El poder de nuestra mirada (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

mujer-postrada¿De cuántas maneras puede un varón mirar a una mujer? ¿Qué efectos tiene nuestra mirada sobre los demás? Nuestra mirada puede enaltecer, dignificar, destruir, humillar. Puede elevar a una mujer o postrarla. Este es el secreto de la transformación que la mirada de Jesús provoca en la pecadora que se postra, llorando, a sus pies. La que entra a la presencia de Cristo con un “vaso de alabastro” lleno de perfume y un corazón de barro, y sale con su jarro vacío y su corazón transfigurado en cristal.
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4 comentarios:

  1. no hay posibilidad de ver el tema escrito?

    • Estimada Gloria:

      Lo que tengo escrito no es exactamente lo mismo que prediqué pero se lo envío. Siempre que predicamos usamos el texto como una guía de la que a veces nos alejamos un poco.

      Domingo XI (C). Lc 7, 36-8, 3 – La pecadora

      1. El episodio ocurre en Galilea, quizá en Cafarnaum. En casa de Simón, un fariseo adinerado que ofrece un banquete. Simón invita a Jesús porque quiere conocerlo. Pero “sin comprometerse” ante sus propios correligionarios como discípulo, por eso, no ofrece ninguna de las reglas de cortesía de la época con los invitados:
      ­ No lo besa al llegar
      ­ No le lava los pies con agua perfumada
      ­ No lo unge con óleo
      Simón representa a los católicos “de lejos”, que quieren los beneficios de estar con Cristo, pero sin jugarse por él.
      2. Durante la comida, entra una mujer. “Era una pecadora”. Esto significaba, casi seguramente, prostituta. Llevaba en sus manos un “vaso de alabastro con perfume”. Ella:
      -De atrás de Cristo (que estaba recostado), es decir, del lado de los pies, estirados hacia afuera de la mesa, llora abundantemente.
      -Lava sus pies con las lágrimas que brotan de sus ojos. No era su intención inicial; solo perfumarlo. Pero visto esto, limpia sus lágrimas y termina por lavarlo con ellas.
      -Los seca con sus cabellos.
      -Lo unge con el perfume.
      3. Lo más importante: lo ama. Lo dice el Señor: “amó mucho”. No está enamorada de Jesús varón, al que prácticamente ni conoce, y si lo ha visto ha sido al pasar. Pero Dios ha tocado su corazón y ha visto en Él, el Perdonador Divino. Es probable que Cristo la haya mirado al pasar. Una prostituta está acostumbrada a varias miradas de parte de los demás (hombres y mujeres):
      -La mirada de concupiscencia: como carne, como objeto de placer. Ella es un cuerpo. Nadie mira su alma; ni saben que tiene una. A nadie importa si ella sufre, si la humilla lo que hace. Simplemente es atractiva y puede producir placer. Es un instrumento.
      -La mirada de desprecio: es una pecadora, es sucia, es adúltera, es una manoseada. El mismo que la buscó para tener placer, cuando lo obtuvo, siente asco.
      -La mirada de reproche de los que están en desacuerdo con lo que hace, especialmente de las mujeres que suponen que sus novios o sus esposos han tenido algo que ver con ella.
      -La mirada de burla por lo que ella representa: la mujer degradada, la que los hombres desean por media hora, pero jamás buscarían para toda la vida.
      -La mirada de lástima, como a un animal enfermo.
      Jesús pasó y la miró. En su mirada limpia (bienaventurados los limpios de corazón) no había avidez ni lujuria, no había menosprecio ni burla, no había reproche, ni tampoco había lástima amarga. Había algo que ninguna mirada había tenido con ella: había respeto, mucha piedad y una ternura que no pedía nada a cambio.
      4. Esa mirada la hizo sentirse mujer. Jesús la miró como se mira a una “señora”, a una mujer que se respeta, y había en esa mirada un ofrecimiento de perdón. Con esa sola mirada, percibió que Dios no se había olvidado de ella, y que todavía tenía lugar para ella en su Corazón.
      5. En esa mirada ella percibió que Jesús no miraba sus cabellos, ni sus coloretes, ni sus labios, ni sus pestañas y cejas, ni sus hombros, ni su cuello… sino que entrando por ojos miraba su alma, y Él veía su dolor, su tristeza, su desesperación, su angustia, su abandono… y que le decía sin palabras que Dios es Padre y que la invitaba a ser hija de Dios.
      6. Se sintió amada, muy amada, en su alma. No apetecida sino amada, lo cual era una experiencia nueva. Y por eso amó. Amó a Dios que la amaba.
      7. Por eso venía a pedir perdón, al único hombre que ella no hizo pecar, ni ensució. A pesar de eso ella le pedía perdón. Porque perdón por los pecados solo pide a Dios o a quien uno ofende. Ella no ofendió a Cristo varón; entonces, ella veía en Cristo a Dios.
      8. Por eso Jesús le dice: “tu fe te ha salvado, vete en paz”. Y se marchó en paz.
      9. San Gregorio Magno dice que “a nosotros nos representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y la imitamos en el llanto de penitencia”. Dios nos conceda realmente llorar nuestros pecados de este modo, con esperanza, a los pies de Cristo, el Gran Perdonador.
      P. MF

  2. Margarita Aranda

    Me encantó, yo quiero sentir esa dulce y tierna mirada, esa mirada de amor y aceptación limpia que solo alguien que ama tán intensamente puede dar, con esos ojos misericordiosos como su dulce Madre así me lo imagino. Quiero poder estar un dia frente a El sabiendo que si me acepta y me otorga su gran perdón. Se me hace un nudo en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas porque me siento tan indigna, pero tengo esperanza.

  3. marciamic_0708@yahoo.es

    temas muy interesantes y que nos ayudan a culturalizarnos

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