta medida los conserva pero entendiéndolos o paganizados o judaizados. Su última esencia consiste en hacer de todas las cosas una misma realidad inmanente a la medida del hombre. Tiene dos formas de presentarse: una abierta y otra subrepticia. La abierta es el pensamiento que se declara francamente contrario a la Tradición católica (pensemos en Hegel, en el marxismo, en Spinoza, en Nietzsche o simplemente en los herejes que se separaron renegando de la Iglesia, como Lutero). La subrepticia, que es la más grave, piensa lo mismo que la abierta, pero intenta subsistir en el seno de la Iglesia; no declara su herejía, aunque la profesa; es obra de muchos teólogos seducidos por el gnosticismo. Y por su modo de presentarse muerde la inteligencia de muchos incautos que se van gnostizando sin darse cuenta.

En un memorable discurso ante el Cuerpo Académico de la Universidad de Lión, el 7 de octubre de 1986, el Santo Padre Juan Pablo II, hablando del mensaje teológico de San Ireneo, recordaba que “la Gnosis (fue) una de las primeras contestaciones radicales del cristianismo”. Y añandía: “¿Quién osará decir que la tentación gnóstica ya no es un obstáculo para la Iglesia? El ensayo de interpretación del cristianismo por filósofos como Hegel era en verdad una manera de vaciar la fe cristiana de su substancia, interpretando el anonadamiento del Hijo de Dios como pérdida de la identidad de Dios, y la anulación del abismo entre Dios y su creatura. También hoy existe, de manera difusa, en ciertos cristianos, la tentación de hacer una lectura de la Biblia dominada por presupuestos extraños a la fe, de plegar la fe a un sistema construido fuera de ella, conservando en todo caso las fórmulas familiares de la Biblia o de la doctrina cristiana en apoyo de estas corrientes heterogéneas. El deber del teólogo es evitar este género de sustitución ruinosa, de velar por la autenticidad, como Ireneo” [2].

 

La gnosis encubierta. Cuando hablamos de gnosis sólo nos referiremos, con tal nombre, a la gnosis subrepticia. De esta podemos decir [3]:

1) Es peor que la herejía que rompe abiertamente con la doctrina de la Iglesia porque:

  • tiene lugar en el interior de la fe; no intenta salir del pueblo de Dios;
  • el gnóstico no se siente culpable; al contrario, se presenta como el cristiano mejor informado, el más fiel al Evangelio y el más capacitado para demostrar la credibilidad de la fe a los hombres de hoy;
  • a veces juega al mártir; su razonamiento al ser reprendido es siempre el mismo: o afirma que no ha querido decir lo que le reprochan, o bien lo ha dicho pero no se trata de un punto que toque la esencia del cristianismo;
  • no se presenta como una “ruptura” sino como un deslizamiento creciente;
  • vive una existencia parasitaria: no puede vivir sino sobre el tronco de un árbol que ella va consumiendo, pero que la lleva y la nutre (es el árbol de la fe verdadera y de la Iglesia; por eso no la abandona abiertamente; le da de comer, como la Iglesia a todos los teólogos progresistas que hablan contra ella, pero desde dentro de ella y con sueldo de ella);
  • para salir de la gnosis no basta aceptar algunas correcciones particulares o momentáneas sino que es necesario sacarse los lentes deformantes; es un problema de visión global;
  • cuando ataca al Magisterio no lo hace simplemente para negar su existencia sino el criterio de la fe que molesta y hace saltar la cadena que cierra toda la cerca.

En cambio, la herejía común y silvestre (que también es una gnosis, pero explícita) si bien en sus inicios está más separada de la Iglesia, también es más cercana a ella desde algún otro aspecto. Suele consistir en la negación de algún o algunos artículos determinados de la fe, pero manteniendo la generalidad del dogma: acepta unas verdades y niega otras (el gnosticismo reinterpreta todas). El gnóstico puede mantener las fórmulas pero éstas carecen de todo sentido en sus labios De aquí que la conversión para el gnóstico y el herético exija cosas diversas:

  • la herejía puede ser rectificada; convertirse para un luterano, por ejemplo, consiste en un “camino” de retorno por el cual, las verdades que el hereje todavía profesa vuelvan a insertarse en el credo total al que pertenecen realmente. Ésta es la tarea del ecumenismo.
  • el gnóstico, en cambio, debe pulverizar su pensamiento porque para convertirse debe destruir todo el sistema de pensamiento con los presupuestos intelectuales que lo orientan.

2) Es una realidad “para-cristiana”. La gnosis es parasitaria de la fe. Necesita la fe para vivir, al mismo tiempo que la va destruyendo. Por eso se presenta como plenamente compatible con ella; o mejor, como el único modo de hacer “creíble” un cristianismo que se ha hecho inadmisible para el mundo de hoy. Se presenta como la única posibilidad de “salvar” la fe (o sea, hacerla aceptable) en el mundo actual.

