Una anciana y la teología de la historia (P. Miguel Ángel Fuentes, IVE)

campensina

Hace 26 años, con un grupo de sacerdotes y un laico hicimos una peregrinación por Polonia, coincidiendo con el viaje que el Papa Juan Pablo II hiciera a su país natal en 1991. Durante este viaje tuvo lugar una anécdota realmente significativa de la que guardé nota en una larga crónica que perdí y no volví a encontrar durante —literalmente— un poco más de un cuarto de siglo. Hace pocos días, acomodando los papeles de mi padre, recientemente fallecido, encontré una carta mía escrita desde Roma en la que le mandaba una copia de esa crónica. La anécdota a la que me refiero tuvo lugar el 3 de junio de 1991, De ella transcribo algunos párrafos:

“Después de la Misa [con el Papa Juan Pablo II, en Lubaczów, en la frontera con Ucrania] emprendimos el viaje hacia Lublin por caminos secundarios bordeando a pocos kilómetros de distancia el confín con la Unión Soviética. Almorzamos en un bosque del camino. En una colina de la que se divisaban las tierras ucranianas tomamos algunas fotos y filmamos la que en ese entonces se presentaba como una de las últimas rocafuertes del Imperio Comunista. Cuando todo hacía pensar que ya nos alejábamos definitivamente de esos parajes nos damos cuenta que a nuestra derecha se abre un camino de tierra en dirección hacia donde suponemos que se encuentra la frontera. Al espíritu curioso y aventurero no le hizo falta más acicate que esa sugestión e inmediatamente el primer vehículo giró seguido del nuestro. A pocos centenares de metros un cartel señalaba el caserío polaco de Prüsia que no figuraba en nuestros mapas. El camino se pone cada vez más abrupto; el barrizal hace patinar los autos, los pozos nos hacen saltar y chocar nuestras cabezas con el techo… pero seguimos adelante. Cruzamos una desierta vía de tren y llegamos a un punto donde el camino tuerce a la izquierda. Allí nos detenemos henchidos por la emoción porque un monolito a la orilla del camino muestra su escritura con caracteres ucranianos. Don Juan Demianzuk, nuestro amigo y único acompañante laico en este viaje, no puede entender lo que dice; pero mientras estamos observando la piedra notamos que a unos 50 metros delante de nosotros se extiende un curioso alambrado de púas con hilos horizontales, protegido, a su vez de otro en forma de espiral, como los que hemos visto en fotografías que rodean algunos campos de prisioneros… y detrás de él… ¡un mojón! Corremos como podemos y como algunos hilos están caídos, con un poco de cuidado pasamos al otro lado. Una placa del mojón tiene grabada una estrella comunista y una inscripción que dice en caracteres rusos que estamos en la Unión Soviética, y más precisamente en Ucrania, todavía bajo la hegemonía de aquel imperio. Don Juan besó la tierra de sus antepasados y nosotros entre abrazos, fotos y filmaciones, cantamos la Salve Regina y bendijimos la que la Virgen de Fátima llamó “Rusia”, es decir, la Unión Soviética comunista, pidiendo su conversión. Allí enterramos una “Cruz de Matará”, un recordatorio de Marcelo Morsella, y una Medalla de la Virgen que pocos días antes del viaje, la Madre Teresa de Calcuta había obsequiado, en Roma, a nuestros sacerdotes que la habían visitado en el Monte Coelio.

Al regresar, Juan Demianzuk, viendo una ancianita que llevaba a pastar una vaca a poco más de un kilómetro de la frontera, se detuvo y le habló en ucraniano. La anciana era efectivamente ucraniana, porque esa franja de terreno había pasado de Ucrania a Polonia durante uno de los tantos conflictos que asolaron la región. Conversamos, Juan mediante, largo rato con ella y con su esposo que se acercó a saludarnos. Nos pedían insistentemente que les escribiésemos al regresar. Entre las tantas cosas que dijo esa anciana perdida en medio de los campos, la que más me llamó la atención fue: «el Imperio comunista va a caer, porque no está fundado sobre Dios». Tomé nota de esa expresión. Era el 3 de junio de 1991.

(…) [Salteo el relato de nuestro viaje por Polonia y Alemania oriental].

5 de junio. Berlín occidental nos puso nuevamente en contacto con la civilización de consumo y con la decrepitud y decadencia de Europa (…) La mañana del 6 visitamos el Muro de Berlín o lo que queda de él (tenía 46 kilómetros de largo, pocos de los cuales quedaron en pie tras los acontecimientos de 1989) y el lugar junto al río Spree donde murieron muchos de los que intentaron escaparse de Berlín oriental a nado. honecker muro 100 añosAlgunas cruces recuerdan sus nombres (desde jóvenes de 16 años hasta una anciana octogenaria) (…) Allí compré la postal que puede verse aquí al lado, donde se ve una parte del muro y un recorte de diario con la afirmación del presidente Honecker, hecha el 20 de enero de 1989, que dice en alemán: «El muro durará otros 100 años». Honecker debió renunciar el 18 de octubre de 1989, y el 9 de noviembre se abrió el primer boquete en ese muro, símbolo de la esclavitud comunista”.

La profecía se le cayó en 8 meses. Porque se olvidó de contar con Dios. Al revés de la anciana. Vuelvo a repetir la frase de esta última: “el Imperio comunista va a caer, porque no está fundado sobre Dios”. Lo dijo el 3 de junio de 1991 en medio de un campo sin televisión ni periódicos, donde solo se oía el mugido de las vacas. El 5 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov dimite como presidente de la URSS, entrega los poderes del Estado al presidente de Rusia y es arriada la bandera soviética del Kremlin erigiéndose en su lugar la de Rusia. Solo quienes tienen presente a Dios aciertan en sus pensamientos y previsiones.

P. Miguel Ángel Fuentes, IVE

4 de agosto de 2017

Un comentario:

  1. Mario Garcia Vargas

    Estas lecturas edifican . Gracias padre Miguel

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