Sujetar la lengua (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

lenguafuegoEl Apóstol Santiago, en su única Epístola escrita, dedica un largo párrafo (que transcribo al final de estas reflexiones) a una de las principales obras que manifiestan la fe del cristiano: la responsabilidad con la propia palabra (St 3,1-12). Comienza refiriéndose al triste afán que carcome a tantos hombres de querer ser “maestrillos”, es decir, de constituirse en mentores de los demás: “no haya tantos de vosotros que pretendan ser maestros”. Con esta diatriba, Santiago puede aludir a distintos vicios. Ante todo, al ansia de alardear de los propios conocimientos, retoño frecuente de la vanidad y del orgullo. El deseo de ser admirado y recibir el aplauso de la gente lleva al necio a ostentar sus conocimientos, los posea o no. Nadie dicta cátedra con más seguridad que los ignorantes que desconocen los estrechos límites de su saber. Lo cual no es enseñar sino rebuznar. Esta es la ciencia “hinchada” que reprueba san Pablo (cf. 1Co 8,1). También puede referirse al que verdaderamente sabe de lo que habla, pero olvida su responsabilidad de convertirse en el primer discípulo de su propia enseñanza; esta es la ciencia de los malos escribas, contra la cual nos advierte el mismo Señor mandándonos “cumplir lo que dicen, pero sin imitarlos, porque dicen y no hacen” (cf. Mt 23,3). Se dirija a unos u otros, Santiago recuerda a los maestros, que serán juzgados “más severamente”; es decir, se nos pedirá rigurosa cuenta de nuestras propias lecciones. La enseñanza de la fe y de la moral es una gran responsabilidad que debería hacer temblar incluso a quienes la tienen por oficio.

Pasa luego a hablar de los pecados de la lengua propiamente dichos. Da la impresión que para el autor de la carta, en gran parte la perfección espiritual se juega el dominio de la lengua. Todos los que tenemos una sabemos que da en el blanco. Porque con harta frecuencia, quienes ya se han vencido en muchos campos, tienen, sin embargo, una deuda pendiente en este. Santiago no hace ninguna lista de los diversos pecados de la lengua que hallamos, sin embargo, en otros lugares de la Escritura, en particular en las cartas de san Pablo: calumnia, mentira, críticas, murmuración, indiscreción, chismoserío, imprudencias, hablar de más, chabacanería, grosería, etc. La literatura sapiencial siempre ha dedicado sugestivos pasajes a este fenómeno, como demuestra este fragmento del Sirácida: “Si soplas una chispa, prenderá, si la escupes, se apagará, y ambas cosas salen de tu boca. Al murmurador de lengua doble [díglososos; doble-lengua], maldícele, que ha destruido muchas amistades. A muchos sacudió la lengua triple [glōssa tríte, triple lengua; algunos traducen: lengua entrometida], los dispersó de nación en nación; arrasó ciudades fuertes y derruyó palacios de nobles. La lengua triple hizo que se repudiara a valiosas mujeres, las privó del fruto de sus trabajos. El que le presta oído no encontrará reposo, ni plantará su tienda en paz. El golpe del látigo produce moretones, pero el golpe de la lengua quiebra los huesos. Muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los que ha matado la lengua. Feliz el que de ella se resguarda, el que no pasa a través de su furor, el que su yugo no ha cargado, ni ha sido atado con sus coyundas. Porque su yugo es yugo de hierro, y coyundas de bronce sus coyundas. Muerte funesta la muerte que ella da, ¡el abismo es preferible a ella! Mas no tiene poder sobre los piadosos, en su llama no se quemarán. Los que abandonan al Señor caerán en ella, en ellos arderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará. Mira, cerca tu hacienda con espinos, encierra bien tu plata y tu oro. A tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo. Guárdate bien de resbalar por ella, no sea que caigas ante el que te acecha” (Si 28,12-26).

Inspirado en textos como el que acabo de transcribir, Santiago señala el gigantesco poder de la lengua filosa. Es capaz de hacer mucho daño. Incendia todo un bosque con una sola chispa. Y una vez encendido el fuego, este se vuelve incontrolable. Así también los daños que hace la lengua. De ahí que, en buena medida, el control del hombre sobre sí mismo dependa del control de su lengua. Al igual que al caballo, uno debe ponerse un freno en la boca. Porque semejante al timón de la nave, por más pequeño que aquel sea, gobierna todos los movimientos del barco y es responsable de su rumbo y de su naufragio. De ella puede proceder incluso muerte: “Muerte y vida están en poder de la lengua” (Pr 18,21). Al menos la muerte del alma, de la honra y de la fama; la muerte de las familias, del amor, de las amistades, de la fidelidad y de la confianza.

Puede ser una gran fuente de maldad y suciedad. Santiago la llama “mundo de iniquidad” (ho kósmos tés adikías): ella es capaz de forjar un mundo donde reina la mentira, la maldad, la injusticia y el error; y, en consecuencia: la desconfianza, la falta de honradez y las dobles intenciones. Y añade que “ella prende fuego a la rueda de la vida” (ton trojón tēs guenéseos); se refiere al “ciclo de la vida humana”, queriendo significar que puede incendiar y comprometer toda la existencia de la vida humana. Hoy vemos con meridiana claridad cómo la mentira mueve los acontecimientos del mundo.

En suma, señala la habilidad contradictoria de la lengua. Porque con ella podemos realizar una de las incoherencias más notables de pueden verificarse en la vida de un ser humano: bendecir a Dios Padre y, al mismo tiempo, maldecir su imagen, es decir, el hombre.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

He aquí el texto de Santiago (St 3,1-12):

1 Hermanos míos, no haya tantos de vosotros que pretendan ser maestros, sabiendo que así seremos juzgados más severamente, 2 pues todos ofendemos en mucho. Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. 3 Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande. 6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehena, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos. 7 Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre; 8 en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero. 9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; 10 de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. 11 ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga? 12 ¿Acaso, hermanos míos, puede la higuera producir aceitunas y la vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce.

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