3) Confunde los cambios con fracturas. Para hacer aceptar su hermenéutica de la fe, que la interpreta como una “fractura”, quiere mostrar que en el pasado hubo ya muchas fracturas dogmáticas. Insiste, por ejemplo, en que la Iglesia cambió su modo de pensar respecto de la libertad de conciencia, el ecumenismo, la eclesiología del Vaticano II, la libertad religiosa. Sin embargo, esto sólo pueden aceptarlo mentes superficiales. La Tradición de la Iglesia jamás ha entrado en contradicción consigo misma. Por el contrario, los documentos mayores del Magisterio siempre se han esforzado por hundir sus raíces en los textos más antiguos. El verdadero “aggiornamento” no es “apostasía camuflada”. Y la apostasía camuflada a la que empujan algunos teólogos, no es “aggiornamento” sino suplantación de la fe. Para justificarse también invoca todas las diferencias que coexisten dentro de la Iglesia. O sea, el pluralismo teológico; pero precisamente muchas de estas corrientes no “coexisten” legítimamente y la Iglesia las ha refutado cuando ha intervenido correctamente. Lamentablemente a muchos se los tolera indebidamente.

4) Ejecuta una sutil seducción. Porque encierra todo misterio en conceptos totalizantes que parecen “agotar” el misterio. Explica todo. Ejerce una suerte de “imperialismo del concepto”. En realidad no enriquece sino que empobrece la fe y la vuelve árida.

5) Es intolerante. El enemigo declarado del gnosticismo es el ministerio apostólico (el Magisterio) que le impide infiltrarse en la fe. Por eso se presenta como militante en favor de la libertad:

  • Declara su voluntad de armonizarse con la modernidad (“palabra vacía en la que cada uno pone lo que quiere”).
  • Exalta la apertura sin aclarar si se trata de “dar aire” o “provocar una hemorragia”.

Pero todo esto no es verdad. La gnosis ocupa todo el terreno que le es posible. Ella tiene sus dogmas y no soporta que sean puestos en duda. Utiliza medios de presión y organiza barreras para impedir la aparición de obras que contradicen sus tesis o para limitar sus ventas (por ejemplo, Manaranche menciona la oposición a la tesis de Christian Cochini sobre el celibato sacerdotal en el Instituto Católico de París, en 1969; los esfuerzos por impedir la traducción al frances de “Redatando el Nuevo Testamento”, de Robinson; el sarcasmo contra los estudios de Jean Carmignac; podríamos añadir la oposición a Daniel Ols en el Angelicum por su tesis contra Schillebeckx y Rahner, la presión contra la obra de Dreiffus “Jesús, ¿sabía que era Dios?”, etc.).

Al menos aplica la “conjura del silencio”.

Utiliza también epítetos infamantes para desacreditar a sus oponentes y tiene un vocabulario preferido para esto, por ejemplo, los “dilemas”:

  • adelante/atrás para estigmatizar lo que tiene certeza
  • libertad/constricción para acusar lo que le parece autoritario
  • abierto/cerrado para denunciar lo que le parece obtuso
  • pluralismo/monolitismo para abatir la confesión de fe
  • ductilidad/rigidez para disolver el significado de las afirmaciones católicas y desvanecer su contenido
  • acusa de dualismo cuando constata que la Iglesia no se confunde con el mundo
  • juega la carta del “pluralismo” para emplazar su propio sistema, y la carta de la “unidad” para eliminar todos los demás
  • usa categorías periodísticas para rebautizar conceptos dándoles un matiz diverso, más político, ambiguo y equívoco. Por ejemplo, a la ortodoxia la relaciona con la “derecha política”; la renovación es un “volver atrás”; la reforma tiene aire de “restauración del antiguo régimen”. Por su parte el “integrismo” cae en su juego calificando de “izquierda” todo lo que no coincide con sus ideas y así alimenta a sus rivales.

Resumiendo, la gnosis tiene “hambre de poder” y para esto usa también el juego de “todos/algunos”, concluyendo sus demostraciones con su afirmación “por otra parte, hoy día todos piensan de esta manera”.

 

 

NOTAS:

[1] Henri de Lubac, La posterioridad espiritual de Joaquín de Fiore, Ed. Encuentro, Madrid 1989, T.1 p. 7.

[2] Juan Pablo II, Discurso al cuerpo académico de la Universidad de Lión, L’Osservatore Romano, 26 de octubre de 1986, p. 13.

[3] Me baso, para cuanto coloco bajo este título, principalmente en el libro de André Manaranche, I preti. Crisi e formazione, Società Editrice Internazionale, Torino 1996.

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